DEL GÉNESIS A LA LETRA


LIBRO XII


CAPITULO I

Se examina el pasaje del apóstol San Pablo sobre el paraíso

1. Comentando desde su principio el libro de la sagrada Escritura que se titula Génesis, hasta donde se lee que el primer hombre fue arrojado del paraíso, escribí once libros afirmando y defendiendo las cosas que son ciertas, o investigando y discutiendo sobre las inciertas cuanto nos fue posible. Según pudimos lo tratamos y expusimos, no tanto imponiendo lo que cada uno deba sentir sobre estas cosas oscuras, sino más bien procurando apartar al lector de cualquier temeraria afirmación, en las que no pudimos ofrecer una sólida sentencia, y enseñando que debemos instruirnos en las que dudamos. En este libro duodécimo, despojado ya de estos obstáculos que nos entretenían al explicar el sagrado texto, trataré más libre y ampliamente sobre el paraíso. De este modo no se juzgará que soslayamos lo que parece insinuar el Apóstol, que el paraíso se halla en el tercer cielo, cuando dice: Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, si en cuerpo no lo sé, si fuera del cuerpo lo ignoro, Dios lo sabe. Y sé de tal hombre, si en cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe, que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no es dado expresar al hombre1.

2. Sobre estas palabras primeramente suele preguntarse a qué llama tercer cielo el Apóstol. Después, si quiso se entendiera por él el paraíso, o es que, después de haber sido arrebatado al tercer cielo, fue también transportado al paraíso, en cualquier sitio que se encuentre éste, de tal suerte que no sea lo mismo ser arrebatado al tercer cielo que al paraíso, sino más bien primero fue transportado al tercer cielo y después al paraíso. Esto es tan ambiguo que no me parece pueda esclarecerse fácilmente, puesto que no se demuestra claramente qué cosa sea el tercer cielo, es decir, si deba entenderse de cosas corporales o tal vez espirituales, a no ser que alguno, no por estas palabras del Apóstol, sino tal vez por otros pasajes de la divina Escritura o por alguna clarísima razón, encuentre argumentos mediante los cuales demuestre que el paraíso se halla, o no, en el tercer cielo. Puede decirse ciertamente que el hombre con su cuerpo no pudo ser arrebatado sino a un sitio corporal. Mas como también pudo efectuarse de este modo, y como el Apóstol declara que no sabe si fue arrebatado con el cuerpo o sin el cuerpo, ¿quién se atreverá a decir que sabe lo que no sabe el Apóstol? Sin embargo, si el espíritu no puede ser arrebatado sin su cuerpo a sitios corporales, ni el cuerpo a los espirituales, esta misma duda del Apóstol fuerza casi a entender, ya que nadie pone en tela de juicio que escribió estas cosas de sí mismo, que fue tal el lugar adonde fue arrebatado, que no le fue posible distinguir y conocer si fue corporal o espiritual.


CAPITULO II

Pudo ignorar el Apóstol si vio el paraíso sin cuerpo, viéndole en éxtasis

3. Cuando en el sueño o en éxtasis se forman las imágenes de los cuerpos, ciertamente no se las distingue en modo alguno de los cuerpos, a no ser cuando el hombre, vuelto a la vida de los sentidos corporales, advierte que tuvo aquellas imágenes que no formaba por los sentidos corporales. ¿Quién hay que al despertar no conozca inmediatamente que fueron imaginaciones las cosas que en el sueño veía, aunque al verlas dormido no fuera capaz de discernirlas de las cosas corporales que ven los despiertos? Sé que a mí me ha sucedido, y, por lo tanto, no dudo que pudo o puede también suceder a otros lo mismo, que estando dormido veía y me daba cuenta que veía estando en sueños, y que aquellas imágenes que acostumbraban a andar solicitando nuestro consentimiento no eran verdaderos cuerpos, pero se presentaban tan evidentes en el sueño, que dormido me daba cuenta que las tenía y sentía. Sin embargo, en cierta ocasión me engañaba en esto, porque a un amigo mío, a quien igualmente veía en sueños, intentaba persuadirle que aquellas cosas que veíamos no eran cuerpos, sino fantasías de los que sueñan, siendo así que él también se me presentaba entre aquellas imágenes en la misma forma que ellas; yo le decía que no era real lo que hablábamos y que el dormía y veía en sueños otras cosas ignorando en absoluto si yo veía esto. Cuando intentaba persuadirle de que él no existía, llegaba por otra parte a la persuasión de creer que existía, pues a la verdad no le hablara si de ningún modo le percibiera existiendo. Por lo tanto, el alma del que duerme vigila de un modo sorprendente, y no puede menos de dejarse llevar por las imágenes de los cuerpos, como si los mismos cuerpos existieran.

4. Sobre el éxtasis pude oír en este estado a un hombre, y por cierto rústico, que apenas era capaz de decir lo que sentía; éste sabía que estaba despierto y que veía algo, no con los ojos del cuerpo. Usaré de sus propias palabras en cuanto pueda recordarlas. Mi alma, decía, veía aquello, no mis ojos, y, sin embargo, no sabía si aquello era cuerpo o imagen de cuerpo. No era tal que pudiera distinguir estas cosas; pero era tan sencillo en su fe, que así como le oía hablar, me parecía que yo mismo veía aquello que él narraba haber visto.

5. Por lo tanto, si San Pablo vio el paraíso, como se le apareció a San Pedro el disco que descendía del cielo2, y como vio San Juan todo lo que escribió en el Apocalipsis3, o como vio Ezequiel el campo aquel lleno de huesos de los hombres muertos y la resurrección de ellos4, o como Isaías contempló a Dios sentado y ante su presencia el Serafín y el ara de donde éste tomó la brasa para purificar los labios del profeta5, es evidente que pudo ignorar el apóstol Pablo si vio aquellas cosas con su cuerpo o sin él.


CAPITULO III

El Apóstol está seguro de haber visto el tercer cielo, mas no sabe cómo le vio

6. Pero si vio sin su cuerpo las cosas que vio y ellas no eran corporales, aún puede preguntarse si fueron imágenes de cuerpos o alguna sustancia que no tiene en absoluto semejanza de cuerpo, como la de Dios, del alma humana, de la inteligencia o de la razón; o corno la de las virtudes, por ejemplo, la prudencia, justicia, castidad, caridad, piedad y otras muchas que existen de la misma especie a las que, pensando y entendiendo, enumeramos, distinguimos y definimos, sin contemplar en modo alguno sus colores y figuras, o sin saber cómo suenan, o a qué huelen, qué sabor tengan o qué sensaciones produzcan de calor o de frío; cuál sea al tocarlas su estado de blandura o de dureza, de suavidad o de aspereza; y, no obstante, las percibimos con otra vista, con otra luz, con otra evidencia mucho más excelente y cierta que con cualquiera otra corporal.

7. Volvamos de nuevo sobre aquellas mismas palabras del Apóstol y estudiémoslas con sumo cuidado, estableciendo primeramente, y sin lugar a duda, como fundamento, que sobre la naturaleza incorpórea o corporal mucho más supo el Apóstol y de un modo incomparable y más cierto que cuanto podamos saber nosotros por mucho que nos empeñemos. Si sabía que las cosas espirituales no pueden en absoluto conocerse por el cuerpo, ni las corporales sin él, ¿por qué no determinó por aquellas mismas cosas que vio el modo de cómo pudo verlas él? Si estaba seguro de que ellas eran espirituales, ¿por qué no estaba, sin embargo, absolutamente cierto de haberlas visto sin cuerpo? Por el contrario, si sabía que eran corporales, ¿por qué ignoraba que sólo pudo verlas mediante su cuerpo? Luego, si duda haberlas visto con el cuerpo o sin él, es únicamente porque tal vez duda que fueron ellas cuerpos o semejanzas de cuerpos. Veamos primeramente en el contexto del pasaje las cosas de que no puede dudar; y si algo queda de lo que todavía duda, tal vez por las cosas de las que no duda, aparecerá por qué duda de las otras.

8. Conozco, dice, a un hombre en Cristo que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, mas si fue en cuerpo o sin él no lo sé, Dios lo sabe. Luego él sabe, y no duda en modo alguno, que hace catorce años fue un hombre en Cristo arrebatado hasta el tercer cielo; tampoco nosotros lo dudamos. Duda si fue en cuerpo sin él; dudando él, ¿quién de nosotros se atreverá a estar cierto de ello? ¿Será lógico que dudemos sobre la existencia del tercer cielo donde dice que fue arrebatado este hombre? Si se le manifestó el tercer cielo, sin duda queda demostrada la existencia del tercer cielo. Si fue una imagen semejante a las cosas corporales, esto no era el tercer cielo, sino una representación de tal modo ordenada que primeramente apareciera como subiendo al primer cielo, viendo sobre éste otro, adonde subiendo nuevamente, desde allí viera otro superior, al cual llegando pudo decir que fue arrebatado al tercer cielo. Mas no dudó, ni quiere que dudemos nosotros, que donde fue arrebatado era el tercer cielo, pues por esto dice sé, y de aquí, proviene que esto que el Apóstol dice saber únicamente no crea es verdadero el que no cree al Apóstol.


CAPITULO IV

Verdaderamente fue el tercer cielo aquel a donde fue arrebatado el Apóstol

9. Sabe que un hombre fue arrebatado al tercer cielo. Por lo tanto, allí donde fue arrebatado, es verdaderamente el tercer cielo. No fue esto algún signo corporal como el que se mostró a Moisés, pues éste sentía que una cosa era la sustancia de Dios y otra muy distinta la criatura visible en la que se le representaba Dios a sus sentidos corporales; por lo que exclamó: Manifiéstate tú mismo a mí6. Ni tampoco fue una imagen de cosa corpórea como la que vio en espíritu San Juan y sobre la que preguntaba qué cosa era ella, y se le respondió que era una ciudad, o pueblos, o cosa parecida, siendo así que él veía una bestia, o una mujer, o aguas, o alguna otra cosa semejante7. Aquí San Pablo dice que un hombre fue arrebatado al tercer cielo.

10. Si él hubiera querido llamar cielo a una imagen espiritual semejante a la de una cosa corporal, tal era la imagen de su cuerpo en la que había ascendido al cielo, y, por lo tanto, como llamaba cielo a lo que sólo era imagen de cielo, así llamaría también a su cuerpo, aunque fuera únicamente imagen de cuerpo; mas entonces no se preocuparía por conocer qué cosa sabía y qué cosa no sabía, cuando dijo que sabía que un hombre había sido arrebatado hasta el tercer cielo, pero ignoraba si en cuerpo o sin él, sino que sencillamente narraría la visión denominando a las cosas que vio con los nombres de las cosas a que se asemejaban. Así hablamos nosotros cuando narramos nuestros sueños o alguna visión habida en ellos: vi un monte, decimos; vi un río, vi tres hombres, y así otras cosas semejantes, dando a las imágenes los mismos nombres de la mismas cosas a quienes se asemejan. Pero el Apóstol terminantemente dijo: yo sé esto e ignoro aquello.

11. Si ambas cosas aparecieron en imagen igualmente, ambas son conocidas y desconocidas. Si vio el cielo en realidad, y por eso le conoció, ¿cómo es que pudo aparecer en imagen el cuerpo de aquel hombre?

12. Si veía un cielo corpóreo, ¿por qué se le ocultaba el saber si veía con los ojos corporales? Si estaba dudoso de conocer si veía con los ojos del cuerpo o con el espíritu, y por este motivo dijo si fue en cuerpo o sin él no lo sé, ¿cómo es que estaba inseguro si veía un cielo verdaderamente corpóreo o presentado sólo en imagen? Asimismo, si veía una sustancia incorpórea, no en imagen de cuerpo, sino como se ve la justicia, la sabiduría y otras cosas iguales, y esto era cierto, es evidente que no pudo ver tales cosas con los ojos del cuerpo, y, por lo tanto, si conocía que él vio alguna tal cosa, no podía dudar que él no vio por el cuerpo. Sin embargo, él dice: Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años; sé esto, nadie lo dude de los que crean en mí; mas si fue en cuerpo o sin él, no lo sé, Dios lo sabe.


CAPITULO V

Se resuelve la dificultad anterior

13. ¿Qué es lo que sabes, oh Pablo, que lo distingues de lo que ignoras? (Dínoslo a fin de que) no se engañen los que te creen que fue arrebatado aquel hombre hasta el tercer cielo. Pero aquel cielo, o era cuerpo o espíritu; si era cuerpo, le vio con los ojos del cuerpo, mas entonces, ¿por qué sabe que aquello era cielo e ignoraba si le vio con el cuerpo? Si era espíritu, entonces o se presentaba en imagen de cuerpo y, por consiguiente, tan incierto es que fuera cuerpo, como es incierto que fue visto en cuerpo, o de tal modo fue visto como se ve con la mente la sabiduría, sin imagen corpórea, y entonces sin duda es cierto que no pudo ser visto mediante el cuerpo; o, por fin, ambas cosas fueron ciertas e inciertas; pero, ¿cómo es cierto lo que se vio e incierto el medio por el que se vio? Es evidente que no pudo ver mediante el cuerpo la naturaleza incorpórea. Si los cuerpos pueden ser vistos sin cuerpo, no se ven, sin embargo, de igual modo por el cuerpo, sino de una manera distinta, si es que ella existe; de modo que es de extrañar que esta forma de ver pudiera engañar al Apóstol por la semejanza de otros modos de ver, o inducirle a dudar que, si no vio con los ojos corporales el cielo corpóreo, diga que no sabe si vio esto con el cuerpo o sin él.

