DEL GÉNESIS A LA LETRA


LIBRO XI


CAPITULO I

Se transcribe el texto del Génesis y se explica el vers. 25 del cap. 2°

1. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban. Pero la serpiente era la más prudente de todas las bestias que existían sobre la tierra, las cuales hizo el Señor Dios. Y dijo la serpiente a la mujer: ¿por qué os dijo Dios no comáis de todo árbol que está en el paraíso? Y replicó la mujer a la serpiente: del fruto de los árboles que están en el paraíso comeremos, mas del fruto del árbol que está en medio del paraíso, dijo Dios no comáis de él ni le toquéis para que no muráis. Y dijo la serpiente a la mujer: no moriréis con muerte; sabe Dios que en el día que comáis de él se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses conocedores del bien y del mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer y le agradó a la vista y le pareció conveniente conocerlo. Y tomando de su fruto comió, y se lo dio a comer a su marido, y comieron y se abrieron los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos, y tomaron hojas de higuera y se hicieron cinturones. Y oyeron la voz del Señor Dios que paseaba por el paraíso hacia la tarde; y se escondieron Adán y su mujer de la presencia del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. Y llamó el Señor Dios a Adán y le dijo: ¿dónde estás? Y le contestó: oí tu voz cuando paseabas en el paraíso, y temí porque estoy desnudo, y me escondí. Y Dios le dijo: quién te avisó que estabas desnudo, sino el haber comido del árbol del que tan solo te mandé que no comieras, y de él comiste. Y dijo Adán: la mujer que para mí me diste, ésta me dio del árbol y comí. Y dijo el Señor Dios a la mujer: ¿por qué hiciste esto?; y dijo la mujer: la serpiente me engañó y comí. Y dijo el Señor Dios a la serpiente: porque hiciste esto serás maldita por todos los animales y por todas las bestias que habitan en la tierra; andarás con tu pecho y tu vientre y comerás la tierra todos los días de tu vida. Y pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu semilla y la semilla de ella; ella observará tu cabeza y tú observarás su calcaño. Y dijo a la mujer: multiplicando multiplicaré tus gemidos y tristezas, en medio de dolores parirás a tus hijos y tu regreso será a tu varón y él te dominará. Y a Adán le dijo: porque hiciste caso de la voz de tu mujer y comiste del árbol del que te mandé que de él solo no comieras, la tierra será maldita en tu trabajo, en tristeza comerás todos los días de tu vida, espinas y abrojos germinará para ti, y comerás la hierba del campo. En el sudor de tu rostro comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste tomado, porque eres tierra y a la tierra irás. Y llamó Adán a su mujer con el nombre de vida porque ella es la madre de todos los vivientes. E hizo el Señor Dios para Adán y su mujer túnicas de pieles y los vistió. Y dijo el Señor Dios: He aquí a Adán que se hizo como uno de nosotros al conocer el bien y el mal. Y ahora a fin de que no extienda su mano y tome del árbol de la vida, y coma y viva eternamente, y le echó el Señor Dios del paraíso de delicias para trabajar la tierra de la que fue tomado. Y le arrojó del paraíso y le colocó en la parte opuesta al paraíso de delicias, y mandó a un Querubín y a espada de fuego que va de un lado a otro, custodiar el camino del árbol de la vida.

2. Antes de exponer por su orden el texto transcrito de la divina Escritura, juzgo conveniente avisar lo que en otro lugar de esta obra recuerdo haber recomendado; que debemos poner todo empeño en defender el sentido literal de los hechos que narra el escritor. Pero si en las palabras de Dios o de cualquiera persona que desempeñe el oficio profético se dice algo que no pueda entenderse en sentido literal porque resulte un absurdo, sin duda entonces el dicho debe tomarse figuradamente, significando alguna otra cosa. No obstante, jamás será lícito dudar de que se dijo tal cosa, porque esto lo exige la fe del que habla y el compromiso de quien escribe1.

3. Y estaban ambos desnudos. Es cierto que estaban completamente desnudos los cuerpos de los dos primeros hombres que moraban en el paraíso. Y no se avergonzaban; ¿qué cosa podía avergonzarles, cuando no sentían la ley en sus miembros que combatiese contra le ley de su espíritu2, la que sólo después de perpetrar la culpa se siguió como pena del pecado, al usurpar con la desobediencia lo velado y al castigar con la justicia la mala acción cometida? Antes de hacer esto, según se dijo, estaban desnudos y no se ruborizaban. Ningún movimiento había en el cuerpo a quien se debiera pagar el tributo de vergüenza: nada debía ser velado porque no sentían nada que debiera refrenarse. Ya dijimos antes de qué modo se propagarían los hijos3. No se ha de creer que del mismo modo que se propagaron después de cometido el crimen y se impuso el castigo ya indicado, pues ahora en el cuerpo del hombre desobediente, la muerte concebida movía el alboroto de los miembros rebeldes como justísima paga; y esto aún no lo tenían Adán y Eva cuando ambos estaban desnudos y no se avergonzaban.


CAPITULO II

Cuál fue la sabiduría de la serpiente y de dónde le vino

4. La serpiente era la más prudente de todas las bestias que estaban sobre la tierra, a las que el Señor Dios había creado. Al traducir se dijo la más prudente o, como muchos códices latinos escriben, la más sabia; pero no en el sentido de perfección como se acostumbra a tomar la sabiduría, sea de Dios o de los ángeles o del alma racional, sino como si se dijera de las abejas o las hormigas son sabias por las obras que hacen imitando en ellas a la sabiduría. Aunque ciertamente pudo decirse que esta serpiente era la más sabia de todas las bestias, no en virtud de su alma irracional, sino por el espíritu ajeno que poseía, es decir, por el diablo; pues por mucho que los ángeles prevaricadores, en recompensa de su perversidad y soberbia hayan sido degradados al despojarles de sus sitiales celestes, en embargo en naturaleza son más excelentes, por su eminente razón, que todas las bestias. No es de extrañar que el diablo, por medio de su impulso natural, llenando el cuerpo de la serpiente y mezclando su espíritu con el de ella, del mismo modo que suele ocupar el de los agoreros, la hubiera convertido en la más sabia de todas las bestias que viven con alma irracional y viviente. Por abuso del nombre se llama sabiduría a una acción mala, como también se aplica la palabra astucia a un acto bueno, siendo así que, hablando con propiedad y usando de la palabra con rectitud, en la lengua latina se llaman sabios los que obran laudablemente, y astutos los malvados. De aquí que no pocos como lo encontraremos en muchos códices, empleando el uso vulgar de la lengua latina, trasladaron no la palabra propia, sino más bien el sentido, y optaron por decir que esta serpiente era la más astuta de todas las bestias y no la más sabia. Cual sea la propiedad que en esto tenga la lengua hebrea, a saber, si puede decirse y entenderse la palabra sabio aplicándola no abusivamente, sino con propiedad a lo malo, lo digan los que la conocen a fondo. Nosotros claramente leemos en otro lugar de las santas Escrituras esta palabra sabio aplicada a lo malo y no a lo bueno; y el Señor dice también que los hijos del siglo son más sabios que los hijos de la luz para proporcionarse en la posteridad un buen vivir, no con justicia, sino con engaño4.


CAPITULO III

Sólo por la serpiente se le permitió al diablo tentar

5. No debemos pensar que el diablo eligiera por sí mismo a la serpiente para que por medio de ella tentara al hombre y le persuadiera al pecado, sino que siendo en él natural el deseo de engañar por la pérfida y envidiosa voluntad que posee, únicamente lo pudo hacer mediante aquel animal por el que se le permitió que lo hiciera. La voluntad de engañar puede estar de suyo en un alma depravada; el poder procede sólo de Dios, y esto en virtud de una justicia oculta y sublime, puesto que en Dios no hay iniquidad.


CAPITULO IV

Por qué se permitió la tentación del hombre

6. Si se pregunta por qué permitió Dios que el hombre fuera tentado, previendo que había de conseguir en la tentación, responderé que no puedo penetrar en la sublimidad de su consejo, y confieso que está muy sobre mis fuerzas llegar a conocerlo. Existe alguna razón tal vez ocultísima que se reserva a los más preclaros y santos ingenios; don más bien de Dios que merecimiento de ellos. Sin embargo, en cuanto se me concede barruntar o se me permite decir, no me parece que el hombre fuera digno de gran alabanza, si sólo pudiera vivir rectamente porque nadie le inculcara que viviera mal, sobre todo cuando por naturaleza podía y estaba en su potestad el querer no consentir a la insinuación del seductor, ayudándole siempre el que destruye a los soberbios y da gracia a los humildes5. ¿Por qué, siendo así, no se habría de permitir que fuera tentado el que se preveía que habría de consentir, cuando además, haciendo esto por su propia voluntad, cayendo en la culpa fuera al mismo tiempo ordenado por la justicia de Dios con la pena, a fin de que también de esta manera mostrase al alma soberbia para enseñanza de los santos futuros, cuan rectamente usa Dios de las voluntades, aun malas, cuando ellas usan perversamente de los bienes de la naturaleza?


CAPITULO V

El hombre fue vencido por el tentador porque fue soberbio

7. No se ha de pensar que el tentador hubiese podido derribar al hombre, a no ser que anteriormente hubiera tenido asiento en el alma del hombre cierta oculta soberbia, para que por la humillación del pecado aprendiera cuán falsamente presumió de sí mismo. Con razón, pues, se dijo: Antes de la caída se exalta el corazón y antes de la gloria se humilla6. Quizá sea también la voz de este hombre la que canta en el salmo: Yo dije en mi abundancia, no seré derrocado eternamente. Pero después, experimentado del mal que lleva consigo la vana presunción de su propio poder, y conocedor del bien que encierra el auxilio de la gracia de Dios, exclama: Señor, por tu propio querer prestaste fortaleza a mi bienestar, mas apenas apartaste tu mirada me encontré conturbado7. Ya se dijera esto del primer hombre o de otro, lo cierto es que la experiencia del castigo sirve para demostrar al alma que se ensalza y confía demasiado en su propio poder, cuán mal le vaya, siendo como es naturaleza creada, si se aparta de su Creador. Por esto igualmente se manifiesta de un modo especial, ¡qué bien sea Dios!, cuando a nadie que se aleja de El hace bien, pues aún los que se gozan en los placeres mortíferos no pueden estar sin sentir el temor de los dolores; y los que, llevados por la estolidez de su soberbia, no sienten en modo alguno el mal de su deserción, aparecen en absoluto más miserables que los que pudieron darse cuenta de ello, de modo que si no quieren recibir el medicamento para evitar tales desgracias sirven de ejemplo por el que se manifiesta que tales desdichas pueden ser evitadas. Como dice el apóstol Santiago: cada uno es tentado por la propia concupiscencia al ser azuzado y arrastrado por ella; después, concibiendo la concupiscencia, pare el pecado, y el pecado cuando se ha consumado engendra la muerte8. Por lo tanto, habiendo sanado de la hinchazón de la soberbia, se resucita, si la voluntad que desfalleció ante la prueba, no permaneciendo unida a Dios, a lo menos después de la experiencia se halla dispuesta para volver a Dios.


