OFICIO DE DIFUNTOS

LAUDES - MEDIA - VÍSPERAS

INVITATORIO
 
Si Laudes es la primera celebración del día:
    V.
Señor, abre mis labios.
    R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
 
    A continuación se dice el salmo Invitatorio, con la antífona:

    Al Señor, rey de los que viven, venid, adorémosle.
 
Si antes de Laudes se ha celebrado el Oficio de lectura:
    V.
Dios mío, ven en mi auxilio.
    R. Señor, date prisa en socorrerme.
        Gloria. Aleluya.
 
 
 
oficio de lectura
 
 
HIMNO
 
Amargo es el recuerdo de la muerte
en que el hombre mortal se aflige y gime
en la vida presente, cuya suerte
es morir cada día que se vive.
 
Es verdad que la luz del pleno día
oculta el resplandor de las estrellas,
y la noche en silencio es armonía
de la paz y descanso en las tareas.
 
Pero el hombre, Señor, la vida quiere;
toda muerte es en él noche y tiniebla,
toda vida es amor que le sugiere
la esperanza feliz de vida eterna.
 
No se oiga ya más el triste llanto;
cuando llega la muerte, poco muere;
la vida, hija de Dios, abre su encanto:
«La niña no está muerta, sólo duerme.»
 
Señor, da el descanso merecido
a tus siervos dormidos en la muerte;
si el ser hijos de Dios fue don vivido,
sea luz que ilumine eternamente. Amén.
 
 
SALMODIA
 
Ant. 1:
De tierra me formaste y me revestiste de carne; Señor, Redentor mío, resucítame en el último día.
 
Salmo 39, 2-14. 17-18
 
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito:
 
me levantó de la fosa fatal,
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca,
y aseguró mis pasos;
 
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor.
 
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños.
 
¡Cuántas maravillas has hecho,
Señor Dios mío,
cuántos planes en favor nuestro!
 
Nadie se te puede comparar:
intento proclamarlas, decirlas,
pero superan todo número.
 
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy
-como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
 
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas.
 
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
 
El versículo Gloria al Padre se dice al final de todos los salmos y cánticos del Oficio de difuntos, como en los demás Oficios.
 
Ant. 1:
De tierra me formaste y me revestiste de carne; Señor, Redentor mío, resucítame en el último día.
 
 
Ant. 2: Señor, dígnate librarme, date prisa en socorrerme.
 
II
 
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.
 
No me he guardado en el pecho tu defensa,
he proclamado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea.
 
Tú, Señor, no me niegues tu clemencia,
que tu misericordia y tu lealtad me guarden siempre,
porque me cercan desgracias sin cuento.
 
Se me echan encima mis culpas,
y no puedo huir;
son más que los cabellos de mi cabeza,
y me falta el valor.
 
Señor, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
 
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación.
 
Yo soy pobre y desdichado,
pero el Señor cuida de mi;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes.
 
Ant. 2: Señor. dígnate librarme, date prisa en socorrerme.
 
 
Ant. 3: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro del Señor?
 
Salmo 41
 
Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;
 
tiene sed de Dios.
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?
 
Las lágrimas son mi pan,
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?»
 
Recuerdo otros tiempos,
y mi alma desfallece de tristeza:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.
 
¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»
 
Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo,
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.
 
Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.
 
De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.
 
Diré a Dios: Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?
 
Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?»
 
¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»
 
Ant. 3: Mi alma tiene. sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro del Señor?
 
V. Grande es tu ternura, Señor.
R. Con tu palabra dame vida.
 
 
PRIMERA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios     15, 12-34

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, ESPERANZA DE LOS CREYENTES


Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe. Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desdichados.
 
¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Lo mismo que por un hombre hubo muero te, por otro hombre hay resurrección de los muertos, y lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero, Cristo; después, en su Parusía, los de Cristo. Después será la consumación: cuando devuelva el reino a Dios Padre, después de aniquilar todo principado, poder y fuerza.
 