14. Resta tal vez decir, puesto que no pudo mentir el Apóstol, el cual puso tanto cuidado en distinguir qué cosa sabía y qué no sabía, que entendamos que él ignoró si al ser arrebatado al tercer cielo estaba el alma en su cuerpo a la manera que está cuando se dice que el cuerpo del hombre vive, ya se halle en vigilia o dormido o en éxtasis, privado de los sentidos del cuerpo. O si salió por completo del cuerpo de modo que le dejara muerto hasta que, llevado a cabo aquel rapto y visión, volviera el alma a entrar en sus miembros inertes, y que no despertara como el que duerme o que recobrara de nuevo el sentido como el privado de él por el éxtasis, sino como el que verdaderamente murió y resucita. Por lo tanto, lo que vio siendo arrebatado hasta el tercer cielo, lo vio en realidad, no en imagen, porque afirma saber que lo vio, mas porque no sabe si su alma enajenada había abandonado su cuerpo dejándole muerto, o si estaba ella en él a la manera del cuerpo que vive privado del sentido, pero estando su mente arrebatada para ver y oír las cosas inefables de aquella visión; tal vez por eso dijo: si fue en cuerpo o sin él no lo sé, Dios lo sabe.


CAPITULO VI

Tres géneros de visiones

15. Lo que no se ve en imagen, sino en la realidad y además no se ve mediante los sentidos del cuerpo, ciertamente se ve con una visión que supera a cualquiera otra visión. Procuraré explicar, en cuanto me sea posible y Dios me ayude, las clases de visiones y las diferencias que entre ellas existen. Cuando se lee este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo8, nos salen al paso tres clases distintas de visiones. Una es la de los ojos con los cuales se contemplan las letras; otra la del espíritu del hombre por la que se piensa en el prójimo ausente; la tercera tiene lugar en la mirada atenta de la mente con la que se contempla la misma dilección. De estas tres clases de visiones, la primera es conocida de todos; por ella se ve el cielo y la tierra y todas las cosas que están patentes a los ojos del cuerpo. Tampoco es difícil declarar aquella otra por la que se piensa en las cosas corporales que no se hallan presentes, ya que el mismo cielo y la tierra con todas las cosas que en ellos observamos, las podemos pensar estando a obscuras, pues aunque no veamos nada con los ojos del cuerpo estando así, sin embargo, contemplamos con el alma las imágenes de los cuerpos, sean éstas verdaderas como lo son las de los cuerpos que en otro tiempo vimos y que retenemos actualmente en la memoria, o ficticias, como las que pudo formar a capricho la imaginación. De un modo pensamos en Cartago, ciudad que conocemos, y de otro en Alejandría, ciudad que nunca hemos visto. La tercera clase de visión por la que contemplamos y entendemos la caridad, comprende todas las cosas que no tienen imágenes semejantes a sí mismas, y, por lo tanto, estas imágenes no son lo que son las cosas. El hombre, el árbol, el sol o cualquier otro cuerpo celeste o terrestre, hallándose presentes se ven en su forma, y ausentes se contemplan en la imagen impresa en el alma; así, constituyen dos clases de visiones: una por medio de los sentidos corporales, otra por el alma, en la que se encuentran archivadas estas imágenes. Mas el amor, ¿acaso se ve de un modo cuando está presente en su propia forma y de otro cuando está ausente en alguna imagen semejante a él? Ciertamente que no, puesto que se discierne por la mente, tanto cuanto ella puede, por unos más y por otros menos, según la capacidad de cada uno, y si llega a discernirse por alguna imagen corporal, entonces no se ve esta realidad.


CAPITULO VII

Clases de visiones: corporal, espiritual e intelectual

16. Estas son las tres clases de visiones sobre las cuales hablamos ya algo de ellas en los libros anteriores, conforme lo exigía el asunto, aunque allí no dimos el número de ellas. Ahora, declaradas brevemente, con el fin de hablar un poco más tendido, como lo pide la cuestión, debemos ante todo asignarlas apropiados y determinados nombres para que en adelante no nos demoremos explicándolas. A la primera visión la llamamos corporal, porque se percibe par el cuerpo y se muestra a los sentidos corporales. A la segunda, espiritual, pues todo lo que no es cuerpo y, sin embargo, es algo, se llama rectamente espíritu, y ciertamente no es cuerpo, aunque sea semejante al cuerpo, la imagen del cuerpo ausente y la mirada con que se ve la imagen. La tercera clase de visión se llama intelectual, del origen de donde procede, y me parece un gran absurdo llamarla mental por la mente, recurriendo a un neologismo.

17. Si diera sutilmente explicación de estas palabras, precisaría un discurso largo e intrincado, y no hay necesidad, o a lo menos no lo exige una necesidad tan perentoria. Baste, pues, saber, que es o se llama corporal lo que trata de los cuerpos, o figuradamente se toma como cuerpo, coma lo vemos en lo que se dice: En El (en Cristo) habita corporalmente la plenitud de la divinidad. La divinidad ciertamente no es cuerpo, pero así como el mismo Apóstol llama a los sacramentos del Antiguo Testamento sombras del futuro por la semejanza de las sombras con el cuerpo9, por eso dijo aquí que habita en Cristo corporalmente la plenitud de la Divinidad, puesto que en El se hallan encerradas todas las cosas que están figuradas en aquellas sombras, de las que El viene a ser en cierto modo como el cuerpo de ellas, es decir, que El es la verdad de aquellas figuras y significaciones. Y como estas figuras no se llaman en sentido propio sombras, sino en sentido figurado, así, al decir que habita en Cristo corporalmente la plenitud de la divinidad, empleó igualmente el sentido figurado.

18. La palabra espiritual tiene varias acepciones. Al cuerpo que tendrán los santos después de la resurrección le llama espiritual el mismo Apóstol cuando dice: Se siembra cuerpo animal y resucita espiritual10, porque estará dotado de un modo admirable de incorrupción y ligereza, que es propia del espíritu, y sólo vivirá por el espíritu sin necesidad alguna de alimentos, no porque habrá de ser una sustancia incorpórea, pues tampoco el cuerpo que ahora tenemos es sustancia de alma y, sin embargo, por estar unido a ella, es animal. También se llama espíritu al aire o al soplo de él, es decir, a su movimiento, conforme se dijo en el salmo: El fuego, el granizo, la nube, el hielo y el espíritu de la tempestad11. Igualmente se llama espíritu al alma, ya a la de las bestias o a la del hombre, según se escribió: y ¿quién sabe si suba hacia arriba el espíritu de los hijos del hombre, y descienda al profundo de la tierra el de las bestias12? Asimismo se llama espíritu a la misma mente racional, en donde reside como el ojo del alma, a quien concierne la imagen y el conocimiento de Dios. En este sentido dijo el Apóstol: Renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo que fue creado según Dios13; asimismo en otro lugar dice del hombre interior: Que se renueva en el conocimiento de Dios conforme a la imagen del que le creó14; igualmente después de haber dicho: Yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado15, afirma lo mismo en otro pasaje al decir: La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, para que no hagáis lo que queréis16, donde, como vemos, a la que llamó mente también la denomina espíritu. En fin, también se llama espíritu a Dios, como dice el Señor en el Evangelio: Espíritu es Dios, y los que le adoran conviene que le adoren en espíritu y en verdad17.


CAPITULO VIII

En qué sentido se llama espiritual a la segunda clase de visión

19. En ningún sentido de todos los que hemos dado a la palabra espíritu, según queda explicado, empleamos este vocablo para designar el género de la visión espiritual sobre la que ahora tratamos, sino únicamente en aquel en que le encontramos en la Epístola a los Corintios, donde el espíritu se distingue con clarísima evidencia de la mente, pues dice: Si orare con la lengua, mi espíritu ora, pero mi mente está sin fruto. Como en este lugar entiende el Apóstol por lengua las místicas y obscuras expresiones, de las que si apartamos la intención de la mente nadie saca provecho oyendo lo que no entiende, de aquí que dice: El que habla lengua incognoscible, no habla a los hombres, sino a Dios, porque nadie le entiende, puesto que el espíritu habla cosas ocultas; por lo tanto, suficientemente declara que en este lugar llama lengua a las expresiones o significados que son como imágenes y semejanzas de las cosas, las cuales para ser entendidas necesitan de la mirada de la mente. Cuando no se entienden dice que están en el espíritu y no en la mente. Por esto con más claridad dijo: Si tú bendijeres con el espíritu, ¿cómo dirá amén el que ocupa el lugar del ignorante sobre tu acción de gracias, cuando no sabe lo que dices? La lengua, es decir, el miembro del cuerpo que movemos en la boca al hablar, profiere los signos de las cosas, mas no presenta sus mismas realidades; por esto el Apóstol llamó figuradamente lengua a cualquiera emisión de signos cuando no se entienden; mas una vez que han sido entendidos, acción que sólo ejecuta la mente, se da la revelación, o el conocimiento, o la profecía, o la enseñanza. Por eso dice: Si llegare a vosotros hablando lenguas desconocidas, en nada os aprovecharé, a no ser que os hable en revelación, o en conocimiento, o en profecía, o en doctrina18; es decir, de nada os servirá si no penetra en los signos o en las palabras el entendimiento, a fin de que no solamente obre el espíritu, sino también ejecute la mente lo que hace el espíritu.


CAPITULO IX

La profecía pertenece a la mente

20. Por lo tanto, a aquellos a quienes se presentan los signos en el espíritu por medio de semejanzas de cosas corporales, si la mente no cumple con su propio oficio de entenderlos, aún no se ha dado en ellos la profecía, porque más bien es profeta el que interpreta lo que otro ha visto que aquel que lo vio. Por donde se ve que la profecía pertenece más bien a la mente que a este espíritu, el que en sentido propio es sólo una cualidad del alma, inferior a la mente, en la que se representan las semejanzas de las cosas corporales. Así, pues, mayor profeta fue José, que entendió lo que significaban aquellas siete espigas y vacas, que el mismo Faraón que las vio en sueños19. El espíritu de éste fue informado para ver, mas la mente de aquél fue iluminada para entender. Por lo tanto, en éste estaba el lenguaje, en aquél la profecía; en éste la imagen de las cosas, en aquél la interpretación de las imágenes. Luego menor profeta es el que sólo ve en el espíritu, mediante las imágenes de las cosas corporales, los signos de las cosas que tienen algún significado, que el que está dotado únicamente del entendimiento de ellas. Pero es profeta excelentísimo el que posee ambas cualidades, es decir, el que ve en el espíritu las imágenes representativas de las cosas corporales, y entiende con la penetración de la mente su significado. Tal fue la excelencia probada y experimentada de Daniel, quien descubrió al rey el sueño que éste había visto y le declaró lo que él significaba20, puesto que se grabaron en su espíritu las imágenes corpóreas y se esclareció en su mente el significado de ellas. Fundado en este modo de distinguir el espíritu, dijo el Apóstol: Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente21, indicándonos que los signos de las cosas se forman en el espíritu, y el entendimiento de ellas se descubre en la mente. Diré que, conforme a esta distinción, llamaremos ahora espiritual al género de visiones por el que nos representamos en el alma las imágenes de los cuerpos ausentes.


CAPITULO X

A qué se llama visión intelectual

21. La visión intelectual es la más excelente y la propia de la mente. No se me ocurre que pueda tener otras acepciones la palabra intelectual, como se descubrieron en la palabra espíritu. Porque, ya digamos intelectual o inteligible, siempre significamos lo mismo. No pocos quisieron encontrar alguna diferencia entre intelectual e inteligible, diciendo que es inteligible aquello que sólo puede percibirse por el entendimiento, e intelectual lo que la mente entiende. Pero es una cuestión grande y difícil de explicar que exista alguna cosa que sólo pueda ser percibida por el entendimiento y que, sin embargo, no la entienda. No creo que se atreva alguno a decir que existe alguna cosa que pueda y no pueda percibirla el entendimiento, puesto que la mente no se ve si no es por medio de la mente. En fin, según esta distinción, es inteligible porque puede verse, e intelectual porque se ve. Dejando a un lado esta dificilísima cuestión de si hay algo que tan sólo pueda ser entendido por la mente y no lo entienda, ahora tomamos las palabras intelectual e inteligible bajo un mismo sentido.