CAPITULO VI

Por qué permitió Dios que el hombre fuera tentado

8. Preguntan algunos: ¿por qué Dios permitió que fuera tentado el primer hombre; como si no vieran ahora que todo el género humano no cesa de ser tentado por las asechanzas del diablo? ¿Por qué permite Dios esto? Acaso porque se prueba y se ejercita la virtud y es más gloriosa palma no haber consentido siendo tentado, que no haber podido ser tentado; y porque los mismos que siguen al tentador abandonando a su Creador, más y más tientan a los que permanecen firmes en la palabra de Dios ofreciéndoles un ejemplo que los aleja de la concupiscencia e infundiéndoles un temor piadoso en contra del orgullo. Por lo cual dice el Apóstol: Mira dentro de ti mismo no sea que tú también te tientes9. Admirable es el gran valor que tiene esta humildad por la que nos sometemos al Creador; la cual, para que no presumamos de nuestras propias fuerzas, como si no necesitásemos de ella, se nos recomienda a cada paso en todas las divinas Escrituras. Luego como por medio de los injustos aprovechen los justos, y por medio de los impíos se hagan más piadosos los piadosos, en vano se dice que no debiera crear Dios a los que preveía habían de ser malos. ¿Por qué no había de crear a los que preveía que habrían de aprovechar a los buenos, a fin de ser útiles para ejercitar y amonestar a las buenas voluntades, y ser ellos justamente castigados por su propia mala voluntad?


CAPITULO VII

Por qué no fue creado el hombre en tal condición que no quisiera pecar jamás

9. Dios, dicen, debió crear al hombre de tal forma que de ningún modo quisiera pecar. También nosotros concedemos que sería mejor una naturaleza que en forma alguna quisiera pecar; concedan ellos también que no es mala la naturaleza que fue hecha de tal modo que si quisiera podía no pecar; y que es justa la sentencia por la cual fue castigada, ya que pecó por voluntad, más no por necesidad. Así como la recta razón nos enseña que sin duda es mejor la naturaleza a la que nada ilícito le agrada, así no menos la misma razón nos enseña que también es buena la naturaleza que tiene de tal modo el poder de refrenar la ilícita delectación, si se presenta, que no sólo se alegre de los actos lícitos y buenos, sino también del refrenamiento de la misma perversa delectación. Luego siendo buena esta naturaleza y aquella mejor, ¿por qué Dios habría de hacer únicamente la mejor y no la mejor de las dos? Por tanto, los que estaban dispuestos a ensalzar a Dios por el hecho de haber creado sólo la mejor, deben alabarle mucho más por haber hecho las dos. Aquélla la creó ciertamente en los santos ángeles, ésta en los hombres santos. Los que eligieron para sí el camino de la iniquidad depravaron por voluntad propia culpable la naturaleza digna de toda alabanza. No porque previera Dios que así habían de obrar, por ello de ningún modo debieron ser creados. También ellos tienen un puesto entre los seres de la creación, en utilidad de los santos. Dios no necesita de la bondad de cualquier hombre; ¿cuánto menos de la iniquidad de los perversos?


CAPITULO VIII

Por qué fueron creados los que Dios preveía que habían de ser malos

10. ¿Quién dirá con menguada reflexión: mejor no hubiera creado al que preveía que podía ser corregido por la iniquidad de otro, que crear también al que preveía que debía ser condenado por su propia iniquidad? Esto es decir: mejor es que no exista el que por misericordia debe ser coronado por haber usado bien del mal de otro, que exista también el malo que debe ser castigado con toda justicia en virtud de sus obras. La recta razón nos demuestra que estas cosas son dos bienes, aunque ciertamente desiguales; el uno superior, el otro inferior; lo que no entienden los romos de ingenio cuando dicen que uno y otro son tal para cual, porque entonces nos dicen que sólo existiría uno. Y de este modo, al querer medir por el mismo rasero todos los bienes, disminuyen el número de ellos, y aumentando inmoderadamente la condición de uno hacen desaparecer a los otros. ¿Quién los toleraría si dijesen: puesto que el sentido de la vista es más excelente que el del oído, debían existir cuatro ojos y desaparecer los oídos? Asimismo, si es más excelente aquella creatura racional que sin merecimiento de pena y sin atisbo de soberbia alguna está sujeta a Dios, que la otra que fue creada entre los hombres de tal modo que no pueda conocer en sí misma el beneficio de Dios, a no ser viendo el castigo de otra, y esto no para que se sienta envanecida, sino para humillarse con temor reverencial10, es decir, no para confiarse de sí misma, sino para poner toda su confianza en Dios ¿quién dirá, siendo inteligente, que lo mismo debiera ser ésta que aquélla, y no comprenda al mismo tiempo que hablando así nos dice que sólo debiera existir aquélla y no ésta? Si esto se dice necia e ignorantemente, ¿por qué, pues, no había de crear Dios igualmente a los que preveía que habían de ser malos, queriendo demostrar su ira y manifestar su poderío soportando con la mayor paciencia a los vasos de la ira que fueron aprestados para perdición, a fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en los vasos de misericordia que preparó para la gloria11? Así, pues, el que se gloría, gloríese en el Señor12, al conocer que no es suyo sino de aquél, no sólo su existencia, sino también la bondad que tiene recibida de aquel por quien recibió el ser.

11. Demasiado fuera de propósito se dice que no deberían haber existido los hombres a quienes Dios concediera el gran beneficio de su misericordia, si no pudieran existir en forma alguna, a no ser que existieran aquellos en quienes demostrase la justicia del castigo.


CAPITULO IX

Sobre el mismo asunto

¿Por qué no existirán más bien los dos cuando en ambos se manifiesta la bondad de Dios y la equidad de su justicia?

12. Si Dios quisiera, sin duda éstos hubieran sido buenos, pero prefirió que fuesen lo que ellos quisieran, mas no estando los buenos sin premio y los malos sin castigo. En esto mismo, éstos últimos son más útiles para los otros. Dirán, Dios preveía que había de ser mala la voluntad de ellos. Ciertamente lo sabía y, porque no puede equivocarse su presciencia, por lo mismo la voluntad de Dios no es mala, sino la de ellos. ¿Por qué entonces creó a los que preveía que habían de ser malos? Porque así como previó lo malo que habían de hacer ellos, así también previo el bien que sacaría de los malos actos de estos hombres. De tal manera, pues, los hizo, que los dejó en libertad de hacer lo que quisieran y por más que ellos elijan lo culpable, siempre se hallará digno de alabanza lo que Dios ejecutó. De ellos procede la mala voluntad, de Dios, la naturaleza buena y el castigo justo, que para ellos es debido y para los buenos es un ejemplo de temor y una ayuda para el ejercicio de las buenas obras.


CAPITULO X

Por qué Dios, que puede convertir la mala voluntad en buena, no lo hace

13. Pero, dicen, Dios hubiera podido igualmente cambiar las voluntades de ellos hacia el bien, puesto que es omnipotente. ¿Entonces por qué no lo hizo? Porque no quiso. El porqué de no haberlo querido pertenece a los secretos de Él. Y nosotros no debemos saber más que lo que nos conviene saber. Creo que poco antes demostré suficientemente no ser un bien pequeño que exista la naturaleza racional, aun ésta, que evita el mal atendiendo a las desgracias de la mala, cuyo género de buena creatura faltaría ciertamente si Dios hubiera convertido las malas voluntades de todas las naturalezas en buenas, y no infligiera la debida pena a iniquidad alguna. De este modo no habría más que un solo género de creaturas, el que no prestaría provecho alguno al faltar el aliciente del pecado y del castigo de los malos. Así sucedería que, aumentando el número del género más excelente, disminuiría el número de clases de los mismos bienes.


CAPITULO XI

Dios no necesita de las penas de los malos, pero se sirve de ellas para provecho de los buenos

14. Luego, dirán, existe algo en las obras de Dios que tiene necesidad del mal, para que por medio de él se pueda adelantar en el bien. ¿Es posible que, llevados por no sé qué empeño de disputa, existan hombres tan sordos y ciegos que no oigan y vean con sus propios ojos que, siendo castigados algunos, se corrigen los muchos? ¿Pues qué pagano, judío o hereje no comprobará esto en su casa todos los días? Mas cuando se llega a la discusión y a la investigación de la verdad, no quieren estos hombres darse cuenta que sus sentidos les ponen en camino de observar de qué obra de la divina Providencia les venga a ellos el impulso para determinar la regla del obrar. Si quisieran podrían observar que, si no se corrigen los que son castigados, sin embargo, con el ejemplo de éstos, temen los otros, y sirve para salud de los últimos el castigo justo de aquéllos. ¿Por ventura será Dios el autor de la maldad y perfidia de aquellos de quienes por el justo castigo que les impuso, sacó el Señor la salud para los hombres de este mundo que determinó salvar? Ciertamente que no, pues sólo acontece que, previendo que habían de ser malvados por sus propios vicios, no obstante no dejó de crearlos, teniendo presente que habían de ser de utilidad para los otros que creó de la misma especie, los que no podrían progresar en el bien a no ser por el ejemplo de los malos. No hay que negar que si no existiesen tales hombres ciertamente no aprovecharían a nadie. ¿Pero acaso es poco bien el hecho de que éstos existan siendo como son útiles para sus semejantes? El que no quiere que exista esta clase de hombres desea únicamente no estar entre ella.

15. Grandes son las obras de Dios escogidas en su Voluntad13. Previo a los que habían de ser buenos y los creó; previo a los que habían de ser malos y les dio el ser. Se entrega a sí mismo a los buenos para que gocen de Él, y reparte también entre los malos muchos de sus beneficios. Perdona con misericordia y castiga con justicia. Asimismo castiga con misericordia y perdona con justicia. No teme la malicia de nadie, ni necesita la justicia de alguno. No se aprovecha de las obras de los buenos y mira por el bien de los buenos mediante el castigo de los malos. ¿Por qué no había de permitir que el hombre fuera tentado con aquella tentación, con el fin de probarle, convencerle y castigarle, cuando el orgullo concupiscente de su propia dignidad había de parir lo que había concebido, y así de este modo se confundiría con su fruto; y con el justo castigo apartaría de la soberbia y de la desobediencia de lo malo a sus descendientes, para quienes se dirigían todas aquellas cosas que fueron escritas y anunciadas?