Pues él debe reinar hasta poner todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando 'él dice que .todo está sometido-, es evidente que se excluye a aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.
 
De no ser así, ¿a qué viene el bautizarse por los muertos? Si los muertos no resucitan en manera alguna, ¿por qué bautizarse por ellos? Y nosotros mismos, ¿por qué nos ponemos en peligro a todas horas? Os Juro, hermanos, por el orgullo que siento por vosotros en Cristo Jesús, Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte. Si por motivos humanos luché en Éfeso contra las bestias, ¿qué provecho saqué? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.
 
No os engañéis: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.» Despertaos, como conviene, y no pequéis; que hay entre vosotros quienes desconocen a Dios. Para vergüenza vuestra lo digo.
 
Responsorio     1Co 15, 25-26; cf. Ap 20, 13. 14
 
R.
Cristo debe reinar hasta que Dios ponga todos sus enemigos bajo sus pies. * El último enemigo aniquilado será la muerte.
V. Entonces la muerte y el hades devolverán los muertos, y la muerte y el hades serán arrojados al lago de fuego.
R. El último enemigo aniquilado será la muerte.
 
o bien esta otra:
 

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios     15, 35-57
 
LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS Y LA VENIDA DEL SEÑOR

 
Hermanos: Dirá alguno: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?» ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o alguna otra semilla. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar. No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los cuerpos terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor.
 
Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual. En efecto, así es como dice la Escritura: «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo.» El último Adán, en espíritu que da vida. El espíritu no fue lo primero: primero vino la vida y después el espíritu.
 
El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.
 
Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos, ni la corrupción hereda la Incorrupción.
 
Os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos nos veremos transformados. En un Instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta; porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos transformados. Porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad. Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!
 
Responsorio     Cf. Jb 19, 25. 26. 27
 
R.
Sé que mi Redentor vive y que en el último día yo resucitaré de la tierra; * y en mi carne veré a Dios, mi salvador.
V. A quien yo mismo veré y no otro y mis ojos lo contemplarán.
R. Y en mi carne veré a Dios, mi salvador.
 
o bien esta otra:
 
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios     4, 16-5, 10
 
AL DESHACERSE NUESTRA MORADA TERRENAL, ADQUIRIMOS UNA MANSIÓN ETERNA EN EL CIELO

 
Hermanos: Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera Y liviana produce un inmenso e Incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.
 
Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres. y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡Sí!, los que estamos en esta tienda gemimos oprimidos. No es que queramos ser desvestidos sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu.
 
Así pues, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir Junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.
 
 
Responsorio     Cf. Sal 50, 4
 
R.
Señor, no me juzgues según mis actos: nada digno de mérito he hecho en tu presencia; por esto ruego a tu majestad, * que tú, Dios mío, borres mi culpa.
V. Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado.
R. Que tú, Dios mío, borres mi culpa.
 
 
SEGUNDA LECTURA
 
De las Disertaciones de san Anastasio de Antioquía, obispo
 
(Disertación 5, Sobre la resurrección de Cristo. 6-7. 9: PG 89, 1358-1359. 1361-1362)
 
CRISTO TRANSFIGURARA ESTE MISERABLE CUERPO NUESTRO

 
Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos. Pero Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Por tanto, los muertos, de los cuales es Señor aquel que volvió a la vida, ya no están muertos, sino que viven; y por esto domina sobre ellos la vida, de modo que viven ya sin temor a la muerte, del mismo modo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere.
 
Así pues, resucitados y liberados de la corrupción, ya no volverán a experimentar la muerte, sino que tendrán parte en la resurrección de Cristo, como Cristo tuvo parte en la muerte por la que pasaron.
 