CAPITULO XI

La visión corporal se relaciona con la espiritual y ésta con la intelectual

22. Estas tres clases de visiones, la corporal, la espiritual y la intelectual, deben ser consideradas en particular, para que de este modo la razón vaya subiendo de las cosas inferiores a las superiores. Anteriormente ofrecimos un ejemplo, cómo en una misma y única sentencia se daban tres clases de visiones. Decíamos que cuando se lee: Amarás a tu prójimo como a ti mismo22, corporalmente se ven las letras, espiritualmente se piensa en el prójimo, e intelectualmente se contempla el amor. Pero si las letras están también ausentes, asimismo puede espiritualmente pensarse en ellas, lo mismo que, hallándose presente el prójimo, se le puede ver corporalmente; pero el amor no puede ser conocido en su naturaleza mediante los ojos corporales, ni puede pensarse en él mediante el espíritu con imágenes semejantes a las de los cuerpos, sino sólo por la mente, es decir, sólo por el entendimiento puede ser conocido y percibido. Por esto la visión corporal no se antepone a ninguna de las otras dos clases de visiones. Lo que ella siente lo presenta como lacaya a la visión espiritual, como superior; pues cuando se contempla algo por los ojos, inmediatamente se forma la imagen de ello en el espíritu, pero no nos damos cuenta de haber sido formada hasta que, habiendo apartado los ojos de lo que veían, la encontramos formada en el alma. Y esto sucede aunque se trate de un alma irracional, como es la de las bestias, pues también a ella anuncian los ojos lo que ven. Si el alma es racional, la visión no para aquí, pues si lo que percibieron los ojos y transmitieron al espíritu a fin de que formara la imagen, es signo de alguna cosa, el espíritu, que es siervo del entendimiento, se lo anuncia a éste para que inmediatamente entienda su significado, o a lo menos lo investigue, porque nada puede o podrá indagarse o entenderse si no es por medio del ministerio de la mente.

23. Vio el rey Baltasar los dedos de una mano que escribía en la pared, y al momento, mediante el sentido del cuerpo, fue impresa la imagen de la cosa corporal en el espíritu; mas efectuada la visión, después de haber pasado, permaneciendo en su pensamiento, la veía en el espíritu, pero aún no la entendía; el signo tampoco era inteligible entonces cuando corporalmente se formaba en la pared y se mostraba a los ojos corporales; sin embargo, entendía que era signo de algo, y esto lo entendía por el ministerio de la mente, y puesto que investigaba su significado, la mente ejecutaba este requerimiento; pero, no habiéndole encontrado, se presentó Daniel, el cual teniendo su mente iluminada con espíritu profético, descubrió al rey, conturbado, lo que aquel signo presagiaba23. Así, más bien Daniel fue el profeta por esta clase de visión propia de la mente, que el mismo rey que había visto por los ojos formar el signo corporal, y borrado contemplaba, al pensar en él, la imagen en su espíritu, no pudiendo por la mente conocer más que aquello era un signo y que debía investigar su contenido.

24. Pedro vio en éxtasis un recipiente a manera de una sábana, el cual, sostenido por las cuatro puntas, descendía desde el cielo lleno de varias especies de animales, y oyó una voz que le decía: Mata y come. Al volver en sí, estando reflexionando sobre la visión, el Espíritu le avisa sobre la llegada de los hombres enviados por Cornelio, diciéndole: Ahí están hombres que te buscan; levántate, baja y vete con ellos, porque yo les envié. Habiendo llegado a la casa de Cornelio, el mismo Pedro indicó qué cosa entendió en aquella visión al oír: Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames inmundo, pues dice: Dios me enseñó a no llamar profano o inmundo a hombre alguno24. Luego al ver aquel lienzo en arrobamiento y oír las palabras: Mata y come y no digas profano a lo que Dios purificó, ciertamente lo oía en espíritu; pero habiendo vuelto al sentido, lo mismo que vio y oyó y que retenía en la memoria, pensando, lo contemplaba en su espíritu. Todas estas cosas, ya las que vio primeramente en el éxtasis, ya sobre las que más tarde recordaba y pensaba, no eran cuerpos, sino imágenes de cosas corporales. Mas, cuando indagaba y se esforzaba por entender aquellos signos, esta acción era propia de la mente indagante, aunque aún no había coronado su intento, el cual se llevó a cabo con la llegada de los mensajeros enviados por Cornelio. A esta visión corporal se junta otra espiritual, cuando el Espíritu Santo de nuevo le dice vete con ellos, en cuyo espíritu le había presentado los signos y grabado las voces, y así, ayudada su mente por Dios, entendió lo que encerraban todos los signos aquellos. De todas estas cosas y de otras iguales, consideradas con la mayor diligencia, suficientemente aparece que la visión corporal se encamina a la espiritual, y la espiritual a la intelectual.


CAPITULO XII

Sobre la visión corporal y espiritual

25. Cuando nos encontramos en estado de vigilia y nuestra mente no está enajenada de los sentidos corporales, entonces nos hallamos en la visión corporal, la cual distinguimos de la espiritual, por la que nos representamos imaginariamente los cuerpos ausentes, ya sean los que conocemos y recordemos mediante la memoria, ya los que forma el alma de cualquier modo en su pensamiento, sean los que no conocemos y, sin embargo, existen, o los que fingimos a nuestro capricho o parecer y que jamás han existido. De entre todas estas formas de imágenes, de tal modo distinguimos las cosas corporales que vemos y que están presentes a los sentidos corporales, que jamás dudamos que éstas sean cuerpos y aquéllas imágenes de cuerpos. Pero cuando por un pensamiento demasiado intenso, o por la fuerza de una enfermedad, como suele acontecer a los delirantes que tienen fiebre, o por alguna mezcla de cualquier otro humor, sea bueno o malo, se presentan las imágenes de las cosas corporales en el espíritu como se presentan los cuerpos a los mismos sentidos corporales, permaneciendo la atención en estos sentidos del cuerpo, de tal modo se ven las imágenes de los cuerpos que en el espíritu se forman, como se ven los mismos cuerpos por el cuerpo; de modo que los afectados de esta forma ven al mismo tiempo con sus ojos al que está présenle y con su espíritu contemplan como por los ojos al que está ausente. Yo he tratado con personas afectadas de esta suerte, y he comprobado que hablaban con los presentes, y con los que no lo estaban como si lo estuviesen. Algunos, al volver en sí, refieren lo que vieron; otros no pueden relatarlo; lo mismo pasa a los que duermen: unos se olvidan de los sueños, otros los recuerdan. Cuando se aparta o se interrumpe por completo de los sentidos corporales la atención del alma, entonces con toda propiedad se llama éxtasis. En este estado, cualquier cuerpo presente no se ve por los ojos aunque están abiertos, ni se oye voz alguna, pues toda la mirada de la mente está empleada o en las imágenes de los cuerpos que ve en su espíritu, siendo espiritual esta visión, o en las cosas incorpóreas, las que contempla sin imagen alguna corporal por medio de la visión intelectual.

26. Cuando en la visión espiritual el alma se halla por completo enajenada de los sentidos corporales y se ocupa en las imágenes de las cosas corporales, ya sea en sueños o en éxtasis, si las cosas que completa no tienen significado alguno, estas visiones no son más que imaginaciones formadas por el alma, al modo que los santos y despiertos, sin estar enajenados, traen al pensamiento imágenes de muchos cuerpos que no se hallan presentes a los sentidos corporales. La diferencia está en que éstas se distinguen por una afección continua del espíritu, de las de los cuerpos que realmente están presentes. Si estas imágenes encierran algún significado y se presentan a los que están dormidos, o a los que están despiertos, cuando éstos ven los cuerpos presentes con los ojos y perciben en el espíritu las imágenes de los ausentes como si estuvieran presentes a sus ojos, o a los que se encuentran en aquel estado que se llama éxtasis, por el que el alma está privada en absoluto de los sentidos corporales, digo que esta manera de visión es maravillosa. Pero, con todo, se ha de tener en cuenta que también puede efectuarse por intromisión de algún ajeno espíritu, para que las cosas que él sabe se las muestre por medio de esta especie de imágenes a aquel a quien se ha mezclado, ya sea que éste las entienda o que para entenderlas necesite de otro que se las descubra. Porque si estas imágenes se patentizan y no pueden ser aclaradas por el cuerpo, no queda otra cosa que decir sino que fueron aclaradas por algún extraño espíritu.


CAPITULO XIII

¿Existe en el alma virtud connatural adivinatoria?

27. Muchos quieren atribuir al alma una virtud natural de adivinar. Si es así, ¿por qué no puede siempre adivinar, siendo así que siempre quiere, o es que no siempre sucede esto porque no siempre se le ayuda para que lo pueda? Cuando se le ayuda, ¿podrá serlo por un cuerpo o por ninguno? Si no es por cuerpo alguno, únicamente lo será por el espíritu. Pero sigo preguntando: ¿de qué modo es ayudada? ¿Acaso obra algo el espíritu en el cuerpo a fin de que, como relajándole, obre sin obstáculo la voluntad, y así acontezca que en sí misma vea el alma las semejanzas de las cosas con sus significados, las cuales ya estaban en ella, pero aún no las veía, a la manera que retenemos en la memoria muchas cosas y, no obstante, no las contemplamos en cada momento? ¿O es que se reproducen en el alma estas imágenes, las cuales no existían antes, o están ya en algún extraño espíritu, donde ella, como saliendo de sí misma y asomándose, las ve en él? Pero si anteriormente ya estaban en el alma como en su propia lugar, ¿por qué no las entiende de seguida, pues algunas o, por mejor decir, muchísimas, no llega a percibirlas? ¿O es que, así como su espíritu es ayudado para que pueda verlas en sí mismo, de igual modo la mente, si no es ayudada, no puede ver las cosas que están en el espíritu? ¿O quizá es que no se remueven o en cierto modo no se sueltan los impedimentos corporales para que con su propio impulso el alma descubra las cosas que debe ver, sino que más bien ella misma se toma la molestia de removerlos, ya sea para verlas sólo espiritualmente, o conocerlas también intelectualmente? ¿O es que algunas veces ve estas cosas en sí misma, y otras por la intromisión de algún espíritu? Sea lo que fuera de estas cosas, no conviene afirmarlo temerariamente. Sin embargo, no debe creerse que las imágenes corporales que se contemplan por el espíritu sean siempre signos de otras cosas, ya tengan lugar en los despiertos, o en los dormidos, o en los enfermos. Mas es de admirar que puedan darse estas semejanzas de cosas corporales en los éxtasis y no tengan al mismo tiempo significación alguna.

28. No es de extrañar que los posesos digan algunas veces verdades que no están al alcance de los sentidos de los hombres. Ignoro ciertamente con qué oculta mezcla de ambos espíritus se hace; esta mezcolanza viene a ser como un solo espíritu de poseedor y poseído. Cuando el espíritu bueno toma o arrebata en estas visiones al espíritu humano, no se ha de dudar en modo alguno que aquellas imágenes sean signos de otras cosas y que es utilísimo conocerlas, pues es un don de Dios. Sin embargo, es difícil el discernimiento cuando el espíritu del mal obra sosegadamente y, habiéndose apoderado del espíritu del hombre sin agitación alguna, dice lo que puede. Cuando dice la verdad y pronostica cosas útiles, se transforma, como está escrito, en ángel de luz25 a fin de que, creyéndole por aquellas cosas tan evidentemente buenas, seduzca después a obrar las suyas propias. En este caso creo que no se le puede conocer a no ser por aquel don del cual habla el Apóstol cuando trata de los diferentes dones que Dios da: y este es la discreción de espíritu26.


CAPITULO XIV

La visión intelectual no engaña; engañarse en las otras no siempre es perjudicial

No existe gran dificultad en conocer al demonio cuando intenta conducirnos o llevarnos a obrar algunas cosas que van contra las buenas costumbres o se oponen a la fe. Entonces se hace manifiesto a todos. Por aquel don del cual hablamos antes, el espíritu que desde un principio parece bueno a muchos, se distingue de seguida si es malo.

29. Por la visión corporal y por las imágenes de los cuerpos que se muestran al espíritu, los buenos son instruidos y los malos engañados. La visión intelectual no engaña nunca, porque o no la entiende el que juzga ser otra cosa de lo que ella es, o si la entiende, al instante conocerá que es verdadera. Nada tienen que hacer los ojos cuando ven una cosa semejante a un cuerpo y no pueden diferenciarla de otro cuerpo. ¿Y qué hará la intención del alma cuando se ha formado en el espíritu una semejanza corporal y no la puede distinguir de un cuerpo? En estas circunstancias se pide ayuda al entendimiento y busque qué cosa signifiquen o qué utilidad reporten aquellas representaciones; si la encuentra, alcanzó su fruto; mas, si no la halló, deténgase en su juicio, no sea que caiga, por una perniciosa temeridad, en algún funesto error.