CAPITULO XII

Por qué permitió Dios que se hiciera la tentación por medio de la serpiente

16. Si se pregunta por qué permitió Dios al diablo tentar preferentemente por medio de la serpiente, diré que así se hizo para significar un hecho singular; y esto, ¿a quién no se lo hará ver la Escritura, de tanta autoridad que profetiza sobre tantos eventos divinos como de hecho ya está lleno el mundo? No fue porque quisiera el diablo simbolizar alguna cosa que sirviera para nuestra ilustración, sino que como él no puede, sino se le permite, proponer la tentación, tampoco podría hacerlo de otro modo, a no ser únicamente por el medio que se le permitía. Lo que simbolice la serpiente debe ser atribuido a la divina Providencia, bajo el dominio de la cual el diablo también tiene el deseo de dañar. Mas el poder hacerlo solamente lo tiene cuando se le da, o para arruinar o destruir a los vasos de la ira, o para humillar y probar a los vasos de misericordia. Conocemos de dónde procede la naturaleza de la serpiente. Produjo la tierra, dice el Génesis, mediante la palabra de Dios todos los animales, las bestias y todas las serpientes. Todas estas creaturas que tienen un alma viva e irracional están por ley de orden divino sometidas a todas las creaturas racionales, sean de buena o de perversa voluntad14. ¿Por qué nos admiramos de que se permita al diablo ejecutar alguna cosa mediante la serpiente, cuando Cristo permitió a la manada de demonios entrar en los cuerpos de los cerdos15?


CAPITULO XIII

Contra los maniqueos que no quieren enumerar al diablo entre las creaturas de Dios

17. Suele investigarse con más cuidado y detención sobre la naturaleza del demonio. Ciertos herejes, impedidos por el embarazo de su mala voluntad, intentan separarla de los seres creados por el supremo y verdadero Dios, y quieren darle por origen otro principio distinto y opuesto a Dios. No son capaces de comprender que todo lo que existe en cuanto es sustancia es bueno, y que no podría existir a no ser por aquel Dios verdadero de quien procede todo bien, y que toda voluntad es mala al obrar desordenadamente anteponiendo los bienes inferiores a los superiores. Por esto aconteció que el espíritu de la creatura racional, deleitándose por propia voluntad en la excelencia de su grandeza, se hinchó con la soberbia y por ella cayó de la felicidad del paraíso espiritual, y se consumió de envidia. Pero este espíritu es bueno en sí mismo, es decir, en cuanto existe y vive y en cuanto vivifica al cuerpo, sea aéreo como el del diablo o el de los demonios, o terreno como el del hombre, cualquiera que éste sea malvado o perverso. Así, al no querer que peque por propia voluntad la creatura que Dios hizo, se atreven a decir que la sustancia del mismo Dios, primero por necesidad y después de modo irreconciliable por propia voluntad, se pervirtió y corrompió. Acerca del error crasísimo de estos hombres (maniqueos), ya hemos tratado extensamente en otras ocasiones.


CAPITULO XIV

la causa de la caída de los ángeles fue la soberbia y la envidia

18. En esta obra sólo debe ser tratado, teniendo por base la Escritura, qué es lo que deba decirse del diablo. En primer lugar se pregunta si desde el principio del mundo, al deleitarse en su propio poder, se apartó de aquella compañía y amor por la que son bienaventurados los ángeles que gozan de la presencia de Dios. O si por algún tiempo permaneció unido a la congregación santa de los ángeles, siendo él también justo y bienaventurado con ellos; pues muchos dicen que fue arrojado del cielo porque tuvo envidia del hombre hecho a imagen de Dios. Pero la envidia no precede, sino más bien sigue a la soberbia, puesto que la envidia no es la causa de la soberbia, sino, al contrario, la soberbia es el fundamento de la envidia. Siendo la soberbia el amor desordenado de la propia excelencia, y la envidia el odio de la felicidad ajena, inmediatamente salta a la vista de dónde proceda esta última. Cualquiera que ame su propia excelencia, o aborrece a los semejantes por ser iguales a él, o a los inferiores a fin de que no se equiparen con él, o a los superiores porque no puede llegar a ser lo que son ellos. Luego, envaneciéndose, se hace uno envidioso, mas, no envidiando, se hace soberbio.


CAPITULO XV

El manantial de los males es el orgullo y el amor propio. Los dos amores.
Las dos ciudades. Promesa del tratado de la «ciudad de Dios»

19. Con razón señaló la Escritura a la soberbia como el origen de todo pecado, diciendo: El principio de todo pecado es la soberbia16. A este testimonio se acopla muy bien el otro que estampa el apóstol San Pablo: La raíz de todos los males es la avaricia17, si por avaricia entendemos en general el acto por el que cada uno apetece algo más de lo que le conviene, llevado de su propia excelencia y de cierto amor propio, al que sabiamente la lengua latina le dio el nombre al llamarle (privatum) privado, cuya palabra resalta más bien el menoscabo que el incremento. Toda privación hace disminuir, y así, desde el momento que cualquiera quiere sobresalir por la soberbia, cae en las angustias y en la miseria, puesto que del amor común le conduce al propio y funesto amor de sí mismo. La avaricia es un amor especial, la cual con más propiedad se llama amor al dinero, por cuyo nombre el Apóstol, significando el género por medio de la especie, quería se entendiera la universal avaricia, esto es, la soberbia, al decir: La raíz de todos los males es la avaricia. Por ésta cayó el diablo, el cual ciertamente no amó el dinero, sino su propia excelencia. Por lo tanto, el perverso amor de sí mismo priva de la santa compañía del cielo al espíritu inflado, y esta misma propia miseria coarta al que desea saciarse mediante la iniquidad. De aquí se sigue que como hubiera dicho en otro lugar: Serán los hombres amadores de sí mismos, de seguida añadió: Amadores del dinero18; así, de aquella general avaricia, cuya cabeza es la soberbia, desciende a esta especial que pertenece únicamente a los hombres. En efecto, no serían los hombres amantes de las riquezas si no se creyeran por ellas tanto más excelentes cuanto más ricos son. La caridad que no busca su propio interés, es decir, que no se alegra de la propia excelencia y, por lo tanto, con razón no se envanece, es contraria a esta enfermedad19.

20. Estos dos amores, de los cuales el uno es santo y el otro impuro, el uno social, el otro privado; el uno que busca la utilidad común para conseguir la celestial compañía; el otro que encauza, por el arrogante deseo de dominar, el bien común en propio provecho; el uno que está sometido a Dios, el otro en pugna con El; el uno tranquilo, el otro alborotado; el uno pacífico, el otro sedicioso; el uno que prefiere la verdad a las alabanzas de los que yerran, el otro que está ávido de cualquier clase de honores; el uno caritativo, el otro envidioso; el uno que desea para el prójimo lo que quiere para sí, el otro que ansía someter al prójimo a sí; el uno que gobierna al prójimo para utilidad del mismo prójimo, el otro que le gobierna para su propio provecho; tuvieron su asiento en los ángeles, uno en los buenos y otro en los malos, y diferenciaron bajo la admirable e inefable providencia de Dios, que ordena y gobierna todas las cosas creadas, las dos ciudades creadas en medio del género humano; la una de los justos, la otra de los pecadores; las cuales, entremezcladas ahora temporalmente, transcurren la vida del mundo hasta que sean separadas en el último día del juicio; y así, la una uniéndose a los ángeles buenos, teniendo por jefe a su Rey, lleve una vida eterna; y la otra, juntándose a los ángeles malos, vaya con su príncipe al fuego eterno. Tal vez, si quiere el Señor, hablaremos más largamente en otro lugar sobre estas dos ciudades.

CAPITULO XVI

Cuándo cayó el diablo

21. La Escritura no dice cuándo la soberbia derribó al diablo, de modo que pervirtiera su naturaleza buena por una depravada voluntad; sin embargo, una razón patente nos demuestra que tuvo lugar antes de haber sido creado el hombre, pues le envidió por esta causa. Está a la vista de todos los que dirigen la mirada hacia este intento, que la soberbia no procede de la envidia, sino más bien la envidia tiene su raíz en la soberbia. No sin razón puede creerse que el diablo cayó por soberbia desde el principio de los tiempos, y que no hubo anteriormente tiempo alguno en el que viviera en paz y bienaventuradamente con los ángeles, sino que desde el mismo momento de la creación apostató de su Creador; de modo que aquello que dice el Señor: El era homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad20, se dijo para que entendiésemos que ambas cosas tuvieron lugar en el mismo momento, desde el principio, no sólo que fue homicida, sino también que no permaneció en la verdad. Ciertamente fue homicida a partir de aquel principio en que pudo matar al hombre, porque no pudo matar antes de existir al que había de matar. Luego desde el principio es homicida el diablo, puesto que mató al primer hombre antes de existir algún otro hombre: asimismo, no permaneció en la verdad desde el principio de su creación, el cual pudiera permanecer en ella si lo hubiera deseado.

CAPITULO XVII

Fue el diablo feliz antes de pecar

22. ¿Cómo puede creerse que pudo haber llevado una vida bienaventurada entre los santos ángeles el que no previo su futuro pecado y castigo, es decir, su deserción y fuego eterno? Si no lo previo, se pregunta, ¿por qué no lo previo? Los ángeles no están inciertos de su vida eterna y feliz. ¿Cómo serían bienaventurados si estuviesen inciertos de ella? ¿O diremos que Dios no quiso revelar al diablo lo que había de hacer y padecer mientras fuese ángel bueno, y a los demás les revelase la permanencia eterna en su verdad? Si es así, no fueron igualmente bienaventurados todos los ángeles, es más, el diablo no fue plenamente feliz, puesto que los absolutamente felices están ciertos de su bienaventuranza, a fin de que ningún miedo perturbe su dicha. ¿Entonces por qué obra mala se diferenciaba de tal modo de los demás, que Dios no quisiera revelarle las cosas futuras que a él le tocaban? ¿Acaso fue Dios vengador antes de que el demonio fuese pecador? Lejos de nosotros tal pensamiento. Dios no condena al inocente. ¿O es que tal vez fue de otra especie de ángeles a quien Dios no concedió la presciencia de su vida futura? Entonces no comprendo cómo hubieran podido ser felices faltándoles la certeza de su propia felicidad. Esto fue lo que pensaron algunos del diablo, que no tuvo aquella naturaleza sublime que tuvieron los ángeles celestes, sino que fueron creados en la de aquellos que ocupan en el mundo un puesto más bajo y están distribuidos según sus oficios. A estos tales quizá algo ilícito hubiera podido causarles deleite, el cual pudieran reprimir por su propio arbitrio si no quisieran pecar, así como el hombre, y sobre todo el primero, que aún no tenía en sus miembros la ley del pecado, puesto que ahora es vencido con el amor este deleite por los santos varones que están sometidos a Dios mediante la gracia de El.