Por esto precisamente bajó Cristo a la tierra, que estaba sujeta con cerrojos eternos: para destrozar las puertas de bronce y quebrar los cerrojos de hierro, y para sacar nuestra vida de la corrupción, cambiando nuestra esclavitud en libertad.
y si este plan de Dios no lo vemos todavía realizado del todo, ya que los hombres continúan muriendo y sus cuerpos sujetos a la disolución del sepulcro, ello no ha de ser motivo de engaño, pues poseemos ya las arras y primicias de todos estos bienes que hemos dicho; gracias a ellas. hemos subido ya al cielo y nos hemos sentado con aquel que nos ha llevado consigo a las alturas. como dice Pablo en una de sus cartas: Nos resucitó con él y nos hizo sentar en los cielos con Cristo.
 
La plena realización tendrá lugar cuando llegue el momento determinado de antemano por el Padre, cuando dejaremos ya de ser niños y llegaremos al estado de hombre perfecto. Así ha parecido bien al Padre de los siglos, para que su don permanezca estable, sin el peligro de ser menospreciado por una mentalidad todavía inmadura.
 
No es necesario demostrar que el cuerpo del Señor resucitó espiritualizado, ya que Pablo, hablando de la resurrección de los cuerpos, afirma claramente: Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual, es decir, un cuerpo transfigurado a imitación de la gloriosa transfiguración de Cristo. nuestro guía y predecesor.
 
El Apóstol, en efecto. bien enterado de esta materia, nos enseña cuál sea el futuro de toda la humanidad. gracias a Cristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo.
 
Por tanto, si la transfiguración es una transformación en cuerpo espiritual. si este cuerpo espiritual es a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo, de ahí se sigue que Cristo resucitó con un cuerpo espiritual; y este cuerpo es el mismo que fue sembrado en vileza, el mismo que ha sido cambiado en un cuerpo lleno de gloria.
 
Y habiendo colocado junto al Padre este cuerpo glorificado como primicias de nuestra naturaleza, allí colocará también el universo en su totalidad, tal como prometió cuando dijo: Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí.
 
 
Responsorio     Jn 5, 28-29; 1Co 15, 52
 
R.
Los que están en el sepulcro oirán la voz del Hijo de Dios. * Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal a una resurrección de condena.
V. En un Instante. en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, los muertos despertarán
R. Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena.
 
o bien esta otra:
 
De las Cartas de san Braulio de Zaragoza, obispo
 
[Carta 19: PL 80. 665-666)
 
CRISTO RESUCITADO. ESPERANZA DE TODOS LOS CREYENTES

 
Cristo, esperanza de todos los creyentes, a los que se van de este mundo los llama durmientes, no muertos, ya que dice: Nuestro amigo Lázaro duerme.

Y el apóstol Pablo no quiere que nos entristezcamos por los que se han dormido, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según nos asegura el Evangelio, no morirán para siempre, ya que sabemos, por la luz de esta misma fe, que ni él murió, ni nosotros moriremos.
 
Porque el Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que durmieron en Cristo resucitarán.
 
Así pues, debe animarnos esta esperanza de la resurrección, porque volveremos a ver más tarde a los que ahora hemos perdido; basta sólo con que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que en él reside el máximo poder de resucitar a los muertos con más facilidad que nosotros despertamos a los que duermen. Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, por no sé qué Impresión del ánimo, volvemos a nuestras lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo!
 
¡Oh muerte, que separas a los que vivían juntos, que, dura y cruel, arrancas de nosotros a los que nos unía la amistad! Tus poderes han sido ya aniquilados. Tu yugo implacable ha sido roto por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarla con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está. muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muero te, tu aguijón?
 
El mismo que te venció nos ha redimido a nosotros, entregando su vida muy amada en poder de los malvados, para convertir a estos malvados en amados por él. Son ciertamente muy abundantes y variadas las enseñanzas que podemos hallar en las Escrituras santas, para consuelo de todos. Pero bástenos ahora la esperanza de la resurrección y el fijar nuestros ojos en la gloria de nuestro Redentor, en el cual, por la fe, nos consideramos ya resucitados, según dice el Apóstol: Si verdaderamente hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
 
No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a aquel que nos rescató, a cuya voluntad ha de estar siempre sometida la nuestra, tal como decimos en la oración: Hágase tu voluntad. Por esto, con ocasión de la muerte, hemos de decir como Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Repitamos ahora estas palabras de Job y así este trance por el que ahora pasamos hará que alcancemos después un premio semejante al suyo.
 