30. El prudente entendimiento, ayudado por la divina gracia, juzga cautamente qué sean y qué cualidades tengan las cosas en las que no es perjudicial al alma juzgar una cosa por otra. No será un peligro para los que juzguen, sino más bien un mal para sí mismo, cuando a alguno se le juzga bueno por los buenos, aunque él sea ocultamente malo, si en aquellas cosas, es decir, en aquello bueno por lo cual uno se hace bueno, no se yerra. Tampoco perjudica en algo a cualquier hombre cuando el que duerme juzga ser verdaderos cuerpos las imágenes de los cuerpos que veía en el sueño. ¿Dañó en algo a San Pedro el creer que veía una visión cuando fue libertado por el ángel, mediante un súbito milagro, de las cadenas de la cárcel27? O cuando en aquel éxtasis responde, juzgando que aquellas cosas que se le mostraban en el recipiente eran verdaderos animales: De ningún modo, Señor, porque jamás comí lo que es profano e impuro28. Cuando se descubre que estas cosas son diferentes de lo que juzgábamos, al manifestársenos no nos causa pena el haberlas visto de tal modo por nosotros, a no ser que se nos arguya de una terca incredulidad, o de un modo vano de pensar, o de un parecer sacrílego. Por lo tanto, si el diablo nos engaña con visiones corporales, ningún perjuicio podrá causarnos por la ilusión que recibieron nuestros ojos si no erramos en la verdad de la fe o en la rectitud de la inteligencia, en la cual instruye Dios a los que le están sumisos. Si el demonio se burlara de nuestra alma con la visión espiritual, mediante las imágenes de las cosas corporales, haciéndola creer que es cuerpo lo que no lo es, en nada será perjudicada si no consiente en alguna malvada persuasión.


CAPITULO XV

Los sueños deshonestos pueden darse sin pecado

31. De lo dicho se deriva la cuestión sobre el consentimiento que pueden dar los que, dormidos, sueñan haberse unido carnalmente, ya en contra de su estado o contra lo permitido. Sobre lo cual diré que así como estas imágenes sólo se presentan a los que están despiertos, cuando piensan sobre este asunto, no con ánimo de consentir, sino impelidos por la necesidad de hablar de ellas, así también de idéntica manera se presentan y se reproducen en los sueños, de forma que naturalmente, por ellas, la carne llega a ser movida, y entonces lo que la naturaleza reunió lo expulsa por los miembros genitales. Esto no hubiera podido decirlo sin pensarlo. Por lo tanto, si las imágenes de las cosas corporales sobre las que por necesidad pensé a fin de decir esto, se presentan en los sueños con tanta intensidad como se presentan los objetos a los ojos de los que están despiertos, puede llegar a suceder que se ejecute aquello que no puede hacerse sin pecado por los que están despiertos. Efectivamente, ¿quién puede no pensar en lo que dice, cuando pidiéndolo la necesidad habla sobre su carnal comercio? Cuando la misma imagen que se forma en el pensamiento del que habla se produce en el que sueña en forma de visión, de tal modo que no puede distinguir esta visión de la verdadera unión carnal, entonces la carne se excita en el momento y produce el efecto que esta excitación suele producir, lo cual se ejecuta tan sin falta en el sueño, como sin pecado se habló por el que está despierto, a pesar de que al hablar, sin duda lo pensó. Sin embargo, la disposición buena del alma, la cual se purifica todavía más con un mejor deseo, destruye numerosos apetitos que no pertenecen a los movimientos naturales de la carne, cuyo movimiento es reprimido y refrenado por los hombres castos que están despiertos, mas los dormidos no pueden reprimirlos, porque no está en su dominio apartar la impresión de la imagen corporal, la cual no puede distinguirse de los cuerpos. Luego por causa de aquella disposición buena del alma, también en sueños se producen asimismo algunas cosas de patentes méritos, pues estando dormido Salomón antepuso la sabiduría a todo, y despreciando todas las otras cosas de este mundo la pidió al Señor; y conforme atestigua la Escritura, agradó esto al Señor, el cual no retardó en darle la buena recompensa por su óptimo deseo29.


CAPITULO XVI

las semejanzas de las cosas corporales se forman por el espíritu en el mismo espíritu

32. La visión de las cosas corporales pertenece al sentido corporal que está distribuido por todo el cuerpo como en cinco riachuelos eficaces y distantes. Lo que es corporalmente más tenue y, por consiguiente, es más semejante al alma que los demás cuerpos, es decir, la luz, en primer término se difunde solamente por los ojos y brilla en los rayos emitidos sobre los objetos para verlos. Después, por cierta mezcla, primero con el aire puro, en segundo término con el aire denso y nebuloso, en tercer lugar con el humor acuoso, y en el cuarto con la densa tierra, constituye, con el mismo sentido de la vista en el que aparece la luz únicamente, los cinco sentidos corporales, conforme disertamos según recuerdo en el libro cuarto y en el séptimo. Este cielo, visible a los ojos, donde brillan las estrellas, es sin duda el más excelente de todos los elementos corporales, así como el sentido de la vista sobrepasa a los otros en el cuerpo. Pero como todo espíritu es, sin duda, más excelente que cualquier cuerpo, se deduce que la naturaleza espiritual es superior a este cielo corpóreo, no por la posición de lugar, sino por la dignidad de su naturaleza, y también más excelente que la naturaleza donde se forman las imágenes de las cosas corporales.

33. Aquí aparece algo admirable, pues siendo el espíritu antes que el cuerpo y la imagen del cuerpo posterior al cuerpo, sin embargo, porque aquello que es posterior en tiempo se forma en lo que es anterior por naturaleza, resulta que la imagen del cuerpo formada en el espíritu es más excelente que el mismo cuerpo en su misma sustancia. Y no se hadecreer que el mismo cuerpo obra algo en el espíritu, comosiel espíritu, obrando el cuerpo, se sometiera a la condición de la materia. Siempre es más excelente el que obra que la misma cosa de la cual se hace algo. De ningún modo el cuerpo es más excelente que el espíritu; al contrario, el espíritu es superior al cuerpo de un modo excelentísimo. Luego aunque veamos primeramente a un cuerpo que antes no veíamos y, por lo tanto, comience desde entonces a estar la imagen de él en nuestro espíritu, donde la retenemos después de haberse apartado el cuerpo, sin embargo, no el cuerpo en el espíritu, sino el mismo espíritu en sí mismo forma la imagen del cuerpo con celeridad tan admirable que es imposible de explicar comparándola con la tardanza del cuerpo en el obrar; pues tan pronto como fue visto el objeto se forma la imagen de él en el espíritu del que le ve, sin intervalo alguno temporal. Lo mismo acontece en la audición; a no ser que el espíritu formara inmediatamente en sí mismo la imagen de la voz percibida por los oídos y la retuviese en la memoria, se ignoraría si la segunda sílaba era la segunda, puesto que la primera no existiría porque pasó al vibrar en el oído; y entonces toda forma de hablar, toda sonoridad del canto y, por fin, todo movimiento corporal desvanecido en nuestros actos, moriría y no alcanzaríamos progreso alguno si, pasados los movimientos corporales, el espíritu no los retuviese en la memoria para establecer con ellos y los sucesivos una trabazón a fin de obrar. El espíritu no puede retener estos movimientos, a no ser que él en sí mismo los haya formado en imagen. Es más, las imágenes de los movimientos futuros se anticipan a los fines de nuestros actos, pues ¿qué cosa obramos por el cuerpo de la que no se haya preocupado antes el espíritu pensándola, y de la que primeramente no haya visto y en cierto modo ordenado en sí mismo, la imagen de todas las obras visibles?


CAPITULO XVII

De cómo llega a conocer el demonio las imágenes impresas en el alma, y sobre ciertas visiones admirables

34. Difícil es explicar y conocer de qué modo los espíritus inmundos conozcan las imágenes espirituales de las cosas corporales formadas en nuestra alma, y qué obstáculos siente nuestra alma por parle de este cuerpo terreno el cual nos impide verlas al mismo tiempo en nuestro espíritu. Tenemos segurísimos indicios de que los pensamientos de los hombres son conocidos por los demonios; sin embargo, si pudieran ver en los hombres la cualidad interna de las virtudes, no los tentarían. Si el demonio hubiera podido distinguir aquella excelente y admirable paciencia del santo Job, sin duda no hubiera querido ser vencido por el tentado. En cuanto a la pronosticación de los hechos que ya se han cumplido en cualquier sitio lejano, y que después de algunos días se confirman ser verdaderos, no debe extrañarnos. Pueden hacer esto no sólo por la agudeza de su mirada, que les permite ver también las cosas corporales de un modo incomparablemente más excelente que el nuestro, sino también por la admirable celeridad de sus cuerpos, que son infinitamente más sutiles que los nuestros.

35. He visto a un hombre poseído del espíritu inmundo que estando en casa acostumbraba anunciar el movimiento de la partida de un presbítero que venía a visitarle de doce millas de distancia, y también los lugares del camino por donde pasaba, y a qué distancia se hallaba, y cuándo entraba en el fondo, en la casa, en la habitación, hasta que se presentaba ante él. Es cierto que todas estas cosas no las veía aquel enfermo con sus ojos carnales; sin embargo, a no ser que las viese de algún modo no las anunciaría tan verazmente. El tal individuo estaba con fiebre y decía estas cosas como, en el delirio de ella; tal vez estaba frenético y por eso se creía que le poseía el demonio. Tampoco recibía alimento alguno de los suyos, sino únicamente del presbítero; además, resistía violentamente con todas sus fuerzas a los suyos, y sólo se aquietaba cuando venía el presbítero, a él solo se sometía, y sólo a él respondía deferentemente. Sin embargo, aquella enajenación mental o posesión del demonio no cedió a las palabras del presbítero, sino cuando curó de la fiebre, al modo que suelen sanar los frenéticos; en adelante nunca volvió a padecer tal acceso.

36. También conocí a uno que en realidad era frenético, el cual predijo de un modo preciso la muerte de una mujer, y a la verdad no en forma de adivinación, sino como un hecho ya pasado, pero que él contaba ahora, pues como se hablase con él de tal mujer, «ha muerto, dijo, yo la he visto conducir al cementerio y llevar su cuerpo por tal y tal sitio», siendo así que vivía en aquel momento con plena salud, mas después de pocos días murió de repente y fue transportada por los sitios que él había predicho.

37. Asimismo, hubo un joven en mi convento que al llegar a la edad de la pubertad comenzó a sentir un dolor intensísimo en los órganos genitales. Los médicos, por más que procuraron descubrir la causa de tales dolores no pudieron hallarla; sólo observaron que su órgano estaba replegado hacia dentro de tal modo, que ni cortado el prepucio, el cual colgaba con inmoderada largura, podía aparecer, después apenas pudo ser descubierto. Sudaba un humor acre y viscoso que le producía un ardor ardiente en la ingle y los testículos. Este agudísimo dolor no era continuo, mas cuando lo sentía lloraba como un desesperado, mesándose los miembros como suele ejecutarse en los frenéticos y en los intensísimos dolores corporales. Con todo, su mente no se perturbaba. Después, poco a poco, en medio de sus gritos perdía el sentido y se tendía en el suelo quedando con los ojos abiertos sin ver a nadie de los que estaban con él y sin moverse al punzarle. Pasado algún corto espacio de tiempo, como despertando de un sueño, y sin sentir ya dolor alguno, contaba las cosas que había visto. Después de algunos días volvía a sentir lo mismo. En todos estos ataques, o casi en todos ellos, tenía visiones y en ellas decía haber visto a dos hombres, uno de edad avanzada, otro joven, los cuales le explicaban o manifestaban las cosas que él contaba haber visto y oído.

38. Cierto día vio un coro de gente piadosa que cantaba llena de alegría estando circundada de una luz admirable, y también vio otro de gente perversa rodeada de tinieblas soportando atrocísimas penas. En esta visión aparecieron los dos personajes conduciéndole, mostrándole y explicándole la merecida felicidad de los unos y el merecimiento de la infelicidad de los otros. Tuvo esta visión el domingo de pascua, siendo así que durante toda la cuaresma no había sentido dolor alguno, a pesar de que antes apenas pasaba un intervalo de tres días sin que no lo sintiera. A la entrada de la cuaresma había visto a aquellos dos hombres, los que le prometieron que durante los cuarenta días no había de padecer dolor alguno, dándole a continuación como un consejo medicinal: que se cortara la demasiada largura del prepucio, lo cual hecho no sintió dolor por largo tiempo. Como de nuevo padeciera las mismas dolencias y hubiera comenzado a ver parecidas visiones, recibió de los hombres un nuevo consejo: que se sumergiera en el mar hasta la cintura, y que después de permanecer por algún tiempo así, saliera de allí, prometiéndole ellos que en adelante no había de padecer más aquel vehemente dolor, sino únicamente la molestia de aquel humor viscoso; y así sucedió, porque nunca más volvió después a perder el sentido, ni vio en adelante las cosas que antes veía, cuando en lo más álgido del dolor se mesaba y entre gritos espantosos enmudecía de repente. Después, tratado y curado por los médicos en lo que le restaba de su dolencia, no permaneció en el propósito de su santidad (abandonó el monasterio).