CAPITULO XVIII

De qué modo fue el hombre feliz antes del pecado

23. Esta cuestión que aquí se debate sobre la vida feliz, es decir, si puede decirse que alguno ya la posee estando incierto de que ella ha de permanecer eternamente con él, o que en algún tiempo le sobrevenga la desgracia, puede suscitarse también sobre aquel hombre primero, porque si él preveía su futuro pecado y el castigo divino, ¿cómo podía ser feliz? Luego no era feliz en el paraíso. Por el contrario, ¿no conocía su futuro pecador? Luego, por esta ignorancia, o estaba incierto de su felicidad, y entonces ¿cómo podía ser bienaventurado?, o estaba cierto con falsa esperanza, más no con una ciencia evidente, y entonces ¿cómo no diremos que fue un insensato?

24. Sin embargo, podemos entender que el hombre constituido aún en cuerpo animal, a quien si viviese obediente se le daría más tarde la compañía de los ángeles y el cambio del cuerpo de animal en espiritual, podría tener una vida en cierto modo feliz sin que previera su futuro pecado, porque tampoco fueron preveedores aquellos a quienes dice el Apóstol: Vosotros que sois espirituales, corregid con espíritu de lenidad, mirándote a ti, no sea que tú también seas tentado21, y, sin embargo, no decimos injustamente y sin razón que ya eran bienaventurados, porque eran pacientes en la tribulación, alegres en la esperanza, y espirituales22, no ciertamente en el cuerpo, mas sí en la justicia de la fe. ¿Luego cuánto más y de modo más admirable era el hombre feliz en el paraíso antes de cometer el pecado, aunque no tuviera conocimiento de su caída futura, el que de tal modo se alegraba con la esperanza del don de su cambio futuro, que para él no existía tribulación alguna en donde ejercitar la paciencia? Y aunque no estaba seguro, como un insensato, con vana presunción de lo incierto, sino con una esperanza basada en la fe, antes de conseguir aquella vida en la que había de estar segurísimo de su vida eterna, podría ya alegrarse, según está escrito, con temor23; y así, con este regocijo sería mucho más feliz en el paraíso que los santos que viven sobre la tierra, aunque su gozo fuese inferior, mas no nulo, al que poseen en la vida eterna los ángeles y santos del cielo.

CAPÍTULO XIX

Estado de los Ángeles

25. Es una presunción intolerable atreverse a decir de los santos ángeles que pudieran ser felices, o conociendo en cierto modo su futuro pecado, o estando inciertos de su futura y perpetua salud, de tal modo que ni les quedara siquiera esperanza alguna de que en otro tiempo estarían seguros de algún cambio en cosa mejor. A no ser que tal vez se diga que estos ángeles creados y destinados para cumplir servicios terrenos, bajo las órdenes de otros ángeles más sublimes y bienaventurados, en virtud de las buenas gestiones encomendadas a ellos recibieran aquella vida bienaventurada y sublime de la que pudieran estar segurísimos; y, ya ciertamente gozosos con la esperanza de ella, pudieran sin dificultad ser llamados bienaventurados. Si el diablo es del número de estos ángeles, y cayó con los compañeros de su iniquidad, le sucede a él lo que a los hombres que se apartan de la justicia de la fe convirtiéndose en prevaricadores semejantes a él por la soberbia, sea seduciéndose a sí mismos o consintiendo a las insinuaciones de aquel seductor.

26. Pero los que puedan demuestren que existen estas dos especies de ángeles buenos: una la de los supracelestes, entre los cuales jamás existió un diablo que delinquiera; otra la de los entregados a los servicios del mundo, entre los cuales estuvo el que cayó. Yo, por mi parte, confieso que, basado en los libros divinos, no se me ocurre por el momento cómo pueda afirmar la existencia de estas dos especies de ángeles. Obligado por la cuestión que se me pregunta, es decir, si el demonio llegó a conocer su desgracia antes de que cayera, no sin causa dije, por no decir que los ángeles estaban inciertos de su bienaventuranza o que en algún tiempo llegaron a estarlo, que podía creerse que el diablo desde el principio de su creación, es decir, desde el mismo principio del tiempo o desde su propia creación, cayó y no permaneció en la verdad tiempo alguno.

CAPITULO XX

Sobre la opinión de que el diablo fue creado en malicia

27. De la cuestión anterior muchos deducen que el demonio no cayó por la libre determinación de su propia voluntad, sino que fue creado en ella, y lo fue, dicen, por el Señor Dios supremo y verdadero creador de toda la naturaleza. Aducen en confirmación de su parecer el testimonio del libro de Job, donde hablando sobre el demonio se escribe: Este es el principio de las obras del Señor, al que hizo para que se mofasen de él los ángeles24, cuyo testimonio concuerda con el de los salmos, que dice: Este es el dragón a quien formó para que se burlasen de él25, con la diferencia de que aquí se dijo a quien formó, y allí Este es el principio de las obras de Dios, como si quisiera dar a entender que desde el principio le creó siendo malo, envidioso, seductor, en fin, absolutamente diablo, no depravado por voluntad propia, sino porque así fue creado.

CAPITULO XXI

Se rechaza la opinión anterior

28. Aunque se intente demostrar por todos los medios posibles que esta opinión no se opone a lo que está escrito: Dios hizo todas las cosas sobremaneramente buenas26, y, por tanto, se pretenda afirmar con toda prudencia e ingenio que no sólo la primera creación, sino también ahora tantas voluntades depravadas, en suma, todas las cosas que fueron creadas, es decir, la creación entera, es sobremaneramente buena en todas las cosas creadas, y esto se diga no porque los males en ella sean bienes, sino porque no pueden, estando bajo el imperio, el poder y la sabiduría de Dios, que administra todo el universo, llevar a cabo su malicia con el fin de corromper o perturbar en parte la hermosura y el orden de la creación, puesto que se conceden a todas las particulares voluntades y aun a las perversas ciertos y convenientes límites de potestad y determinado número de obras, para que así aparezca hermoso el universo con estos seres ordenados justa y convenientemente; sin embargo, aunque digan esto es cierto y evidente, y a cualquiera se le ocurre, que es contrario a la justicia, que, sin preceder mérito alguno, esto mismo lo castigue Dios en aquel a quien El mismo le creó. Además, clara y evidentemente se anuncia por el Evangelio la causa de la condenación del diablo y de sus ángeles, cuando hablando el Señor dirá a los que se hallen a su izquierda: Id al fuego eterno, que se preparó para el diablo y sus secuaces27. Por el cual de ningún modo hemos de creer que la naturaleza habrá de ser penada con el fuego del infierno, por el hecho de haber sido creada, sino por su propia y perversa voluntad.

CAPITULO XXII

Se destruye el fundamento de tal opinión

29. Tengamos en cuenta que al decir la Escritura: Este es el principio de la obra de Dios, que creó para que sus ángeles se mofasen de él, no se refiere a la naturaleza del diablo, sino más bien o a su cuerpo aéreo al que adaptó convenientemente una tal voluntad, o a la misma ordenación de los seres en la cual le hizo a él sin querer útil para los buenos, o a que, previendo Dios que el diablo había de ser malo por voluntad propia, no obstante le hizo, sin impedir a su bondad, dar la vida y la naturaleza a una voluntad que sería perversa por su propio querer, previendo al mismo tiempo los bienes inmensos que sacaría de él mediante su admirable bondad y poder. Se llamó, pues, principio de la obra de Dios al que hizo para que los ángeles se mofasen de él, no porque primero o desde un principio le creara malo, sino porque como supiera que él vendría a ser malo por voluntad propia, queriendo al mismo tiempo perjudicar a los buenos, le creó a fin de que los buenos se beneficiaran por él. En esto consiste que los ángeles se mofen de él, pues ciertamente él es mofado porque la malicia en la cual él quiso caer aprovecha sin quererlo él a los siervos de Dios, cuando sus tentaciones por las que intentó depravar sirven de utilidad a los santos, y, por lo tanto, previendo Dios esto, le formó. Este es el príncipe de la irrisión, porque los hombres perversos que son vasos del diablo y como cuerpo de esta cabeza, previendo Dios que habían de ser malos, sin embargo los creó para utilidad de los santos, siendo de este modo igualmente mofados, pues cuando ellos intentan dañar, ofrecen a los santos de Dios, en vista de lo que son, cautela en el obrar, humildad ferviente para someterse a los preceptos de Dios, comprensión del beneficio de la gracia, paciencia para tolerar a los malos y una prueba para amar a los enemigos. Verdaderamente el demonio es el principio de la obra de Dios que sirve de burla, porque precede a todos los malos en el tiempo y en la preeminencia de la malicia. Dios hace que los ángeles santos se mofen del diablo y lo hace en virtud de aquella obra providencial por la que gobierna las naturalezas que han sido creadas, sometiendo los ángeles malos a los buenos, de suerte que la perfidia de los malos no tenga el poder que ellos pretenden, sino lo que se les permita. Esto no sólo se ha de decir de los ángeles malos, sino también de los hombres perversos, lo cual durará hasta que la justicia por la que se vive de la fe28, y que ahora se ejerce con tolerancia, en los hombres se convierta en juicio29, a fin de que puedan también los hombres juzgar, no sólo a las doce tribus de Israel30, sino también a los ángeles31.

CAPITULO XXIII

Cómo se ha de entender que el diablo jamás permaneció en la verdad

30. Luego cuando se dice del diablo que nunca se mantuvo en la verdad y que jamás llevó con los santos ángeles vida bienaventurada, sino que cayó desde el principio de su creación, se ha de entender que se depravó por su voluntad, mas no que fuera creado malo por Dios. De otro modo no se diría que cayó desde el principio, porque ciertamente no cayó si fue hecho tal. Se ha de creer, por lo tanto, que una vez creado se apartó inmediatamente de la luz de la Verdad llevado por la soberbia y corrompido por la delectación de su propio poder. Y así, no gustó de las delicias de la vida bienaventurada de los ángeles, la cual no le causó hastío al probarla, puesto que al no quererla recibir la abandonó y la perdió. Por lo tanto, tampoco pudo prever su desgracia, porque la sabiduría es el fruto de la piedad. El fue inmediatamente impío y, por consiguiente, ciego de espíritu; por lo mismo no se apartó del estado que había recibido, sino del que recibiera si hubiera querido someterse a Dios; y como sin duda no quiso estar sometido, cayó del estado que había de recibir y no evadió el estar bajo el dominio de aquel de quien no quiso estar. Sucedió en él que por el peso mismo de su iniquidad no pudo deleitarse en la luz de la justicia, ni librarse de la pena de la sentencia.