 
Responsorio     1Ts 4, 13-14; Jr 22, 10
 
R.
No os aflijáis por la suerte de los difuntos, como los hombres sin esperanza. * Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.
V. No lloréis por el muerto, ni os lamentéis por él.
R. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.
 
 
ORACIÓN CONCLUSIVA
 
Como en las Laudes.

 
 
 
Laudes
 
 
HIMNO
 
Salen de la ciudad en larga hilera
los amigos del hombre, entristecidos,
llevan al joven muerto en la litera,
su madre lo acompaña entre gemidos.
 
Lazos de muerte a todos nos alcanzan,
las redes del abismo nos envuelven,
pueblos enteros lentamente avanzan,
y todos los que van ya nunca vuelven.
 
Alza tu voz, Jesús resucitado;
detente, caravana de la muerte,
mira al Señor Jesús, él ha pagado
el precio del rescate de tu suerte.
 
Llora, Raquel, de gozo y alegría,
tus hijos vivirán eternamente.
Danos, Señor, llegar a tu gran día,
que de ansia de vivir el alma muere. Amén.
 
 
SALMODIA
 
Ant. 1:
Se alegrarán en el Señor los huesos quebrantados.
 
Salmo 50
CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

 
Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
 
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
 
En la sentencia tendrás razón
en el juicio brillará tu rectitud
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
 
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
 
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
 
¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
 
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
 
Líbrame de la sangre, ¡oh Dios, Dios,
Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
 
Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.
 
Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.
 
Ant. 1: Se alegrarán en el Señor los huesos quebrantados.
 
 
Ant. 2: Líbrame, Señor, de las puertas del abismo.
 
Cántico     Is 38, 10-14. 17-20
ANGUSTIAS DE UN MORIBUNDO Y ALEGRÍA DE LA CURACIÓN

 
Yo pensé: «En medio de mis días
tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años.»
 
Yo pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.
 
Levantan y enrollan mi vida
como un tienda de pastores.
Como un tejedor devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama.»
 
Día y noche me estás acabando,
sollozo hasta el amanecer.
Me quiebras los huesos como un león,
día y noche me estás acabando.
 
Estoy piando como una golondrina,
gimo como una paloma.
Mis ojos mirando al cielo se consumen:
¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!
 
Me has curado, me has hecho revivir,
la amargura se me volvió paz
cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía
y volviste la espalda a todos mis pecados.
 
El abismo no te da gracias,
ni la muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad
los que bajan a la fosa.
 
Los vivos, los vivos son quienes te alaban:
como yo ahora.
El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.
 
Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas
todos nuestros días en la casa del Señor.
 
Ant. 2: Líbrame, Señor, de las puertas del abismo.
 
 
Ant. 3: Alabaré al Señor mientras viva.
 
Salmo 145
FELICIDAD A LOS QUE ESPERAN EN DIOS

 
Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista.
 
No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
 
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él;
 
que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
 
El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
 
el Señor guarda a los peregrinos;
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
 
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.
 
Ant. 3: Alabaré al Señor mientras viva.
 
o bien:
 
Ant. 3:
Todo ser que alienta, alabe al Señor.
 
Salmo 150
ALABAD AL SEÑOR

 
Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.
 
Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza.
 
Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras,
 
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas,
 
alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.
 
Todo ser que alienta, alabe al Señor.
 
Ant. 3: Todo ser que alienta, alabe al Señor.
 
 
LECTURA BREVE     1Ts 4, 13
 
Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.
 