CAPITULO XVIII

Causas de las visiones

39. Si alguno puede investigar y descubrir con certeza las causas y el alcance y medida de estas visiones y adivinaciones, quisiera más oírle que verle pendiente de mí esperando que yo mismo le exponga mis opiniones. Sin embargo, no ocultaré lo que pienso, mas hablaré de tal modo que los sabios no se rían de mí creyendo que afirmo, ni los indoctos tomen lo que les digo como si les hablara un maestro que enseña; a unos y a otros me presento más bien como crítico e investigador que como sabio. Yo comparo todas estas visiones a las visiones de los que sueñan dormidos. Así como estas visiones algunas veces son falsas y otras verdaderas, unas turbulentas y otras tranquilas, y las verdaderas algunas veces se asemejan en absoluto a las cosas que han de suceder, es decir, que se predicen con claridad, y otras se pronostican entrañando significaciones obscuras o exponiéndolas bajo locuciones figuradas, del mismo modo tienen lugar estas visiones de los que sueñan. Pero los hombres se apasionan por escudriñar lo novedoso y por inquirir las causas de lo inusitado, cuando muchas veces desdeñan conocer las cosas cotidianas, a pesar de que frecuentemente tienen también un origen oculto. Porque lo mismo que sucede con las voces, es decir, con los signos que empleamos al hablar, que oyendo una palabra inusitada inmediatamente preguntan qué palabra es aquella, es decir qué signifique, y una vez conocida insisten de nuevo preguntando de dónde deriva su origen, siendo así que de tantas como usamos en la conversación ordinaria ignoran sin interesarles de dónde provienen, así también, cuando acontece algo inusitado en las cosas corporales o espirituales, con el mayor cuidado indagan las causas y el motivo de ser e importunan a los doctores para que se las expliquen.

40. Cuando alguno me interroga, diciéndome, por ejemplo, qué quiere decir la palabra «catus», acostumbro a responderle que significa prudente o ingenioso, o sea, lo mismo que «acutus». No contento con esta respuesta sigue preguntando de dónde se deriva tal palabra, y cuando se le dice que es sabina, de nuevo insiste preguntando de dónde trae su origen la palabra «acutus» (ingenioso), lo que sin duda también antes ignoraba, mas como era un nombre de uso frecuente, sin molestia toleraba la ignorancia de su origen; como ahora sonó una palabra nueva a sus oídos, tiene en poco conocer qué cosa signifique ella, sino averigua también de dónde viene. Así, pues, al que me pregunte cómo es que las visiones semejantes a las cosas corporales aparezcan en los éxtasis, las cuales raramente se presentan en el alma, le interrogo por mi parte de dónde viene que también se den en los que están dormidos, las cuales se perciben con más frecuencia, y, sin embargo, en nada o en muy poco se preocupa de indagar. Como si la naturaleza de tales visiones es menos admirable porque sean cotidianas, o como si debamos prestarla menos atención porque se dan en todos, o como si obrando bien los que no preguntan sobre éstas, no obraran mejor si no fueran curiosos preguntado sobre aquéllas. Yo me admiro mucho más y me sobrecojo de estupor contemplando la gran facilidad y rapidez con que el alma forma en sí las imágenes de las cosas corporales que vio por los sentidos, que considerando las visiones que ella tiene en los sueños o en los éxtasis. Cualquiera que sea la naturaleza de estas visiones está fuera de duda que no son cuerpo alguno, y al que no le baste saber esto pregunte a otros de dónde traen su origen las visiones; yo confieso que lo ignoro.


CAPITULO XIX

De dónde nacen las visiones

41. Sin embargo (el origen de ellas) puede colegirse por la experiencia de los hechos. La palidez, el rubor, el temor y también la enfermedad de los cuerpos, unas veces proceden del cuerpo y otras del alma; del cuerpo, ciertamente cuando se derraman interiormente ciertos humores, o cuando se introduce en el cuerpo algún alimento o sustancia del exterior; del alma, cuando se turba por el temor, o se acobarda por el pudor, o se encoleriza, o ama, o se excita por sentimientos de esta clase. Todo esto no acontece sin motivo, porque si lo que anima y gobierna al hombre se mueve con vehemencia, más vehementemente se irrita. Por lo mismo para que el alma se encamine a las visiones, que no se le presentan por los sentidos corporales, sino por la sustancia incorporal, y tienda de tal modo a ellas que no pueda discernir si son cuerpos o imágenes de cuerpos, unas veces acontece por el cuerpo y otras por el alma. Debido al cuerpo pueden provenir estas visiones, o por un fenómeno natural como se presentan en los sueños, pues el dormir es propio del cuerpo humano, o también por efecto de alguna enfermedad que perturba los sentidos. Esto puede suceder o teniendo los ojos abiertos, como acontece a los frenéticos que ven al mismo tiempo los cuerpos y las visiones semejantes a los cuerpos, como si tuvieran los cuerpos de ellas delante de sus ojos, o teniéndolos completamente cerrados, como muchas veces sucede a los que se hallan gravemente enfermos, que estando presentes en el cuerpo se encuentran ausentes en espíritu, y después, cuando han sanado y han vuelto al trato con los hombres, cuentan que vieron muchas cosas. Procede del espíritu cuando, estando completamente sano y fuerte el cuerpo, los hombres son arrebatados en éxtasis, ya sea que al mismo tiempo vean los cuerpos por medio de los sentidos corporales y por el espíritu ciertas semejanzas de los cuerpos que no se distinguen de los cuerpos, o ya pierdan por completo el sentido corporal y, sin percibir por él absolutamente nada, se encuentren transportados por aquella visión espiritual en el mundo de las semejanzas de los cuerpos. Mas cuando el espíritu maligno arrebata al espíritu del hombre en estas visiones, engendra demoníacos o posesos, o falsos profetas. Si, por el contrario, obra en esto el ángel bueno, los fieles hablan ocultos misterios, y si además les comunica inteligencia, hace de ellos verdaderos profetas; o si, por algún tiempo, les manifiesta lo que conviene que ellos digan, los hace expositores y videntes.


CAPITULO XX

Las visiones que se forman debido al cuerpo, no se representan en el cuerpo

42. Cuando la causa de tales visiones proceda del cuerpo no se ha de creer que ellas se representan en el cuerpo; pues no posee la virtud de formar algo espiritual. Cuando el alma tiene interceptado el camino de la atención hasta el cerebro, la cual dirige los movimientos del sentido, por el sueño o por cualquiera perturbación, entonces el alma, que no puede por su propia actividad dejar de obrar, al impedirla el cuerpo o, al menos, al no dejarla por completo percibir las cosas corporales, o al no estar libre a fin de dirigir toda su fuerza de atención a las cosas corporales, forma en el espíritu la semejanza de las cosas corporales, o contempla las anteriormente presentadas. Si ella produce estas imágenes se llaman fantasías; si contempla las que le fueron presentadas son visiones. En fin, cuando uno se halla con los ojos enfermos o está ciego, como la causa de la sensación no ha llegado al asiento del cerebro desde donde la atención dirige el sentido, no se forman visiones de esta especie, ya que existe un obstáculo debido al cuerpo para ver las cosas corporales. Los ciegos ven mejor cualquier cosa en el sueño que cuando están despiertos, ya que cuando están dormidos se adormece en el cerebro el camino del sentido que conduce la atención hacia los ojos, y, por lo tanto, estando la atención apartada del sentido corporal y dirigida a las visiones, percibe las visiones de los sueños como si estuvieran presentes las formas corporales, de tal modo que al que duerme le parece estar despierto, y cree que ve más bien los mismos cuerpos que las semejanzas de los cuerpos. Cuando los ciegos se hallan en estado de vigilia la atención es conducida por el camino de la visión, la cual al llegar a la atalaya de los ojos no sale fuera, sino que permanece allí, y de este modo sienten que se hallan en estado de vigilia, y observan que despiertos se encuentran más rodeados de tinieblas, siendo de día, que cuando están dormidos, ya sea por el día o por la noche. Los que no están ciegos y duermen con los ojos abiertos, sin ver nada por ellos, no por eso no ven nada, ya que en el espíritu contemplan las visiones de los sueños. Si están despiertos y cerraron sus ojos, no ven las visiones que ven los que están dormidos, ni los cuerpos que ven los que están despiertos. Sólo quiere decir que el camino del sentido que parte del cerebro hasta sus ojos no está interceptado por el sueño, ni por perturbación alguna, y que conducen la atención del alma hasta las mismas ventanas de los ojos, aunque estén cerradas a fin de pensar únicamente en las imágenes de los cuerpos. Pero no se tomen de ningún modo las imágenes por cuerpos, pues éstos sólo se perciben por los ojos.

43. Nos interesa saber únicamente en qué lugar del cuerpo, pues sabemos que es en él, se produce el impedimento del sentido corporal, porque si no es más que a la entrada, y como quien dice a las puertas de los sentidos, por ejemplo, en los órganos de los ojos, de los oídos y de los demás sentidos corporales, entonces únicamente se impide la percepción de las cosas corporales y, por lo tanto, la atención del alma no se desvía a otras cosas de tal forma que juzgue ser cuerpos las imágenes de los cuerpos. Si la causa de la interrupción está interiormente en el cerebro, de donde parten las vías hacia las cosas que están fuera y han de ser sentidos, entonces los medios o instrumentos de la atención en los cuales se apoya el alma para ver o percibir en ella misma los objetos que están al exterior, se adormecen, perturban y hasta se obstruyen; y como no pueda perecer al esfuerzo de ella, forma con tanta viveza las semejanzas que no es capaz de distinguir las imágenes de las cosas corporales de los mismos cuerpos reales y, por lo tanto, desconoce si se halla ante los unos o los otros; y cuando llega a conocerlo, lo conoce de un modo muy distinto que cuando las semejanzas de los cuerpos se presentan ante su pensamiento o son el objeto de su reflexión De este modo no puede ser perfectamente entendido sino por los que le han experimentado. De aquí proviene que yo, estando dormido, conocía que me veía en sueños, y, sin embargo, no distinguía aquellas semejanzas de las cosas corporales que veía de las de los mismos cuerpos, así como acostumbro distinguirlas cuando pienso en ellas, ya tenga los ojos cerrados o me encuentre en tinieblas. Tanto es el poder de la atención, ya ejerza su influencia hasta los sentidos aunque estén cerrados o ponga su mirada en otra cosa, por cualquier motivo existente en el cerebro, donde ella se apoya para ver, que, aunque alguna vez conozca que no ve los cuerpos, sino las semejanzas de los cuerpos, o que, menos instruida, pensando que estas semejanzas son cuerpos, sienta que los ve no por el cuerpo, sino por el espíritu, sin embargo está muy lejos de ser afectada de la manera con que se presenta a su cuerpo. De aquí es que los ciegos conocen que están despiertos, porque distinguen con conocimiento cierto las semejanzas de los cuerpos pensadas por ellos, de los cuerpos que no pueden ver.


CAPITULO XXI

Las visiones semejantes a las cosas corporales, a las que es arrebatada el alma, no son de distinta naturaleza

44. Cuando en un cuerpo sano, que no tiene adormecido los sentidos por el sueño, el alma es arrebatada por alguna oculta acción espiritual hacia las visiones que son semejantes a las visiones corporales, no porque el modo de enajenación sea distinto, por eso también la naturaleza de la visión ha de ser distinta, pues también en aquellas mismas causas que proceden del cuerpo existe diferencia y no pocas veces hasta opuesta. Los delirantes, sin estar dormidos, tienen perturbados en el cerebro los conductos del sentido y, no obstante, ven las mismas clases de visiones que contemplan los que sueñan, en los cuales, al estar dormidos, la atención se aparta del sentido que ya no está en vigilia, y por eso se dirige hacia las visiones. Luego aun cuando en los dormidos se aparta la atención del alma de los sentidos corporales, y en los despiertos que están frenéticos se perturben los caminos de ella, sin embargo no son las visiones que se ven de distinto género del que es la naturaleza del espíritu de quien procedan o en quien se forman las semejanzas de los cuerpos. Así, pues, aunque sea diversa la causa de la enajenación de la atención, cuando estando el cuerpo sano, el alma del que está despierto es arrebatada por cierta oculta fuerza espiritual para ver en lugar de cuerpos las semejanzas impresas en el alma de las cosas corporales, no obstante la naturaleza de las visiones es la misma. No puede decirse, cuando la causa radica en el cuerpo, que sin ningún presentimiento de las cosas futuras el alma saca de ella misma las imágenes de los cuerpos, como suele hacerlo cuando piensa. Mas cuando ella es arrebatada en espíritu para ver estas visiones, es evidente que esto lo hace Dios, pues claramente lo dice la Escritura: Derramaré mi espíritu sobre toda carne, y los jóvenes, verán visiones, y los ancianos soñarán sueños30. Donde vemos que ambas cosas se atribuyen a la divina operación; también se escribe: El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: no temas recibir a María tu mujer, y de nuevo añade: Toma el Niño y marcha a Egipto31.