CAPITULO XXIV

Del cuerpo místico del diablo debe entenderse lo que se dijo «cómo cayó...»

31. Lo que dice el profeta Isaías, ¿cómo es que cayó el astro matinal del oriente; cómo es que fue pulverizado estrellándose sobre la tierra el que dominaba todas las gentes? Tú dijiste en tu pensamiento «subiré al cielo y sobre los astros de él pondré mi trono; me sentaré sobre el monte más excelso de los montes encumbrados que están al lado del Aquilón, subiré sobre las nubes y seré semejante al Altísimo. Por eso desciendes ahora a lo más bajo32» etc., se dice figuradamente del rey de Babilonia, pero se entiende como dicho al diablo. Muchas de estas cosas convienen también al cuerpo místico de él, que está formado por los hombres congregados por él. Entre ellos principalmente se enumeran los que se alistan en sus filas apostatando de los mandamientos del Señor, teniendo por distintivo la soberbia. Aquí al que era diablo se llama hombre, como también dice el Evangelio: «El enemigo hombre hizo esto33»; y al que era hombre se llama diablo, como dice Jesucristo: ¿No os elegí yo doce, y uno de vosotros es diablo34? También al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, se llama Cristo, conforme a lo que está escrito: Vosotros sois prosapia de Abraham; pues debemos tener en cuenta que el Apóstol poco antes ha dicho: A Abraham se hicieron las promesas y a su linaje; y ahora recalca diciendo, que el Antiguo Testamento no dice a sus linajes como si se refiriera a muchos, sino solamente a uno sólo, y a tu linaje, el cual es Cristo35; y tambiénque en otrolugar dijo: A la manera que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, mas todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo36. Del mismo modo el cuerpo del diablo, cuya cabeza es el diablo, es decir, la multitud de impíos y principalmente la de aquellos que se apartan de Cristo o de la Iglesia como cayendo del cielo, es llamado diablo. De este cuerpo se dicen figuradamente muchas cosas, que convienen no sólo a la cabeza, sino también al cuerpo y a sus miembros. Por lo tanto, el astro que brillaba en la mañana y cayó, puede representar a toda la ralea de apóstatas que se apartaron de Cristo o de la Iglesia, los cuales, perdiendo la luz que llevaban, se convirtieron en tinieblas; como, por el contrario, los que de las tinieblas se dirigen a Dios, se convierten en luz, es decir, los que en algún tiempo fueron tinieblas ahora son luz.

CAPITULO XXV

Del cuerpo del diablo se dijo también «tú eres la imagen...»

32. También se entienden como dichas al diablo aquellas palabras que Ezequiel aplicó figuradamente al rey de Tiro: Tú eres el emblema de la semejanza, y la corona de la belleza, en las delicias del paraíso de Dios estuviste, con toda clase de piedras preciosas estás adornado37, y las demás que se escriben allí, las cuales no sólo convienen al príncipe de la maldad, sino también al cuerpo de él. Porque paraíso se llama a la Iglesia conforme se lee en el Cantar de los Cantares: Huerto cerrado, fuente sellada, pozo de agua viva, paraíso con fruto de árboles38. De este paraíso cayeron, o manifiesta y corporalmente todos los herejes, o invisible y espiritualmente, aunque aparezcan estar en ella corporalmente, todos los que, después de haber andado algún tiempo en el camino de la justicia, una vez que recibieron el perdón de sus pecados volvieron a su primer vómito, en los cuales se cumple que sus postrimerías son mucho peores que sus principios, y, por lo tanto, más les convendría no haber conocido el camino de justicia, que conociéndolo haberse vuelto atrás en el cumplimiento del santo precepto que se les había entregado39. A esta perversa generación la describe el Señor diciendo: Cuando el espíritu de maldad sale del hombre, vuelve después con otros siete demonios, y se establece de nuevo en la casa que ahora encuentra aseada, y así vienen a ser las postrimerías de aquel hombre peores que sus principios40. A esta clase de hombres, que ya se ha hecho cuerpo del diablo, pueden aplicarse estas palabras del profeta Ezequiel: Desde el día en que tú fuiste creado con el Querubín, es decir, con el trono de Dios que se interpreta ciencia excelentísima, desde el día que te colocó en el santo monte de Dios41, es decir, en la Iglesia, puesto que dice el salmista que desde ese monte santo Dios le oyó, desde entonces fuiste colocado en medio de piedras preciosas que lanzan destellos de fuego, esto es, en medio de los santos, que tienen el espíritu adornado con piedras de amor viviente. Tú desde el día que fuiste creado caminaste sin vicios en tu vida, hasta que fueron encontradas tus iniquidades en ti42. Pudieran estudiarse con más amplitud y cuidado estas palabras para demostrar que tal vez, no sólo tienen este sentido, es decir, que convienen al diablo y sus secuaces, sino que no pueden de ningún modo entenderse de otro.

CAPITULO XXVI

Concluye la cuestión sobre la creación y caída del diablo

33. Pero como es cuestión larga y demanda ella sola otro volumen, por el momento nos baste este resumen: o que el demonio desde el principio de su creación cayó por su impía soberbia de la bienaventuranza que habría de recibir si hubiera querido, o que hay otros ángeles de ministerio inferior en este mundo, entre los cuales vivía según cierta felicidad, privado de toda presciencia, de cuya compañía cayó por su impía soberbia con los ángeles sometidos a él, siendo él como arcángel. Si esto último no puede en modo alguno afirmarse, y me maravillo que pueda, sin duda se ha de buscar si entre los ángeles vivió el diablo con sus compañeros por algún tiempo igualmente feliz; o la razón de cómo todos los ángeles aún no tuvieran presciencia cierta de su eterna felicidad, sino que la recibieran después de su caída; o por qué deméritos fue distinguido el diablo con sus compañeros de los otros ángeles, antes de su pecado, de modo que él fuese ignorante de su futura caída, y los otros conscientes de su permanencia en la felicidad. No dudemos en modo alguno que los ángeles pecadores fueron arrojados como a una cárcel a este aire tenebroso que está junto a la tierra, a fin de guardarlos en él para castigarlos el día del juicio43, según dice el Apóstol; y que en la sublime bienaventuranza de los santos ángeles no existe la menor incertidumbre de su vida eterna, ni la habrá para nosotros, cuando según la misericordia, la gracia y la fiel promesa de Dios seamos unidos a ellos después de la resurrección y la transformación de estos cuerpos. Vivimos, pues, con esta esperanza y nos recreamos en virtud de esta promesa. Todo lo que puede decirse del diablo, a saber: por qué Dios le creó habiendo previsto que llegaría a ser pecador; por qué siendo omnipotente no le dirigió su perversa voluntad hacia el bien, diré: que conforme a lo que ventilamos cuando inquiríamos semejantes cuestiones al hablar de los hombres perversos, esto mismo debe entenderse y creerse aquí. O, si es posible encontrar algo mejor, se acepte después de haberlo encontrado.

CAPITULO XXVII

Sobre la tentación del diablo mediante la serpiente

34. Aquel que tiene la suprema potestad sobre todas las cosas que creó por medio de los ángeles santos, los cuales se mofan del diablo, no permitió a éste, cuya malevolencia se convierte en bien para la Iglesia de Dios, tentar a la mujer sino por medio de la serpiente, y al varón por la mujer. Habló por la serpiente usando de ella como de órgano y moviendo su naturaleza de la manera que él puede moverla y ella ser movida, para formar el sonido de las palabras y los movimientos corporales mediante los cuales entendiera la mujer la voluntad del tentador. No habló el demonio en la misma mujer, siendo como era criatura racional, que podía usar de su propia facultad para confeccionar las palabras. Todo su trabajo consistió en sugerirla y persuadirla, valiéndose interiormente de la oculta influencia que él había obrado exteriormente mediante la serpiente. Si el demonio sólo hubiera obrado en la mujer mediante la interna y oculta persuasión, como lo hizo en Judas para que entregara a Cristo44, hubiera podido muy bien crear en el alma engañada un amor orgulloso de su propia excelencia; pero, como dije, el diablo tiene la facultad de querer tentar, mas no está en su poder el hacerlo ni el modo de hacerlo. Luego porque se le permitió, tentó, y tentó de la forma que se le permitió; pero como él no sabía a qué hombres había de aprovechar lo que hacía, ni en modo alguno quería este provecho, en esto consiste que los ángeles se mofen de él.

CAPITULO XXVIII

Comprendió la serpiente las palabras que pronunció

35. No se ha de creer que fue convertida el alma de la serpiente en naturaleza racional; por lo tanto, no comprendió la serpiente el sentido de las palabras que por medio de ella se dirigieron a la mujer; pues si tampoco los mismos hombres, cuya naturaleza es racional, entienden lo que dicen, al hablar por ellos el demonio, cuando se ha posesionado con laposesión que exige el exorcismo, ¿cuánto menos entendería la serpiente el sentido de las palabras que por medio de ella y de aquel modo pronunciaba el diablo, siendo así que no entendería al oír al hombre que hablaba, estando ella libre de la posesión diabólica? Lo que se cree de las serpientes que oyen las palabras de los marsos o encantadores, pues se dice que salen de sus ocultas cavernas a la voz de ellos, diré que también en esta ocasión obra el poder diabólico para hacernos conocer qué seres somete siempre la divina Providencia a otros seres en el orden natural; y, además, qué cosas permita ejecutar con sapientísimo poder a las perversas voluntades, las que casi siempre emplean las serpientes porque se adaptan a los encantamientos de los hombres mejor que otros animales. No es pequeña prueba de esto el haber sido seducida en un principio la naturaleza humana por el coloquio de la serpiente. Se alegran, pues, los demonios de haber recibido la potestad de hacer obrar a las serpientes en los encantamientos de los hombres para engañar de cualquier modo a los que puedan. Se les permite esto a fin de recordar el primer hecho y ver que los demonios tienen cierta familiaridad con estos animales. En fin; este primer hecho y forma de tentación se permitió para demostrar, por la naturaleza de la serpiente, al género humano, a quien para instruirle convenía se escribiesen estos hechos, la simulación que lleva consigo toda tentación diabólica, lo que se manifestará clarísimamente cuando Dios decrete su divina sentencia sobre la serpiente.

