BENDICIÓN DE LAS VELAS

 

en el día de san Blas, obispo y mártir

 

 

Obispo de Sebaste, Mártir (¿316?)

Parece que no hay pruebas de que existiera algún culto a San Blas, antes del siglo VIII; pero los relatos de fechas posteriores están de acuerdo en afirmar que fue obispo de Sebaste, en Armenia y recibió la corona del martirio durante la persecución de Licinio, por mandato de Agrícola, gobernador de Capadocia y Asia Menor. En las actas legendarias de San Eustracio, de quien se dice que pereció en la persecución de Diocleciano, se menciona que San Blas recibió muy solemnemente sus reliquias, las depositó con las de San Oreste y llevó al cabo, punto por punto, la última voluntad del mártir.
Esto es todo lo que puede afirmarse con cierta seguridad respecto a San Blas; pero en vista de la devoción con que se le venera en Alemania y Francia, conviene relatar brevemente la historia que contienen sus actas legendarias. De acuerdo con ellas Blas nació rico, de padres nobles; fue educado cristianamente y se le consagró obispo cuando todavía era bastante joven. Al comenzar la persecución, por inspiración divina, se retiró a una cueva en las montañas, frecuentada únicamente por las fieras. San Blas recibía con afecto a sus salvajes visitantes y cuando estaban enfermos o heridos, los atendía y los curaba. Se dice que los animales acudían en manadas para que los bendijera. Cierta vez unos cazadores que buscaban atrapar fieras para el anfiteatro, encontraron al santo rodeado por ellas. Repuestos de su asombro, los cazadores intentaron capturar a las bestias, pero San Blas las espantó y entonces le capturaron a él. Al saber que era cristiano, lo llevaron preso ante el gobernador Agrícola. Se dice que cuando le conducían a la ciudad, encontraron a una mujer que gemía desesperada, porque un lobo acababa de llevarse a uno de sus lechones; entonces San Blas llamó con voz recia a la fiera y el lobo apareció a poco, con el lechón en el hocico, y lo dejó intacto a los pies de la mujer maravillada. Pero aquel prodigio no conmovió a los cazadores, que continuaron su camino arrastrando al preso consigo. En cuanto el gobernador se enteró de que el reo era un obispo cristiano, mandó que lo azotaran y después lo encerraran en un calabozo, privado de alimentos. San Blas soportó con paciencia el castigo y tuvo el consuelo de que la mujer, dueña del lechón que había salvado, se presentara en el oscuro calabozo para ayudarle, llevándole provisiones y velas para alumbrarse. Pocos días más tarde, fue torturado para que renegara de su fe; sus carnes fueron desgarradas con garfios y, como el santo se mantuviera firme, se dio orden de que fuera decapitado.
Así murió San Blas en Capadocia y, años más tarde, sus supuestas reliquias se trasladaron al occidente, donde se extendió su culto enormemente en razón de las curaciones milagrosas que, al parecer, se realizaban por su intercesión. Se le venera como el santo patrono de los cardadores de lana y los animales salvajes y, en virtud de varias célebres curas que hizo en vida a enfermos de la garganta, es el abogado para esta clase de males. En Alemania se le honra, además como uno de los catorce "Nothhelfer" (auxiliadores en las necesidades). En algunas partes, el día de la fiesta de San Blas, se administra una bendición especial a los enfermos, colocando dos velas (al parecer en memoria de las que llevaron al santo en su calabozo) en posición de una cruz de San Andrés, en el cuello o sobre la cabeza del suplicante, pronunciándose estas palabras: "Per intercessionem Sancti Blasi liberet te Deus a malo gutturis et a quovis alio malo". También leemos sobre "el agua de San Blas", que se bendice en su día y que generalmente se da a beber al ganado que está enfermo.

 

        C. Nuestra ayuda nos viene del Señor.
        P. Que hizo el cielo y la tierra.
        C. El Señor esté con vosotros.
        P. Y con tu espíritu.


        OREMOS.

        Omnipotente y benignísimo Dios, que creaste la diversidad de todas las cosas del mundo mediante tu única Palabra y quisiste que esa misma Palabra por la cual todo fué hecho se encarnara para nuestra Redención.
        Tú, que eres grande e inmenso, digno de toda reverencia y alabanza, que haces cosas admirables; que, para confesar su fé en Tí, el glorioso Mártir y Pontífice san Blas, no temiendo la diversidad de los tormentos, consiguió felizmente la palma del martirio; y que a este Santo, entre otras gracias, le diste esta prerrogativa: que por tu poder curara cualquier mal de la garganta; rogamos a tu Majestad humildemente, que no mires nuestras culpas, sino, movido por los ruegos y méritos de san Blas, por tu venerable piedad, te dignes bendecir X y santificar estas creaturas hechas de cera, infundiéndoles tu gracia; a fin de que todos aquellos a quienes, de buena fe, les fueran aplicadas en su garganta, se vean, por los méritos de la pasión del santo, libres de cualquier dolencia, y alegres y sanos te rindan en la Iglesia acciones de gracias y alaben tu glorioso Nombre, que es bendito por los siglos de los siglos. Por Cristo Nuestro Señor.

        Amén.

            Y se rocían con agua bendita.

            Luego aplica los dos cirios colocados en forma de cruz bajo el mentón de la garganta de cada uno que ha de recibir la bendición, arrodillados ante el altar, mientras dice:


        Que por la intercesión de san Blas, obispo y mártir, te libre Dios de todo mal de la garganta y de cualquier otro mal. En el nombre del Padre, y del Hijo X y del Espíritu Santo.