 
RESPONSORIO BREVE
 
V.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
 
V. Cambiaste mi luto en danza.
R. Porque me has librado.
 
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al EspírituSanto.
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
 
 
CÁNTICO EVANGÉLICO
 
Ant.:
Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mi no morirá para siempre.
 
O bien, en tiempo pascual: Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.
 
 
PRECES
 
Cuando el Oficio se celebra por un solo difunto o por varios difuntos:

 
Pidamos al Señor que escuche nuestra oración y atienda nuestras súplicas por nuestro hermano difunto (nuestra hermana difunta), y, llenos de confianza, digámosle:
 
      Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.
 
Señor Jesús, haz que nuestro hermano (nuestra hermana) que ha pasado ya de este mundo a tu reino se alegre con júbilo eterno en tu presencia
      y se llene de gozo en la asamblea de los santos.
 
Libra su alma del abismo y sálvalo (sálvala) por tu misericordia,
      porque en el reino de la muerte nadie te alaba.
 
Que tu bondad y tu misericordia lo ) acompañen eternamente,
      y que habite en tu casa por años sin término.
 
Condúcelo (Condúcela) hacia las fuentes tranquilas de tu paraíso
      y hazlo (hazla) recostar en las praderas verdes de tu reino.
 
A nosotros, que caminamos aún por las cañadas oscuras de este mundo, guíanos por el sendero justo,
      y haz que en tu vara y en tu cayado de pastor encontremos siempre nuestro sosiego.
 
Para que la luz de Cristo ilumine a los vivos y a los muertos, pidamos que a todos llegue el reino de Jesucristo: Padre nuestro.
 
Cuando el Oficio se celebra por los difuntos en general:
 
Oremos a Dios Padre todopoderoso, que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y vivificará también nuestros cuerpos mortales, y digámosle:
 
      Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.
 
Padre santo, ya que por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo en la muerte y con él hemos resucitado, haz que de tal forma andemos en vida nueva
      que aún después de nuestra muerte vivamos para siempre con Cristo.
 
Padre providente, que nos has dado el pan vivo bajado del cielo, para que lo comamos santamente,
      haz que al comerlo tengamos vida eterna y resucitemos en el último día.
 
Señor, que diste a tu Hijo en su agonía el consuelo del ángel, 
      confórtanos en nuestra agonía con la serena esperanza de la resurrección.
 
Tú, Señor, que libraste a los tres jóvenes del horno ardiente, 
      libra también las almas de los difuntos del castigo que sufren por sus pecados.
 
Dios y Señor de vivos y de muertos, que resucitaste a Cristo del sepulcro,
      resucita también a los difuntos, y a nosotros danos un lugar junto a ellos en tu gloria.
 
Porque deseamos que la luz de Cristo ilumine a los vivos y a los muertos, pidamos al Padre que llegue a todos su reino: Padre nuestro.
 
Oración
Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien:
Señor, Dios nuestro, gloria de los fieles y vida de los justos, nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a tu siervo (sierva) N. y, pues creyó en la futura resurrección, merezca alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien:
Confiados, Señor, en tu misericordia, te presentamos nuestras oraciones en favor de nuestro hermano (nuestra hermana) N., miembro de tu Iglesia peregrina durante su vida mortal: llévalo (llévala) contigo a la patria de la luz, para que participe también ahora de la ciudadanía de tus elegidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
Para varios difuntos:
Señor Dios, que resucitaste a tu Hijo, para que venciendo a la muerte entrara en tu reino, concede a tus siervos (N. y N.), hijos tuyos, que, superada su condición mortal, puedan contemplarte a ti, su Creador y Redentor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
Para los hermanos, familiares y bienhechores difuntos:
Señor Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres, por intercesión de santa María, la Virgen, y de todos los santos, concede a nuestros hermanos, familiares y bienhechores que han salido ya de este mundo alcanzar la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien otra de las que figuran en el Misal Romano.
 