CAPITULO XXIX

Por qué se dice que la serpiente es prudentísima

36. Por lo tanto, se dijo de la serpiente que era: La más prudente de todos los animales, esto es, la más astuta, por la astucia del diablo, puesto que en nombre de él y por él engañaba; del mismo modo que se dice prudente o astuta la lengua que es movida por el prudente o el astuto, a fin de persuadir con prudencia o con astucia. No tiene esta fuerza o virtud el miembro corporal que se llama lengua, sino la mente que usa de ella. Como se dice pluma mentirosa la de los escritores, a pesar de que la mentira es propia del que vive y siente; y llámase pluma mendaz porque el mentiroso obra mendazmente por ella. Del mismo modo fue llamada mentirosa la serpiente porque el diablo usó de ella como usa el escritor mendazmente de su pluma.

37. Creí conveniente recordar esto para que ninguno juzgue que los animales carentes de razón poseen inteligencia humana, o que repentinamente se transforman en animales racionales, y, por lo tanto, caiga en la opinión ridícula y nociva de la transmigración de las almas, según la cual las de los hombres pasan a las bestias o las de las bestias a los hombres. Luego habló la serpiente al hombre como habló al hombre el asna sobre la que cabalgaba Balaán45 (con la diferencia de que aquélla fue obra diabólica y ésta angélica); pues los ángeles buenos y los malos ejecutan algunas obras semejantes, como las ejecutaron Moisés y los adivinos faraónicos46. Pero en estas obras también son más poderosos los ángeles buenos; además, los malos ángeles no pueden hacer cosa alguna de tales obras, a no ser que se lo permita Dios por medio de los buenos ángeles, para que retribuyan a cada uno según la disposición del propio corazón, o conforme a la gracia de Dios; y a la vez con justicia y con bondad, según la profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios47.

CAPITULO XXX

Sobre el coloquio de la serpiente con la mujer

38. Dijo la serpiente a la mujer: ¿Qué pasa; por qué dijo Dios no comáis de todo árbol que está en el paraíso? Y respondió la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles que están en el paraíso comeremos, mas del fruto del árbol que está en medio del paraíso, dijo Dios: No comáis de él ni le toquéis para que no muráis. Primero pregunta la serpiente, y a ésta responde la mujer, precisamente para que la prevaricación fuese inexcusable y de ningún modo pudiera decirse en adelante que se había olvidado la mujer del precepto que Dios les impuso. A pesar de que el olvido del mandato, y sobre todo de éste único y tan importante, siempre hubiera sido una gran culpa de negligencia punible. Sin embargo, es más evidente la transgresión de él al tenerle presente en su memoria. De este modo Dios es vilipendiado como si se hallase presente y asistiendo a su desprecio. Por esto fue necesario cuando se decía por el salmo: Retienen en la memoria sus preceptos, añadir: Para que sean observados48, porque muchos se acuerdan de ellos para quebrantarlos, lo que es mayor pecado de prevaricación, porque entonces no hay excusa alguna de olvido.

39. Dijo la serpiente a la mujer: No moriréis con muerte; sabe Dios que en el día qué comáis de él se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses conocedores del bien y del mal. ¿Cómo hubiera creído la mujer por estas palabras que Dios les había prohibido una cosa buena y útil, a no ser que ya tuviera dentro de su mente aquel amor de su propio poder y cierta presunción de soberbia de sí misma, la cual debía ser humillada y quebrantada por medio de aquella tentación? Por fin, no satisfecha con las palabras de la serpiente dirige su mirada al árbol, y le ve bueno para comer y hermoso ante su vista, y no creyendo que podía morir por esta acción, pues me sospecho que juzgó que Dios les había dicho figuradamente estas palabras: Si comiereis, moriréis con muerte, significando otra cosa muy distinta; tomó del fruto y comió y se lo dio también a su varón para que también con ella comiese de él; tal vez se lo ofreció con palabras persuasivas, lo cual calla la Escritura, dejándolo entender; o quizá ya no era necesario persuadir a su marido cuando vio que ella no murió al comer el alimento.

CAPITULO XXXI

Para qué fueron abiertos los ojos de Adán y Eva

40. Luego Comieron y fueron abiertos los ojos de ambos. ¿Para qué? Para desearse mutuamente como pena del pecado engendrada por la muerte de la propia carne, de tal suerte que ya no fue su cuerpo solamente animal el que podía, si observaran el precepto, ser cambiado sin morir en un estado mejor y espiritual; mas ahora ya tenían un cuerpo de muerte en el que la ley de sus miembros combatía contra la ley de su espíritu49. No se ha de creer que tenían sus ojos cerrados y que ciegos andaban errantes por el paraíso de delicias tocando las cosas, de forma que, también ignorantes, tocasen el árbol vedado, y tomando del fruto prohibido se engañasen, pues entonces, ¿de qué modo fueron presentados a Adán los animales y las aves, para que viera qué nombres habría de darles, sino veía? ¿Y cómo fue presentada al varón la misma mujer, después que fue hecha, de suerte que pudiera decir de ella sin verla: Esta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne50, y lo demás? Por último, ¿cómo vio la mujer que el árbol era bueno para comer y que le fue agradable a la vista y decoroso conocerle si tenía sus ojos cerrados?

41. Mas no porque una palabra se escriba figuradamente se ha de tomar todo el escrito en el mismo sentido. Veamos en qué sentido dijo la serpiente: Se abrirán vuestros ojos. El escritor de este libro narró que esto fue dicho, pero permitió considerar al lector en qué sentido o significación se dijera. Lo que se escribió: Y se abrieron los ojos de ellos y conocieron que estaban desnudos, se escribió como se narran todas las cosas que llegan a efectuarse, mas no por esto nos debe inducir a tomar toda la narración en sentido alegórico. Tampoco el Evangelista, que narraba el pasaje de Emaús, introducía palabras figuradas como dichas por algún profeta de la persona de Cristo, ni contaba figuradamente las cosas que habían sucedido en la persona de Jesús, y sin embargo, cuando habla de aquellos dos, de los cuales uno era Cleofás, dice que, habiendo el Señor partido el pan, fueron abiertos los ojos de ellos y entonces conocieron al que durante la travesía no habían conocido51; con todo, no quiere decir esto que iban caminando con los ojos cerrados, sino que no fueron capaces de reconocerle. Así como ni allí, igualmente ni aquí, la narración es figurada, aunque la divina Escritura use de una figura al decir que fueron abiertos sus ojos, los que antes estaban cerrados. Ahora ciertamente se abrieron para comprender y entender lo que anteriormente de ningún modo advertían. Ahora se abrieron cuando interviene para traspasar el precepto una curiosidad atrevida y ávida de conocer las cosas ocultas y de saber qué acontecería tocando el fruto vedado, la cual, deleitándose de una libertad funesta, llegó a romper las bridas de la prohibición, juzgando probabilísimamente que no había de seguirse la muerte que tanto temían. Se ha de creer que la fruta de aquel árbol era de la misma clase que la de los otros, de los cuales probando experimentaron ser inofensivos, por lo que más bien creyeron que Dios podía fácilmente perdonarles, que ellos abstenerse resignadamente de conocer qué cosa fuese, o por qué les hubiera Dios prohibido tomar el fruto de aquel árbol. Tan pronto como traspasaron el precepto, sintiéndose en su interior completamente desnudos al apartarse de ellos la gracia, a la que habían ofendido con cierta arrogancia y estimación de su propio poder, dirigieron los ojos a sus miembros y los desearon con un movimiento desconocido hasta entonces. Para esto se abrieron sus ojos, para lo que antes no estaban abiertos, aunque los tenían abiertos para todo lo demás.

CAPITULO XXXII

Origen de la muerte y de la lascivia

42. Esta muerte tuvo lugar el día que se ejecutó lo que Dios prohibió. Perdido el estado admirable que se manifestaba, debido al alimento del árbol de la vida, en la carne de ellos, la que todavía era animal y que debía cambiarse más tarde en otra mejor, lo que por el alimento espiritual de la Sabiduría, de quien este árbol era una imagen oculta, se cumple en los ángeles con la participación de la eternidad para no cambiarse en peores; el mismo cuerpo a quien se daba también este estado mediante la virtud secreta del árbol de la vida, por la que no hubiera podido cebarse en él la enfermedad ni envejecerle la edad, contrajo la condición de la enfermedad y la muerte, que acompaña también a la carne de los animales; y, por lo tanto, también adquirió el mismo movimiento de la concupiscencia por el que nace en los animales el deseo de unión con el fin de que reemplazcan los que nacen a los que mueren. Sin embargo, ya en virtud de esta pena el alma racional, que conoce su nobleza, se avergüenza del movimiento bestial que siente en los miembros de su cuerpo, y la infunde pudor no sólo porque sentía allí esto, donde anteriormente jamás había sentido tal cosa, sino también porque el movimiento aquel vergonzoso procedía de la transgresión del mandato. Allí, pues, siente ahora el pudor en lo que anteriormente estaba revestido por la gracia, cuando en su desnudez no sentía cosa alguna indecorosa. Allí se cumplió lo del salmista: Señor, en tu benevolencia prestaste virtud a mi decoro, pero apartaste tu mirada de mí, y he quedado hecho un guiñapo52. Por esto, en aquel alboroto carnal recurrieron a las hojas de higuera, y rodearon sus lomos con ellas. Se desnudaron de lo que debían gloriarse, y cubrieron lo que les causaba vergüenza. No creo que tuvieran un motivo especial para elegir tales hojas que cubrieran sus miembros alborotados, sino que mediante un impulso interior fueron impelidos a esto por aquella conturbación, a fin de que sirviera su pena de prueba a los ignorantes, de señal de castigo a los pecadores y de instrucción al lector.

CAPITULO XXXIII

Sobre la voz de dios en el paraíso

43. Y oyeron la voz del Señor Dios que paseaba por el paraíso al atardecer. En aquella hora ciertamente convenía visitar a tales hombres que se habían apartado de la luz de la verdad. Quizá Dios hablaba antes con ellos de otra forma; interiormente, o con palabras, o inefablemente, como habla con los ángeles iluminando sus inteligencias con la luz de la verdad inmutable, donde el entender es conocer al mismo tiempo las cosas que en el decurso de los siglos no se suceden a la vez. Quizá de este modo hablaba Dios con ellos, si no con tanta participación de luz divina, como la que pueden recibir los ángeles, a lo menos con el mismo género de presentación y locución, aunque en proporción menor, conforme a la medida humana. O pudo ser también de otra manera, como la que se efectúa mediante alguna creatura, ya sea en los éxtasis del espíritu con imágenes corpóreas, o presentando alguna forma a los sentidos corporales para oír o para ver, como suele Dios dejarse ver en forma de ángel, o hablar por medio de las nubes. Ahora la voz que oyeron de Dios, que paseaba por el paraíso al atardecer, se efectuó visiblemente sólo por medio de una creatura, pues no se ha de creer que apareció a los sentidos corporales de nuestros primeros padres con movimiento de tiempo y de lugar, aquella sustancia invisible y toda al mismo tiempo en todas partes de la Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo.