CAPITULO XXII

De cómo se traducen aquellas visiones que proceden por un oculto impulso de adivinación o por el acaso

45. Yo no creo que el espíritu del hombre sea arrebatado por el buen espíritu para ver estas clases de visiones, si no encierran algún significado. Cuando la causa de ellas está en el cuerpo, de suerte que el espíritu humano es dirigido con más fuerza para verlas, no se ha de creer que tengan siempre algún significado, pero lo tendrán cuando se producen por el espíritu que las presenta, ya sea en el que duerme o en el que se halla debido al cuerpo, afectado de tal modo, que se encuentra privado de los sentidos corporales. También sabemos que algunas veces se infunden por algún impulso oculto, a los despiertos que no padecen enfermedad alguna ni se hallan irritados por algún acceso de locura, ciertos pensamientos que al salir al exterior por la palabra son verdaderas profecías. Sucede esto, no sólo teniendo los que hablan otra intención en su discurso, como sabemos aconteció al pontífice Caifás, que profetizó32, cuando estaba muy lejos de querer profetizar, sino también cuando intentan los que hablan decir algo en sentido de adivinación.

46. Ciertos jóvenes, en un sitio donde estaban de paso, queriendo engañar en tono de broma, se fingieron astrólogos, ignorando hasta los doce signos del zodíaco. Los cuales, al ver a su hospitalario señor admirarse de las cosas que le decían y afirmar que aquello era verdad, con más audacia prosiguieron en la broma. Por fin, admirado más y más de cuanto le decían, quiso saber por medio de ellos sobre la salud de un hijo suyo, a quien después de largo tiempo de ausencia deseaba ver; como se había retrasado sin motivo, estaba intranquilo de que le hubiera sucedido algo. Ellos, sin preocuparse que pudiera llegar a conocerse la verdad después de su partida, pensando sólo en tener contento al hostelero mientras estuvieran en su casa, le respondieron los que inmediatamente habían de marchar que se acercaba bueno ya a la casa, y que en el mismo día en que le decían estas cosas había de llegar. Le dijeron esto, porque no temían que, pasado el día, él les persiguiera al siguiente para reprocharles. ¿A qué hablar más? En el momento en que se disponían a marchar, he aquí que de repente llega él, estando todavía ellos allí.

47. En otra ocasión, durante una solemnidad pagana, en un lugar donde había muchos ídolos, danzaba un individuo ante un flautista, el cual no estaba poseído de ningún espíritu, pero imitaba a los posesos en su chanza; esto lo sabían todos los espectadores y asistentes. Era costumbre hacer los sacrificios y las sagradas y fanáticas danzas antes de comer, pero después de la comida, si algunos jóvenes querían jugar de aquella forma, nadie se lo prohibía. Aquel joven que hacía de gracioso, rodeado por la multitud riente, habiendo obtenido de ella el silencio en medio de los saltos, predijo que en aquella misma noche, en el bosque que estaba cercano, había de perecer un hombre entre las garras de un león, y que al clarear el día toda la gente abandonaría el lugar de aquella fiesta para ir a ver el cadáver de aquel hombre. Sucedió así, y se comprobó por todos los que se hallaban presentes en sus saltos, que lo dicho por el joven en medio del juego y de las danzas no fue con mente enajenada o perturbada; es más, él mismo quedó tanto más admirado de lo sucedido cuanto más perfectamente conocía la intención con que había predicho tales cosas.

48. Es asunto dificilísimo de conocer, y si se conoce penosísimo de exponer y de explicar, de qué modo acaezcan estas visiones en el espíritu del hombre, es decir, si se forman primeramente en el espíritu humano, o si, formadas en otro espíritu, se introducen y se ven en el del hombre debido a cierta unión de aquel espíritu con éste, de modo que los ángeles muestren a los hombres sus pensamientos y las semejanzas de las cosas corporales que configuran en su espíritu por el conocimiento que tienen de las cosas futuras, a la manera que ellos mismos ven en nosotros nuestros pensamientos, no con ojos corporales, porque no ven con al cuerpo, sino con el espíritu; con esta diferencia: que ellos, aunque no queramos, conocen nuestros pensamientos, pero nosotros no podemos conocer los de ellos si no se nos muestran, porque, según creo, tienen el poder de ocultarlos por medios espirituales, así como nosotros ocultamos nuestros cuerpos anteponiendo algún obstáculo. Igualmente es difícil conocer qué cosa acontece en nuestro espíritu, puesto que algunas veces llega únicamente a percibir las imágenes que tienen algún particular sentido, pero ignora que lo tengan; otras conoce que significan algo, pero no sabe qué; y otras, en fin, ve el alma humana con clarísima evidencia, mediante el espíritu y la mente, estas visiones y también qué signifiquen.


CAPITULO XXIII

Existe en nosotros una naturaleza espiritual donde se forman, por diferentes causas, las semejanzas de las cosas corporales

49. Por el momento me parece suficiente insinuar que existe, sin lugar a dudas, en nosotros una naturaleza espiritual en la que se forman las semejanzas de las cosas corporales, ya sea cuando tocamos algún objeto con el sentido del cuerpo y al instante se forma en el espíritu la imagen de él, la que depositamos en la memoria, o también cuando, ausentes los cuerpos que ya conocemos, pensamos en ellos para formar cierto matiz espiritual de estos objetos, que ya existían en el espíritu antes de pensar en ellos: o cuando consideramos las imágenes de los cuerpos que no conocemos, pero que, sin embargo, no dudamos que existen, y las formamos no como ellas son, sino como se nos presentan a la contemplación; o cuando a nuestro capricho o parecer pensamos en cuerpos que no existen o imaginamos que existan; o cuando de cualquiera parte que vengan, sin buscarlo o pensarlo nosotros, se presentan en el ánimo las diversas formas de las imágenes de los cuerpos; o cuando hemos de obrar alguna cosa corporalmente y ordenamos las cosas que han de hacerse por aquella acción, adelantándonos con el pensamiento a todas ellas; o cuando en el mismo acto de hablar o de obrar se anticipan interiormente en el espíritu todos los movimientos corporales, debido a las imágenes, para poder ejecutarlos, porque no será pronunciada en su orden sílaba alguna, por brevísima que sea, si antes no ha sido pensada; o cuando se contemplan los sueños por los que duermen, tengan o no significación alguna; o cuando estando impedidos interiormente los caminos del sentido por algún malestar corporal, el espíritu, de tal modo confunde las imágenes de los cuerpos con los mismos cuerpos verdaderos, que apenas o en absoluto pueden ser distinguidos unos de otras, ya aparezcan o no con algún significado especial; o cuando, agravado por alguna enfermedad o sufrimiento corporal que intercepta interiormente las vías del alma por las cuales la atención de ella salía fuera y se esforzaba a fin de sentir por los órganos del cuerpo las imágenes de las cosas corporales, que se dejan ver o se manifiestan más excelentemente en el espíritu que cuando está en vigilia, tengan alguna significación o aparezcan sin ella; o cuando, no existiendo causa alguna por parte del cuerpo, es tomada y arrebatada el alma por algún espíritu para ver en este estado las imágenes de los cuerpos, mezclándolas con las visiones corporales, ya que al mismo tiempo usa también de los sentidos; o cuando de tal modo es arrebatada y alejada el alma de todo sentido corporal por el espíritu que la tomó, que percibe con visión espiritual únicamente las semejanzas de los cuerpos, en cuyo estado ignoro que puedan verse visiones sin que tengan algún significado.


CAPITULO XXIV

La visión intelectual aventaja a la espiritual y ésta a la corporal

50. Esta naturaleza espiritual, en la que no se reproducen los cuerpos sino las imágenes de ellos, tiene visiones de menor calidad que la luz de la mente y de la inteligencia, por la que se juzgan estas visiones inferiores y se contemplan aquellas que ni son cuerpos ni tienen siquiera formas parecidas a los cuerpos, como son la misma mente y la afección buena de toda alma a la que se oponen los vicios de ella que con justicia se condenan y se reprochan en los hombres. ¿De qué otra manera se conoce a sí mismo el entendimiento, si no es entendiendo, y lo mismo la caridad, el gozo, la paz, ]a longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia, y las demás virtudes semejantes por las que nos acercamos a Dios33, e igualmente el mismo Dios de quien son, por quien son y en quien son todas las cosas34?

51. Aunque, ciertamente, en la misma alma se formen las visiones, ora las de los objetos que se perciben por el cuerpo, como es el cielo corpóreo, la tierra y cualquiera otra cosa que pueda ser notada en ellos y del modo que se pueda; ora las mismas visiones que se contemplan en el espíritu semejantes a los cuerpos, de las cuales hemos hablado ya bastante; ora las que se entienden con la mente, que no son ni cuerpos ni semejanzas de cuerpos; todas estas visiones, digo, guardan su orden, y una es más excelente que otra. La visión espiritual es más excelente que la corporal y la intelectual es superior a la espiritual. La corporal no puede existir sin la espiritual, ya que en el mismo momento que el objeto es tocado por el sentido del cuerpo se forma también en el alma algo parecido, lo cual no es el cuerpo, sino semejante a él. Si esto no se formase en el alma tampoco existiría la sensación por medio de la cual se sienten las cosas que exteriormente se hallan junto al cuerpo, pues el cuerpo no siente, sino el alma mediante el cuerpo, al que como mensajero utiliza para formar en sí misma lo que a ella se le anuncia desde fuera. Por lo tanto, no puede formarse la visión corporal, si al mismo tiempo no se forma también la espiritual; pero esto no se nota, si no es cuando el sentido ha sido apartado del cuerpo, para que aquello que se veía por medio del cuerpo se vea ahora en el espíritu. La visión espiritual, por el contrario, puede formarse sin la corporal; esto sucede cuando aparecen en el espíritu las semejanzas de los cuerpos ausentes, o cuando formamos muchas a nuestro capricho, o se presentan en el espíritu contra nuestro deseo. Pero la visión espiritual necesita de la intelectual para ser juzgada. La intelectual no necesita de esta inferior; por eso la visión corporal está sometida a la espiritual y ambas a la intelectual. Cuando leemos el hombre espiritual juzga todas las cosas, mas él por nadie es juzgado35, no debemos entenderlo como dicho del espíritu, por quien la mente es conocida, conforme se entiende lo que dijo el Apóstol: Oraré con el espíritu, pero también oraré con la mente36; sino que debemos tomarlo con aquella significación con la que se dijo: Renovaos en el espíritu de vuestra mente37. Anteriormente dijimos que la misma mente era llamada espíritu de otra manera, según la cual el hombre espiritual juzga todas las coas. Por lo mismo, ni absurda ni inconvenientemente juzgo que la visión espiritual ocupa cierto medio entre la intelectual y la corporal, pues creo que con toda propiedad se llama medio a lo que ciertamente no es cuerpo, pero es semejante al cuerpo; por lo tanto, está entre aquello que verdaderamente es cuerpo y aquello que ni es cuerpo ni semejanza de cuerpo.


CAPITULO XXV

Únicamente la visión intelectual no engaña

52. El alma se alucina por las semejanzas de los cuerpos, mas no por algún defecto de ellas, sino por la precipitación en dar su parecer cuando, faltándole la luz del pensamiento, toma por imágenes auténticas las que son semejanzas de imágenes. También se engaña en la visión corporal cuando juzga que se hace en los mismos cuerpos, lo que se ejecuta en los sentidos corporales. Así, a los navegantes les parece que se mueven los que están en tierra; los que miran al cielo juzgan que los astros están fijos, los cuales sabemos que se mueven; los que divagan la vista ven dos luces siendo una; los que introducen un remo en el agua creen que está quebrado; y así, por el estilo, otras muchas cosas. También se engaña el alma cuando juzga que una cosa es lo que no es, porque le pareció semejante en el color, en el olor, en el sabor, en el sonido o en el tacto; por lo tanto, se engaña cuando toma por legumbres algún condimento pastoso que se está cociendo en el puchero; o cuando cree que el ruido de un carro que transita es el de un trueno; cuando sin preguntar a ningún otro sentido, sino sólo al del olfato, toma la hierba que se llama aparia por un cidro; cuando el alimento aderezado con alguna salsa dulce cree que se condimentó con miel; o cuando piensa que un anillo desconocido palpado en las tinieblas es de oro, siendo de bronce o plata. Igualmente se engaña el alma cuando, perturbada con visiones corporales repentinas e inesperadas, juzga que se ve a sí misma en sueños o que está afectada por alguna visión de naturaleza espiritual. Por lo tanto, todas las visiones corporales deben comprobarse con la ayuda de los otros sentidos corporales y, sobre todo, con el testimonio de la misma mente y la razón, para que se halle, en cuanto pueda ser hallado, todo lo que haya de verdad en esta clase de visiones. En la visión espiritual, es decir, en la visión de las semejanzas de los cuerpos que se ven el espíritu, también se engaña el alma cuando aquellas cosas que ve así juzga que son cuerpos; o cuando lo que se fingió a sí misma por una sospecha y conjetura falsa cree que también esto se da en los cuerpos que no vio, pero que conjetura verlos. Por el contrario, el alma no se engaña en la visión intelectual, porque o la entiende, y entonces es verdad lo que entiende, o si no es verdadera la visión no la entiende; por lo tanto, una cosa es errar en las cosas que ve y otra errar porque no las ve.