 
 
hora intermedia
 
 
V.
Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
    Gloria. Aleluya.
 
 
HIMNO
 
Dejad que el grano se muera
y venga el tiempo oportuno:
dará cien granos por uno
la espiga de primavera.
 
Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos;
tened los ojos abiertos
y el corazón consolado;
si Cristo ha resucitado,
¡resucitarán los muertos! Amén.
 
 
SALMODIA
 
Tercia:
Vuélvete, Señor, liberta mi alma.
Sexta: Sana, Señor, mi alma, porque he pecado contra ti.
Nona: Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mi con tu poder.
 
Salmo 69
 
Dios mío, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
Sufran una derrota ignominiosa
los que me persiguen a muerte;
 
vuelvan la espalda afrentados
los que traman mi daño;
que se retiren avergonzados
los que se ríen de mi.
 
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
y digan siempre:
«Dios es grande»,
los que desean tu salvación.
 
Yo soy pobre y desdichado:
Dios mío, socórreme,
que tú eres mi auxilio y mi liberación.
¡Señor, no tardes!
 
Tercia: Vuélvete, Señor, liberta mi alma.
Sexta: Sana, Señor, mi alma, porque he pecado contra ti.
Nona: Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mi con tu poder.
 
Salmo 84
 
Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.
 
Restáuranos, Dios salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿ Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?
 
¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.
 
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón.»
 
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;
la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
 
la fidelidad brota de la tierra,
y la Justicia mira desde el cielo;
el Señor dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
 
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.
 
Tercia: Vuélvete, Señor, liberta mi alma.
Sexta: Sana, Señor, mi alma, porque he pecado contra ti.
Nona: Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mi con tu poder.
 
Salmo 85
 
Inclina tu oído, Señor; escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que contra en ti.
 
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;
 
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.
 
En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.
 
Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»
 
Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.
 
Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu grande piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.
 
Dios mío, unos soberbios se levantan contra mi,
una banda de Insolentes atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.
 
Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame,
ten compasión de mi.
 
Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.
 
Tercia: Vuélvete, Señor, liberta mi alma.
Sexta: Sana, Señor, mi alma, porque he pecado contra ti.
Nona: Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mi con tu poder.
 
 
LECTURA BREVE
 
Tercia     Jb 19, 25-26

 
Sé que mi Redentor vive y que en el último día yo resucitaré de la tierra; y de nuevo me revestiré de mi piel; y en mi carne veré a Dios.
 
V. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
R. Espera en Dios, que volverás a alabarlo.
 
La oración conclusiva como en las Laudes,
 
Sexta     Sb 1, 13-14a. 15

 
Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera, porque la justicia es inmortal.
 
V. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo.
R. Porque tú, Señor. vas conmigo.
 
La oración conclusiva como en las laudes,
 
Nona     Is 25, 8

 
Aniquilará Dios la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país -lo ha dicho el Señor-.
 
V. Escucha, Señor, mis súplicas.
R. A ti acude todo mortal.
 
La oración conclusiva como en las laudes.
 
 
 
Vísperas
 
 
HIMNO
 
¿Cuándo, Señor, tendré el gozo de verte?
¿Por qué para el encuentro deseado
tengo que soportar, desconsolado,
el trágico abandono de la muerte?
 
Padre mío, ¿me has abandonado? 
Encomiendo mi espíritu en tus manos.
Los dolores de muerte sobrehumanos
dan a luz el vivir tan esperado.
 
Se acabaron la lucha y el camino,
y, dejando el vestido corruptible,
revistióme mi Dios de incorruptible.
 
A la noche del tiempo sobrevino 
el día del Señor; vida indecible,
aun siendo mía, es ya vivir divino. Amén.
 
 
SALMODIA
 
Ant. 1.
El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.
 
Salmo 120
EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

 
Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 
No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.
 
El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.
 
El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.
 
Ant. 1: El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.
 
 
Ant. 2: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
 
Salmo 129
DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

 
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
 
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.
 
Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
 
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
 
Ant. 2: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
 
 
Ant. 3: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
 
Cántico     Flp 2, 6-11
CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

 
Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
 
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.
 
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
 
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
 
Ant. 3: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
 
 
LECTURA BREVE     1Co, 15, 55-57
 
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!
 
 
RESPONSORIO BREVE
 
V.
A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.
R. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.
 
V. Tu misericordia es mi gozo y mi alegría.
R. No quede yo nunca defraudado.
 
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado.
 
O bien:
 
V.
Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.
R. Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.
 
V. Tú, vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos.
R. Dales el descanso eterno.
 
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.
 
 
CÁNTICO EVANGÉLICO
 
Ant.:
Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera.
 
O bien, en tiempo pascual: El que fue crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. Aleluya.
 
 
PRECES
 
Cuando el Oficio se celebra por un solo difunto o por varios difuntos:

 
Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, esperanza de los que vivimos aún en este mundo, y vida y resurrección de los que ya han muerto; llenos de confianza, digámosle:
 
      Tú que eres la vida y la resurrección, escúchanos.
 
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas,
      y no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de nuestro hermano (nuestra hermana) N.
 
Por el honor de tu nombre, Señor, perdónale todas sus culpas,
      y haz que viva eternamente feliz en tu presencia.
 
Que habite en tu casa por días sin término, 
      y goce de tu presencia contemplando tu rostro.
 
No rechaces a tu siervo (sierva) ni lo (la) olvides en el reino de la muerte,
      antes concédele gozar de tu dicha en el país de la vida.
 
Sé tú, Señor, el apoyo y la salvación de cuantos a ti acudimos:
      sálvanos y bendícenos, porque somos tu pueblo y tu heredad.
 
Que el mismo Señor, que lloró junto al sepulcro de Lázaro y que, en su propia agonía, acudió conmovido al Padre, nos ayude a decir: Padre nuestro.
 
Cuando el Oficio se celebra por los difuntos en general:
 
Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo, y digámosle:
 
      Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.
 
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,
      lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa.
 
Señor Jesucristo, consolador de los afligidos, que ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven de Naím y de la hija de Jairo acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas,
      consuela también ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos.
 
Señor Jesucristo, siempre vivo para interceder por nosotros y por todos los hombres,
      enséñanos a ofrecer el sacrificio de alabanza por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados.
 
Cristo salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte,
      para que obtengamos, como don de Dios, la vida eterna.
 
Cristo redentor, mira benignamente a aquellos que, al no conocerte, viven sin esperanza,
      para que crean también ellos en la resurrección y en la vida del mundo futuro.
 
Tú, Señor, que has dispuesto que nuestra casa terrena sea destruida,
      concédenos una morada eterna en los cielos.
 
Porque deseamos que la luz de Cristo ilumine a los vivos y a los muertos, pidamos al Padre que llegue a todos su reino: Padre nuestro.
 
Oración
Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien:
Señor, Dios nuestro, gloria de los fieles y vida de los justos, nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a tu siervo (sierva) N. y, pues creyó en la futura resurrección, merezca alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien:
Confiados, Señor, en tu misericordia, te presentamos nuestras oraciones en favor de nuestro hermano (nuestra hermana) N., miembro de tu Iglesia peregrina durante su vida mortal: llévalo (llévala) contigo a la patria de la luz, para que participe también ahora de la ciudadanía de tus elegidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
Para varios difuntos:
Señor Dios, que resucitaste a tu Hijo, para que venciendo a la muerte entrara en tu reino, concede a tus siervos (N. y N.), hijos tuyos, que, superada su condición mortal, puedan contemplarte a ti, su Creador y Redentor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
Para los hermanos, familiares y bienhechores difuntos:
Señor Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres, por intercesión de santa María, la Virgen, y de todos los santos, concede a nuestros hermanos, familiares y bienhechores que han salido ya de este mundo alcanzar la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
 
O bien otra de las que figuran en el Misal Romano.