44. Y se escondieron Adán y su mujer de la presencia del Señor en medio de los árboles del paraíso. Cuando Dios aparta interiormente su mirada el hombre se conturba. No nos maravillemos que se hagan estas cosas semejantes a locuras, debidas a un exceso de vergüenza y de temor, pues llevados por aquel instinto oculto, que les impele a obrar a ciegas, ejecutaron sin saberlo actos que tienen alguna significación particular y que deben ser en algún tiempo conocidos por los descendientes para quienes principalmente se escribieron estas cosas.

CAPITULO XXXIV

Adán, escondido por causa de su desnudez, es interrogado por Dios

45. Y llamó el Señor Dios a Adán y le dijo: ¿dónde estás? Esta voz es ciertamente voz de quien reprende, no de quien ignora. Sin duda esto encierra algún particular sentido, porque así como el precepto fue dado al varón y por él llegó a la mujer, así ahora también en primer término es interrogado el varón. El precepto, emanando del Señor, llegó por el varón a la mujer, mas el pecado, saliendo del demonio, pasó por la mujer llegando hasta el varón. Estos hechos están llenos de místicos sentidos, no porque se cumplieron en los que se ejecutaron, sino porque la potentísima Sabiduría de Dios obró esto en ellos. Pero ahora no reseñamos su significado, sino relatamos los hechos.

46. Y respondió Adán: oí tu voz en el paraíso, y temí y me escondí porque estoy desnudo. Muy probable es que Dios acostumbrara a aparecerse en forma humana a nuestros primeros padres, representado por una criatura apropiada para tal efecto, a los que, sin embargo, nunca permitió que se dieran cuenta de su propia desnudez, teniéndoles elevado su pensamiento hacia las cosas de lo alto, hasta que sintieron después del pecado, como ley penal que recayó sobre ellos, el vergonzoso movimiento de los miembros. Después de este pecado se excitaron como suelen excitarse los hombres al mirar a otros hombres, siendo tal excitación pena del pecado que ahora intenta ocultar a quien nada se le oculta, y por eso pretenden esconder el cuerpo al escudriñador del corazón. Pero no debemos admirarnos de que estos orgullosos, al querer ser como dioses, se envanecieran en sus pensamientos y obscurecieran su insensato corazón. Ciertamente se dijeron en la plenitud de sus riquezas: somos sabios; mas apartando su mirada del Señor se hicieron necios53, y entonces, avergonzándose de lo que veían en sí mismos, se hicieron túnicas, las cuales aumentaron aún más su vergüenza al considerar que eran vistos cubiertos de esta forma por el que de modo familiar se acercaba a visitarlos, mediante una visible criatura teniendo ojos humanos. Si se presentaba a ellos como están presentes unos hombres con los otros para hablar, y del modo que se apareció a Abraham junto a la encina del Mambre54, este mismo motivo de amistad que ofrecía antes del pecado confianza, imponía el pudor después de él, y por lo misma no se atrevían ya a presentar aquella desnudez a tales ojos, puesto que ella ofendía también a los suyos propios.

CAPITULO XXXV

Excusas de Adán y de Eva

47. Queriendo el Señor castigar al estilo de como en los tribunales se ejecuta, interroga a los pecadores a fin de imponerles alguna otra pena distinta de aquella por la que se avergonzaban, y dice: ¿Quién te avisó que estabas desnudo, si no el haber comido del árbol del cual únicamente te mandé que no comieras, y, sin embargo, comiste de él? Por esto, debido a la sentencia de Dios, fue concebida la muerte, con la que se le había amenazado, de la cual se dio cuenta por la concupiscencia que sintió en sus miembros en el mismo instante que se dice se le abrieron sus ojos, a lo que siguió el avergonzarse. Y dijo Adán: La mujer que me diste, ella me dio del fruto del árbol y comí. He aquí a la soberbia. ¿Dijo por ventura pequé? Siente la ignominia de su confusión y no acepta la humillación de su confesión. Para esto precisamente se escribieron estas cosas, y sin duda también se hicieron estas preguntas a Adán, para que como veraces y útiles quedaran consignadas en beneficio de todos; si no hubieran sido verdaderas no serían útiles. Han sido anotadas a fin de que advirtamos la enfermedad de orgullo que padecen actualmente los hombres, los que al obrar algún mal pretenden inculpar a Dios de él; y si hacen algún bien intentan atribuírsele a sus propios méritos. La mujer, dice, que me diste, es decir, la mujer que me diste para ser mi compañera, ella me dio del árbol y comí. Como si para eso le hubiera sido dada, y no más bien para que ella estuviera sometida al varón y ambos a Dios.

48. Y dijo el Señor Dios a la mujer: ¿por qué hiciste esto? Y respondió la mujer: la serpiente me sedujo y comí. Como vemos, tampoco ésta confiesa su pecado, sino que lanza la culpa sobre otro. Adán y Eva son desiguales en el sexo, pero iguales en altanería. De esto, sin embargo, nació, sin imitarlos, sino más bien ejercitado en innumerables sufrimientos, el que dijo y sigue diciendo hasta el fin de los siglos: Yo dije: Señor, compadécete de mí y sana mi alma, porque pequé contra ti55. ¡Cuánto mejor hubiera sido que de este modo hubieran obrado nuestros primeros padres! Todavía el Señor no había quebrantado la cerviz del pecador56. Faltaban los trabajos y los dolores de la muerte y toda la tribulación de la vida, y la gracia de Dios, con la que ayuda en tiempo oportuno a los hombres, a los que angustiados enseñó que no debían presumir vanamente de sí mismos. Dice la mujer: la serpiente me sedujo y comí, como si la incitación de alguno debiera anteponerse al precepto de Dios.

CAPITULO XXXVI

Dios maldice a la serpiente

49. Y dijo el Señor Dios a la serpiente: porque hiciste esto, tú serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias que viven en la tierra; sobre tu pecho y entre todas andarás, y comerás la tierra todos los días de tu vida. Y pondré enemistades entre tú y la mujer, entre tu semilla y la semilla de ella. Ella pondrá sus ojos en tu cabeza y tú bajo su calcaño. Toda esta sentencia es figurada y ninguna otra cosa exige de nosotros la fidelidad del escritor y la verdad de la narración, sino que no dudemos que así fue pronunciada. En cuanto a lo que se escribió: Y dijo el Señor a la serpiente, son únicamente palabras del escritor que deben entenderse en sentido propio, es decir, que ciertamente se dijo esto a la serpiente; las demás palabras son de Dios y se dejan a la libre comprensión del lector, para que él vea si pueden entenderse en sentido propio o figurado, según lo que dijimos al principio de este libro. Como a la serpiente no se le pregunta por qué hizo esto, podemos comprender que así se hizo atendiendo a que no lo hacía ella directamente por su naturaleza y propia voluntad, sino que el diablo, que había sido ya destinado al fuego eterno por su pecado de soberbia y de impiedad, valiéndose de ella, lo ejecutó mediante ella, estando en ella. Lo que ahora se dice a la serpiente, sin duda es figurado, y se refiere ciertamente a aquel que obró por la serpiente, pues claramente en estas palabras se describe al tentador, tal cual había de ser para el género humano, que comenzó a propagarse después que fue proferida la sentencia sobre la serpiente, pero contra el diablo. De qué modo han de entenderse estas palabras pronunciadas figuradamente, ya en cuanto pude lo dije en los libros que publiqué contra los maniqueos sobre el Génesis. Si pudiéramos en otras circunstancias tratar sobre este asunto con más cuidado y buscando algo mejor, Dios hará que esto se efectúe. Por ahora, sin embargo, nada nos obliga a apartar nuestro propósito de aquello que emprendimos.

CAPITULO XXXVII

Castigo de la mujer

50. Y dijo Dios a la mujer: multiplicando multiplicaré tus tristezas y gemidos, en dolor parirás los hijos, hacia tu varón te dirigirás y él tendrá demonio sobre ti. Estas palabras dichas por Dios a la mujer se entienden de modo convenientísimo en sentido figurado y profético. Sin embargo, como aún no había parido la mujer y como el dolor y el llanto de la que pare procede únicamente del cuerpo de muerte, la cual se concibió por la transgresión del precepto, en los miembros ciertamente entonces también animales, los que no morirían si no pecara el hombre, pues vencedores permanecerían en un estado mucho más feliz, hasta que después de una vida llevada santamente merecieran ser transformados en un estado de completa bienaventuranza, como ya lo hemos insinuado anteriormente en otros muchos sitios, por eso esta pena debe entenderse al pie de la letra, es decir, en sentido propio. Lo que se dijo: Hacia tu varón te dirigirás y él tendrá dominio sobre ti, se ha de investigar de qué modo puede tomarse en sentido literal, porque no se nos permite creer que antes del pecado fue hecha la mujer en otra condición, sino para ser dominada por el hombre y para que sirviéndole estuviera sometida a él. Mas esta primera servidumbre puede ser entendida en sentido figurado, la cual procede más bien de la naturaleza que de un acto de amor; y la otra tal servidumbre por la que después de la culpa comenzaron a ser siervos los hombres de los hombres, traiga su origen de la pena del pecado. El Apóstol dijo: Servíos mutuamente en caridad57, mas no dijo dominaos los unos a los otros. Pueden, sin duda, los esposos servirse mutuamente por la caridad, pero el Apóstol no permite a la mujer que domine al varón58. La sentencia de Dios más bien se dio en provecho del varón, y, por lo tanto, el marido mereció dominar a la mujer no en virtud de la naturaleza, sino de la culpa, lo cual, si no se observa, se depravará todavía más la naturaleza y aumentará la culpa.