CAPITULO XXVI

Dos clases de arrobamientos del alma, uno por la visión espiritual, otro por la intelectual

53. Cuando el alma es arrebatada a las visiones donde el espíritu contempla cosas semejantes a los cuerpos, y de tal modo lo es que por completo se halla substraída de los sentidos corporales mucho más que suele estarlo en sueños, pero menos que en la muerte, entonces esto se debe a un requerimiento y apoyo de la divina providencia a fin de que sepa discernir espiritualmente, no los cuerpos, sino las imágenes semejantes a los cuerpos, como conocen los que están dormidos, antes de despertar, las cosas que vieron en el sueño. Si en este estado se ven cosas futuras, contemplando al mismo tiempo las imágenes de ellas, de tal modo que, sin lugar a duda, se conozcan como tales, sea por la misma mente del hombre ayudada por Dios, o por el auxilio de cualquiera que explique lo que signifiquen aquellas visiones, como en el Apocalipsis se le explicaban al apóstol Juan38, entonces esto es una gran revelación; y esto, aunque ignore aquel a quien se le declaran, si viendo estas cosas y teniendo el espíritu abstraído de los sentidos corporales salió su alma del cuerpo o está aún dentro del cuerpo, porque también puede ignorar cómo fue el rapto, si esto no se le manifestó.

54. Si del mismo modo que fue arrebatado de los sentidos corporales para tener estas imágenes que se ven con el espíritu, fuera también arrebatado de ellos para ser transportado como a la región de las cosas intelectuales o inteligibles, donde se contempla sin ninguna imagen de cuerpo la verdad patente, y donde no se ofusca la visión de la inteligencia por niebla alguna de falsa opinión, vería allí que en este estado las facultades del alma no trabajan ni molestan. Allí no se reprime la concupiscencia con el esfuerzo de la templanza, ni con el auxilio de la fortaleza se soportan las cosas adversas, ni las iniquidades se castigan con la vara de la justicia, ni se evitan los males con la acción de la prudencia. Allí la única y total virtud es amar lo que se ve, y la suprema felicidad poseer lo que se ama. Allí se bebe en su propio manantial la vida bienaventurada, de la que se reparte algún tanto sobre la vida de este mundo, para que en las tentaciones de este siglo se viva con prudencia, con justicia, con fortaleza y con templanza. Por alcanzar esta vida, donde habrá descanso seguro y visión de la inefable verdad, se arrostran todos los trabajos, se reprimen los placeres, se soportan las adversidades, se socorre a los indigentes y se abstiene de las diversiones mundanas. Allí se contempla el esplendor del Señor, no por visión representativa de algo, sea ésta corporal, como la que tuvo lugar en el monte Sinaí39, o espiritual, como la que vio el profesa Isaías40, o San Juan en el Apocalipsis, sino por visión intelectual, mediante la cual verá, no en enigmas, sino cara a cara, al Señor cómo es en sí, en cuanto la mente humana sea capaz de encender, según la gracia recibida de Dios, que arrebata para hablar directamente a quien le hizo digno de tal coloquio. Mas esta locución no será dirigida a la boca del cuerpo, sino a la del alma.


CAPITULO XXVII

Con qué clase de visión fue visto Dios por Moisés, cómo juzgo debe entenderse lo que se escribió de Moisés41

55. Conforme leemos en el Éxodo, Moisés deseó ver a Dios en la sustancia que tiene y por la que es Dios, sin el consumo de creatura corporal que se presentase a los sentidos mortales y carnales, es decir, no como le vio en el monte y le veía en el tabernáculo42, y, por lo tanto, tampoco en espíritu bajo figuras semejantes a los cuerpos, sino en su misma esencia, en cuanto puede llegar a ser comprendida por la creatura racional e intelectual, prescindiendo de todo sentido del cuerpo y de toda figura representativa que impresiona al espíritu. Así está escrito: Si encontré gracia delante de ti, muéstrate a mí como eres, para que te vea. Mas como poco antes se lee que el Señor hablaba a Moisés cara a cara como suele hablar uno a su amigo, se deduce que hasta el presente este hablar cara a cara no era manifestándose Dios en su esencia, sino sólo sentía lo que veía, y deseaba lo que no veía, como lo confirma lo que a continuación se escribió, pues al decirle Dios de seguida: Encontraste gracia delante de mí y te tengo presente ante todos, le responde Moisés: Muéstrame tu hermosura. En esta ocasión recibe asimismo una respuesta figurada, de la que ahora no hay motivo para hablar largamente, cuando le dijo: No puedes ver mi cara y vivir, porque no verá el hombre mi cara y vivirá, y prosigue diciéndole: Aquí hay un lugar junto a mí; estate en la roca a fin de que al momento de pasar mi Majestad, colocándote yo dentro de la cueva de la peña y cubriéndote la entrada con mi mano mientras paso, la desvíe un poquito y entonces verás el reverso de mi rostro, porque mi cara no la verás43. Como la Escritura no continúa hablando de esto, y además narra el hecho en sentido corporal, demuestra suficientemente que esto se dijo figuradamente de la Iglesia. Todas las cosas que se dicen aquí se adaptan perfectamente a la Iglesia, y así, el lugar que está junto a Dios es la Iglesia, la cual es templo de El, edificada sobre piedra. Sin embargo, si no hubiera merecido Moisés ver la hermosura de Dios tan deseada y anhelada por él, no diría Dios en el libro de los Números a Aarón y a María, sus hermanos: Oíd mis palabras; si hubiera un profeta del Señor entre vosotros, en visión me conocerá y en sueños le hablaré, mas como mi siervo Moisés no hay otro igualmente fiel en todo mi pueblo; cara a cara le hablaré en mi ser y no en enigmas, y verá el esplendor del Señor44. Esto que se dijo ahora no se ha de entender que se mostrara en forma de sustancia corpórea con la que se presentaba a los sentidos de la carne, porque de este modo hablaba a Moisés cuando decía que trataba con él cara a cara, es decir, frente a frente, y Moisés le decía: Muéstrate a mí como eres; e igualmente también ahora de la misma manera hablaba por medio de una creatura corpórea presentada a los sentidos, a los que reprendía anteponiendo los méritos de Moisés a los de ellos. Luego de un modo el más inefablemente secreto y presente, hablaba el Señor con lenguaje inefable en su propia esencia, por la cual es Dios y en la que ningún ser que le vea tal como es vivirá esta vida, que mortalmente se vive con los sentidos del cuerpo, a no ser que cualquier hombre que vea esta sustancia muera en cierto modo a esta vida terrena, sea saliendo del cuerpo, o de tal manera enajenado de los sentidos corporales, que con razón ignore, como dice el Apóstol, si su alma se halla en el cuerpo o fuera de él45, cuando el hombre es arrebatado y transportado a esta visión.


CAPITULO XXVIII

Puede entenderse el tercer género de visión como tercer cielo y paraíso de que nos habla el Apóstol

56. Por lo tanto, el Apóstol pudo llamar tercer cielo a este tercer género de visión, el cual es superior no sólo a toda visión corporal en la que se perciben los cuerpos mediante el sentido del cuerpo, sino también a toda visión espiritual en la que se contemplan las imágenes de los cuerpos por el espíritu y no por la mente. En esta visión, que para verla se han de purificar los corazones, pues se dijo: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios46, se ve la belleza de Dios, no mediante alguna figura corporal o espiritual que la represente como en un espejo y en sombras, sino cara a cara47 o, como se dijo a Moisés, boca a boca, a saber, en su naturaleza, por la que Dios es lo que es, y en cuanto es capaz de percibirla la mente humana que no es lo que Dios es, estando además limpia de toda mancha terrena y sustraída y enajenada de todo cuerpo e imagen corpórea. Hacia esta visión peregrinamos cargados con el peso de nuestro cuerpo mortal y corruptible durante el tiempo que caminamos en fe48, mas no en claridad, y al mismo tiempo vivimos con justicia. ¿Por qué no creeremos que Dios, a tan gran Apóstol y Doctor de las gentes, habiendo sido arrebatado a esta excelentísima visión, quisiera manifestarle la vida en la que después de esta terrena había de vivir eternamente? ¿Y por qué no se ha de llamar este lugar paraíso, sin confundirle con aquel en que vivió corporalmente Adán, rodeado de árboles frondosos cargados de frutos? También la Iglesia, que nos acoge en el seno de la caridad, no pocas veces se llama paraíso de frutos49. Mas esto se dijo figuradamente, así como aquel paraíso donde vivió Adán prefiguraba a la Iglesia bajo la forma de paraíso futuro. Tal vez aún se le ocurra al que considere con mayor diligencia estas cosas, que en el paraíso en el cual estuvo Adán corporalmente se hallaba representada la vida santa que los fieles llevan ahora en la Iglesia, y la que después de esta vida tendrán en la eterna. Así como Jerusalén, que significa visión de paz, a pesar de que su nombre se aplica a una ciudad terrena, prefigura a la Jerusalén celestial, madre nuestra y eterna, ya de los que fueron salvados por la fe y que aún esperan con paciencia lo que todavía no ven50, de los cuales muchos más son los hijos de la abandonada que de la que tuvo marido51; ya de los santos ángeles, a quienes se les manifestó por medio de la Iglesia la de muchas maneras sabiduría de Dios52, con los que después de esta peregrinación terrena hemos de vivir sin trabajos y sin fin.


CAPITULO XXIX

Como se dice que hay muchos cielos, ¿habrá igualmente muchos grados en las visiones espirituales e intelectuales?

57. Si entendemos nosotros el tercer cielo, adonde fue arrebatado el Apóstol, de tal modo que también creamos que hay un cuarto, y un poco más arriba otros más, estando debajo de los cuales el tercero, pues hay algunos que dicen haber siete, y otros ocho, y no pocos nueve y hasta diez, y que todos ellos se contienen por sus grados en aquel único que se llama firmamento, y que por esto juzgan y piensan que son corpóreos, de cuyas razones y opiniones sería asunto largo de contar ahora; entonces puede suceder también que alguno sostenga que hay muchos grados en las visiones espirituales e intelectuales, o, si pudiera, demostrará que éstos se distinguen por un progreso mayor o menor en la iluminación de la revelación. De cualquier modo que esto sea, cada uno lo tome como quiera, por unos de un modo y por otros de otro. Yo hasta el presente lo desconozco y no puedo enseñar que existan otras clases de visiones fuera de estas tres: la corporal, la espiritual y la intelectual. Cuál y cuánta sea la diferencia de estas tres clases de visiones, de suerte que pueda decir los grados que cada clase sobrepasa a la otra, confieso que lo ignoro.


CAPITULO XXX

En el género de visión espiritual, unas visiones son como divinas, otras humanas

58. Así como en medio de esta luz corporal se encuentra el cielo que vemos sobre la tierra, donde brillan el sol, la luna y los astros que son cuerpos mucho mejores que los terrestres, así también en aquel género de visión espiritual en donde se contemplan las imágenes de los cuerpos con cierta luz incorpórea y propia, hay ciertas cosas dotadas de una excelencia verdaderamente divina, las cuales de admirables modos se nos manifiestan por los ángeles. Mas es cosa difícil de entender, y mucho más difícil de explicar, si ellos nos presentan en nuestro espíritu, mediante una fácil y poderosa unión o mezcla con el nuestro, sus propias visiones haciéndolas de este modo nuestras; o si, conociendo de no sé qué manera nuestra visión, la informan en nuestro espíritu. Existen otras clases de visiones más comunes y apropiadas al hombre, las que dimanan de muy diferentes maneras, ya directamente de nuestro propio espíritu, o también siendo sugeridas en cierto modo al espíritu por parte del cuerpo, según hubiésemos sido afectados en el cuerpo o en el alma. Porque no solamente los hombres que están despiertos, considerando en su alma sus necesidades, ven las imágenes de los cuerpos, sino también los que están dormidos sueñan muchas veces sobre las cosas que necesitan, y así, en sueños ejecutan sus negocios llevados del deseo del alma, y si tal vez se durmieron hambrientos y sedientos, ansiosos procuran por todos los medios conseguir la comida y la bebida. Todas estas visiones creo que deben compararse a las visiones que se ejecutan por medio de los ángeles, como si se comparasen en la naturaleza corporal los cuerpos terrenos con los celestiales.