CAPITULO XXXVIII

De la pena infligida a Adán y del nombre que impuso a la mujer

51. Y dijo Dios al hombre: Porque atendiste a la voz de tu mujer y comiste del árbol del que sólo te mandé que no comieras, la tierra será maldita en tus trabajos, y en tristezas comerás de sus frutos todos los días de tu vida, espinas y abrojos te dará, y comerás hierba del campo. En el sudor de tu rostro comerás tu pan, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste tomado, porque eres tierra y a la tierra irás. ¿Quién ignora que estos son los trabajos que soporta el hombre en la vida de la tierra? Como no puede dudarse que no existirían tales trabajos si los hombres hubiesen conservado la felicidad que tenían en el paraíso, nadie se arrepentirá de tomar en primer término estas palabras en sentido propio. Sin embargo, se ha de esperar y respetar el sentido profético, que sobre todo en este lugar manifiesta encerrar el pensamiento de Dios. No en vano también el mismo Adán, con cierto maravilloso instinto, llamó aquí con el nombre de Vida a su mujer, y añade: Porque es la madre de todos los vivientes. Por lo tanto, estas palabras no se han de entender como un mero relato del escritor que expone o narrador, sino como pronunciadas con algún otro sentido por el mismo Adán, ya que, al decir: Porque esta es la madre de todos los vivientes, insinúa la causa del nombre impuesto por él, es decir, el porqué la llamó Vida.

CAPITULO XXXIX

Sobre las túnicas de pieles

52. E hizo el Señor Dios para Adán y su mujer túnicas de pieles y los vistió. Sin duda que se hizo esto para darnos a entender algún otro significado, mas el hecho fue real, al estilo de las palabras que se dicen en gracia en algún particular sentido y, sin embargo, ellas en sí mismas también son pronunciadas. Lo que hemos dicho muchas veces, y no me cansaré de repetir, es que al narrador de hechos sólo se le puede exigir que narre las cosas hechas como hechas y las dichas como dichas. Así como en las acciones se pregunta que se hizo, y qué signifique el hecho, del mismo modo en el hablar se pregunta qué se habló, y qué signifique el dicho; y ya se diga algo en sentido propio o figurado, lo que se afirma que se dijo no debe juzgarse como dicho figuradamente.

53. Y dijo Dios: he aquí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, al conocer el bien y el mal. Sea como fuere, es decir, por qué medio o de qué forma fuera dicho esto, diremos que lo dijo Dios. Y sobre lo que dijo como uno de nosotros debemos entender que habló en plural únicamente para indicar la Trinidad; así como también dijo por lo mismo hagamos al hombre59, y hablando del Padre y de Sí mismo: Vendremos al hombre y pondremos nuestra habitación en él60. Lo de la serpiente les había sugerido, seréis como dioses, cuya consecución tanto anhelaron, lo repite Dios ante el soberbio Adán, pues dice: He aquí a Adán hecho como uno de nosotros. Estas palabras fueron pronunciadas por Dios, no tanto para insultar en este caso como para apartar de la soberbia a los descendientes de Adán, por los cuales se escribieron estas cosas: Se hizo, dice Dios, como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. ¿Qué otra cosa debemos entender acerca de esto, si no es que se propuso inculcar un modelo de temor, ya que Adán no sólo no se hizo cual quería hacerse, sino que ni conservó el estado que tenía antes?

CAPITULO X L

Expulsión del paraíso

54. Y ahora, dice Dios, para que no extienda su mano y tome el fruto del árbol de la vida, y coma y viva eternamente. El Señor Dios le arrojó del paraíso de delicias para que trabajara la tierra de la cual fue formado. Las primeras palabras son de Dios, mas el hecho que se narra se efectuó como consecuencia de lo dicho. Despojado el hombre, no sólo de la vida que habría de tener con los ángeles si hubiera observado el precepto, sino también de aquella feliz y corporal que llevaba en el paraíso, debió alejársele del árbol de la vida, ya fuese porque ofreciendo mediante su fruto visible una virtud invisible, continuase el hombre en aquel feliz estado corporal, o porque en este árbol se encerraba el sacramento visible de la Sabiduría invisible. De allí debía echársele como hombre que había de morir, o como excomulgado, al parigual que en el actual paraíso, es decir, en la Iglesia, suelen los hombres ser apartados de los sacramentos visibles del altar por la disciplina eclesiástica.

55. Y arrojó Dios a Adán y le colocó frente al paraíso de delicias. Esto que se hizo encerrando un significado oculto, sin embargo también se efectuó en la realidad, de modo que frente al paraíso, en el que estaba representada espiritualmente la vida feliz habitara el pecador en la miseria. Y mandó a un querubín y a una espada de fuego que se movía de un lado para otro, custodiar el camino del árbol de la vida. Debemos creer que esto se hizo en el paraíso visible por medio de potestades celestes, de suerte que allí hubiera una guarda de fuego a disposición del ángel. Pero tampoco se ha de dudar que esto fue hecho en vano, pues es una imagen del paraíso espiritual.

CAPITULO XLI

Opiniones sobre cuál fue el pecado del hombre

56. No ignoro lo que algunos dicen, que a nuestros primeros padres los perdió el prematuro deseo del conocimiento del bien y del mal, ansiando tener noticia de él antes de tiempo, el cual se dilataba para más oportunas circunstancias, y, por lo tanto, el tentador, según ellos, obró en esta ocasión incitándolos a que se anticipasen a comer lo que aún no les convenía, y así ofendieran a Dios; y por esto, castigados y excluidos del paraíso, perdieron también la utilidad de este conocimiento, al que si se acercaran, como Dios quería, a su debido tiempo, pudieran gozar de él con todo provecho. Este parecer tal vez tenga algunos visos de probabilidad y no se oponga a la razón y a la fe, si es que no quieren tomar este árbol como verdadero árbol o verdadero fruto, sino en sentido figurado.

57. A otros les pareció que los dos primeros padres anticiparon sus nupcias y que antes de haberlos unido Dios se juntaron en comercio carnal, lo que les estaba prohibido hasta que llegara el tiempo oportuno de unirse, cuyo hecho fue significado bajo el nombre de árbol. Pero esto lo dicen como si hubiera de creerse que fueron formados en un estado en el cual aún sería necesario esperar la madurez de la pubertad; o que aquel acto todavía no era legítimo a pesar de que desde un principio posible, siendo así que si no hubiera sido posible, de ningún modo se hubiera llevado a la práctica. ¿O es que acaso debía el padre entregar a la esposa y era necesario esperar la solemnidad de la boda, el concurso de los convidados, la tasación de la dote y la inscripción en el registro? Esto es ridículo, y además se aparta del sentido propio de los hechos, del que nosotros emprendimos la defensa y lo defenderemos hasta que Dios quiera ayudarnos.

CAPITULO XLII

Sobre si Adán creyó a la serpiente y por qué causa fue inducido a pecar

58. Inquieta sobremanera comprender, si Adán era ya espiritual en la mente, mas no en el cuerpo, cómo pudo creer lo que se dijo por la serpiente, a saber, que Dios les prohibió comer del fruto de aquel árbol porque sabía que, si lo ejecutasen, vendrían a ser como dioses por el conocimiento del bien y del mal, como si solamente el Creador envidiara a la creatura por tan grande beneficio. Repito que es de admirar cómo pudo el hombre creer esto si estaba ya dotado de mente espiritual. O es que, puesto que no pudo caberle tal cosa en la cabeza, por esto mismo se dirigió primero el demonio a la mujer, que tenía menos inteligencia y tal vez vivía aún según el sentido de la carne, y no conforme al del espíritu de su mente, y por eso el Apóstol no la llama imagen de Dios, pues dice así: El varón no debe cubrir su cabeza por ser imagen y gloria de Dios, mas la mujer es la gloria del varón61. No quiero decir por esto que la mente de la mujer no pudiera recibir la misma imagen que el varón, cuando el mismo Apóstol nos indica que en la gracia no hay hombre ni mujer62, sino que quizá la mujer no había recibido aún todo lo que se necesita para llegar al conocimiento pleno de Dios, lo que recibiría poco a poco por medio del varón que la regía. No se ha de tener por vano lo que el mismo Apóstol dice: Adán fue formado en primer término, y después Eva. Adán no fue seducido, pero la mujer fue engañada en la transgresión63; es decir, que por ella prevaricó el hombre. También a él le llamó prevaricador el mismo Apóstol cuando dice: Según la semejanza de la prevaricación de Adán, el que es figura del que había de venir64. Sin embargo, niega que Adán fuera seducido, porque, al ser interrogado, no dijo: La mujer que me habéis dado me sedujo y comí, sino ella me dio del árbol y comí; pero Eva dice: La serpiente me engañó.

59. ¿Acaso se ha juzgar que Salomón, varón de tanta sabiduría, creyera que la adoración de los ídolos reportaba alguna utilidad? No tuvo valor para resistir este mal, arrastrado por el amor de las mujeres, y ejecutó lo que sabía que no debía obrar, por no perder las mortíferas delicias en las cuales se engolfaba y perecía65. Así, Adán, después que, engañada la mujer, comió del árbol prohibido y le dio a él para que comiera, no quiso contristar a la que creía pudiera entristecer sin su consuelo, si de ella apartase su afecto y pereciera por esta discordia. No lo hizo vencido por la concupiscencia de la carne, la que todavía no sentía oponerse en sus miembros a la ley de la mente, sino por un mal entendido sentimiento de amistad, por el que muchas veces se deja llevar uno, ofendiendo a Dios por no hacerse enemigo de un amigo. Que no debió hacer esto, suficientemente lo indicó el justo fin de la sentencia divina.

60. Luego de otro modo distinto al de la mujer se engañó a sí mismo el hombre. No creyó en forma alguna que pudiera seducírsele por el mismo engaño astuto con que fue seducida la mujer. El Apóstol dice que fue única y propiamente seducida la mujer, porque lo que se le decía, siendo falso, lo juzgó por verdadero; esto es, que Dios había prohibido tocar el árbol solamente porque sabía que, si ellos lo tocasen, habrían de ser dioses. ¡Como si el mismo Dios, que había hecho a los hombres, envidiara la divinidad que ellos habían de tener! Mas, según lo que anteriormente tratamos, pudo ser que el varón, llevado por algún orgullo de su mente, lo que no podía estar oculto a Dios, escudriñador de las cosas más internas, se dejara arrastrar por algún deseo de experiencia al ver que la mujer, que había comido de aquel árbol, no murió. Sin embargo, si ya estaba dotado de mente espiritual, juzgó que de ningún modo pudo creer que Dios les había prohibido comer del árbol por envidia. Pero, ¿a qué nos detenemos más? Se indujo a cometer aquel pecado de la manera que podía persuadirse a tales hombres. Y se consignó en la forma que convenía ser escrito para que por todos pudiera ser leído, aunque estas cosas se entendiesen como corresponde por muy pocos.