CAPITULO XXXI

En la visión intelectual, las cosas que se ven en el alma
son distintas de la luz con que el alma es iluminada para verlas. La luz del alma es Dios

59. En la especie de visiones intelectuales, unas son las cosas que en la misma alma se ven, como por ejemplo las virtudes, que son opuestas a los vicios, ya sean permanentes al estilo de la caridad, o útiles para esta vida, pero que después no han de existir en la futura, como la fe por la que creemos las cosas que aún no vemos, y la esperanza por la que aguardamos con paciencia las cosas venideras, y la misma paciencia por la que soportamos todas las contrariedades hasta que lleguemos a donde queremos. Estas y otras virtudes semejantes, que ahora son completamente necesarias para pasar esta peregrinación, dejarán de existir en aquella vida; las que, no obstante, para conseguirla son indispensables, y, sin embargo, estas virtudes se ven intelectualmente, porque ni son cuerpos si tienen apariencias de imágenes corpóreas. Otra cosa es aquella luz con la que es iluminada el alma para ver en sí misma o en la luz todas las cosas que entiende con evidencia plena; la luz es Dios, mas ésta (el alma) es creatura y, aunque sea racional e intelectual, es hecha a imagen de Dios, la cual cuando intenta contemplar y discernir aquella luz se estremece en su propia flaqueza y se hace menos eficaz para entenderla; de aquí proviene que entiende tanto cuanto ella puede. Luego cuando ella es arrebatada a esta luz y es sustraída de los sentidos corporales, entonces se halla más potente a esta visión, no con espacios corporales, sino de cierto modo que le es propio, y así ve sobre sí misma aquella luz, con la ayuda de la cual ve todo lo que entendiendo ve en sí misma.


CAPITULO XXXII

A dónde sea llevada el alma que salió del cuerpo

60. Si después de haber salido el, alma del cuerpo se pregunta a dónde es transportada, si a lugares corporales o a incorporales semejantes a los corporales, o a ninguno de éstos, sino más bien a aquel que es más excelente que los corporales y que los semejantes a los cuerpos, responderé al instante que no puede ser llevada el alma a lugares corporales si no es con algún cuerpo; o si lo es, lo será sin ocupar lugar. A la cuestión de si el alma tenga algo de cuerpo después de haber abandonado éste mortal, respondo que lo demuestre el que pueda, pues yo de antemano no lo creo, y creo que ella es espiritual, no corporal. Sin duda, el alma, conforme a sus merecimientos, es transportada, teniendo cierta semejanza de cuerpo a lugares espirituales o a los sitios de castigo semejantes a los sitios corporales, tales como los que muchas veces se mostraron a los que fueron arrebatados de los sentidos corporales, y quedaron como muertos viendo estos arrebatos las penas del infierno, teniendo en sí mismos cierta semejanza de su mismo cuerpo, mediante la cual pudieron ser llevados a aquellos lugares y comprobar con las semejanzas de los sentidos tales cosas. No comprendo por qué tenga el alma la semejanza de su cuerpo, cuando yaciendo el mismo cuerpo privado del sentido sin estar muerto todavía, ella ve tales cosas cuales contaron a los vivos muchos al volver a la vida después de estos arrobamientos, y no la tenga una vez que salió del cuerpo enteramente por la muerte perfecta corporal. Luego, o bien ella es transportada a los lugares de castigo o a los sitios semejantes a los lugares corporales, mas no de penas, sino de gozo y de quietud.

61. Tampoco puede decirse con razón, o que son falsas aquellas penas, o que no es verdad la existencia de aquel gozo y descanso, pues solamente son falsas estas cosas cuando a causa de un error en el juzgar tomamos unas cosas por otras. Pedro no sólo se engañaba cuando, viendo el recipiente a modo de gran sábana, creía que eran cuernos lo que era semejanza de animales corporales53, sino también cuando en otra circunstancia, habiendo sido desatado de las ligaduras por el ángel y caminando realmente por sus pies y teniendo a la vista las formas corporales, juzgaba que veía una visión54. Se engañaba, pues, porque allí en la sábana sólo había formas espirituales semejantes a los cuerpos, y aquí una manifestación real y material de desencadenamiento, que por causa del milagro era semejante a una visión espiritual. En ambos casos se engañaba el alma, pero sólo al tomar unas cosas por otras. Aunque no sean las cosas corporales, sino las imágenes de las cosas corporales las que impresionan, sea para bien o para mal, a las almas despojadas de los cuerpos, cuando estas cosas se presentan a la misma alma semejantes a sus cuerpos, sin embargo ellas son verdaderas alegrías y verdaderas penas hechas de substancia espiritual. Puesto que en los sueños existe una gran diferencia entre estar en ellos en gozo o en tristeza, de aquí que los hombres que estando en sueños poseyeron las cosas que habían deseado, se quejaban de haberse despertado; y, por el contrario, otros que en ellos fueron atormentados y vejados con grandes sobresaltos y torturas, habiendo despertado, temieron dormir más para no caer de nuevo en las mismas pesadillas. Y no se ha de dudar que sean más intensos y reales aquellos males que se llaman infernales, y que, por lo tanto, se sientan más intensamente, porque también los que fueron arrebatados de los sentidos corporales, hallándose privados ciertamente en menor grado que si hubieran muerto por completo, pero en mayor que si durmiesen, contaron que vieron estas cosas con más realidad que si en sueños las hubiesen contemplado. Es, pues, el infierno una substancia, pero creo que espiritual, no corporal.


CAPÍTULO XXXIII

Cuestión sobre el infierno. El alma es incorpórea. Seno de Abraham

62. No debemos escuchar a los que afirman que el infierno termina en esta vida y que no existe después de la muerte. Vean los que niegan cómo expliquen su ficción poética; nosotros no debemos apartarnos de la autoridad de la divina Escritura, a quien sólo debemos dar fe en esta materia. Pudiéramos ciertamente demostrar a estos hombres que sus sabios de ningún modo dudaron de la substancia del infierno, en la que después de esta vida son recibidas las almas de los-muertos. Pero con razón pueden preguntarse en qué lugar debajo de la tierra esté el infierno, si no es un sitio corporal; o por qué se llama infierno, si no está debajo de la tierra. En cuanto al alma, no sólo creo que no es corpórea, sino que lo sé con certidumbre y además me atrevo a probarlo. Sin embargo, el que niegue que puede tener semejanza de cuerpo o de miembros corporales, podrá negar también que el alma es la que ve en los sueños, la que anda o siente, la que pasea de aquí hacia allá, la que vuela y revuela de un lugar a otro, porque sin tener cierta semejanza de cuerpo no puede hacer esto. Por lo tanto, no es el alma corporal, sino semejante a un cuerpo, si también tiene esta semejanza estando en los infiernos; y por esto también le parece a ella estar no en sitios corporales, sino en lugares semejantes a los corporales, sea en el descanso o en el tormento.

63. Confieso que aún no encontré por qué se llame infierno el lugar donde descansan las almas de los justos. Pero se cree con suficiente motivo que el alma de Cristo se presentó en aquellos lugares, en los que son atormentados los pecadores, a fin de librar de los tormentos a los que la justicia de Dios, ocultísima para nosotros, juzgaba que debían ser librados. Porque no veo de qué otro modo deba ser entendido lo que se dijo: A quien Dios resucitó de entre los muertos, librándole de los dolores del infierno, porque no podía ser domeñado por él55, si no lo tomamos en el sentido de que libertó a algunos de los dolores del infierno, en virtud del poder por el que El es el Señor de cuanto existe y ante el cual se postran todas las cosas de los cielos, de la tierra y de los infiernos56, por cuya potestad no podía retener en medio de aquel lugar de dolores a los que libertó. Porque ni Abraham ni aquel pobre que estaba en su seno, es decir, en aquel oculto lugar de su descanso, sufrían tormentos, pues entre el descanso de éstos y los tormentos del infierno leemos que existe un caos inmenso. Además, no se dice que ellos estaban en el infierno, pues se escribe: Aconteció que murió aquel pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; murió asimismo el rico y fue sepultado, y como se hallara en tormentos en el infierno57, etc. Luego, como vemos, no se menciona el infierno en el descanso del pobre, pero sí en el suplicio del rico.

64. Aquello que dice Jacob a sus hijos: Llevaréis mi vejez con tristeza a los infiernos58, parece que más bien lo dijo porque temió que fuese de tal modo perturbado por una excesiva tristeza que no merecería ir al descanso de los bienaventurados, sino al infierno de los pecadores. En efecto, la tristeza no es un pequeño mal para el alma, cuando el Apóstol temió con solicitud paternal por un cierto cristiano que fuese absorbido por una demasiada tristeza. Por lo tanto, como dije, aún no encontré, y aunque lo busco todavía, sin embargo no Se me ocurre que la Escritura canónica emplee la palabra infierno en algún pasaje para expresar un bien. No sé que alguno pueda tolerar el oír que el seno de Abraham y el descanso adonde fue transportado por los ángeles el piadoso pobre, no deba entenderse como un bien y, por lo tanto, no veo cómo creeremos que aquel descanso es el infierno.


CAPITULO XXXIV

Sobre el Paraíso y el tercer cielo adonde fue arrebatado el Apóstol San Pablo

65. Lo cierto es que mientras indagamos cómo sea esto y lo descubrimos o no lo descubrimos, nos urge ya la extensión de este libro a que por fin le terminemos. Por lo tanto, como emprendimos esta disertación sobre el paraíso basados en lo que el Apóstol dice: Que conocía a un hombre que había sido arrebatado hasta el tercer cielo, pero ignoraba si había sido en cuerpo o sin él; y que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no es permitido hablar al hombre59, no quiero afirmar temerariamente que el paraíso está en el tercer cielo, o fue arrebatado al tercer cielo y de allí de seguida al paraíso. Porque si en sentido propio se da el nombre de paraíso a un Jugar frondoso, también en sentido figurado puede llamarse con razón paraíso a toda como región espiritual donde el alma es feliz; e igualmente puede llamarse paraíso no sólo al tercer cielo, cualquiera cosa que sea, el que sin duda es grande y excelentemente sublime, sino también a la alegría que posee el hombre debido a la buena conciencia. Por lo cual a la Iglesia se la llama con verdadero fundamento paraíso60 en los santos que viven con templanza, con justicia y con piedad, porque ella está repleta de gracias y de castas delicias, ya que se gloría también en las tribulaciones regocijándose sobremanera en su misma paciencia, puesto que, conforme a la multitud de los dolores que soporta en su corazón. Así llenan de gozo su alma las consolaciones de Dios61. ¿Luego con cuánta mayor razón puede llamarse, después de esta vida, paraíso a aquel seno de Abraham donde ya no hay tentación, donde tan grande es el descanso después de todos los dolores de esta vida? No puede decirse que allí no exista una luz propia y especial y, por lo mismo, excelsa, la cual fue vista de tal modo por el rico desde los tormentos y tinieblas del infierno, que llegó a reconocer allí al pobre despreciado en otro tiempo, a pesar de separarles una gran distancia interponerse en medio de ellos un inmenso caos.

66. Si así son estas cosas, se dice o se imagina uno que los infiernos están debajo de la tierra, porque de este modo, mediante aquellas imágenes semejantes a las cosas corporales, convenientemente se hace comprender al espíritu que las almas de los muertos, que pecaron en la vida arrastrados del amor carnal, son dignas del infierno, es decir, que se patentiza por medio de éstas semejanzas corporales (que el alma) es tratada como suele serlo la misma carne muerta, la cual es sepultada debajo de la tierra. Diré, por fin, que los infiernos son denominados en latín «inferí», porque están en lugares inferiores, pues así como los cuerpos, al guardar el orden de sus pesos, los más pesados ocupan los lugares bajos, así en el orden del espíritu los más carnales ocupan los sitios más infaustos; y por esto mismo en la lengua griega el origen del nombre con que se denomina a los infiernos (Hades), parece que le trae de que en aquellos sitios todo es una completa privación de la dulzura. Sin embargo, nuestro Salvador, muerto por nosotros, no se dedignó visitar aquella parte para sacar de allí a los que no pudo desconocer que debería de salvar, conforme su divina y secretísima justicia. Por lo tanto, al alma del ladrón a quien dijo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso62, no se le prometió el infierno donde los pecadores son atormentados con castigos, sino, o el descanso de aquel sonó de Abraham, pues Cristo está presente en todas partes, siendo como es la sabiduría de Dios, que abarca todo sitio por su propia pureza63, o aquel paraíso, ya esté en el tercer cielo, ya se halle en otro cualquier sitio más allá del tercer cielo, donde fue arrebatado el Apóstol, si es que no se llama con diversos nombres a la misma cosa donde están las almas de los bienaventurados.

67. Pero sí tomamos rectamente bajo el nombre de primer cielo todo este mundo corporal que está sobre las aguas y la tierra, y por segundo lo que se contempla por medio del espíritu en semejanzas corporales, como aquel lugar que vio en éxtasis el apóstol Pedro, de donde descendía hacia la tierra el recipiente a modo de gran sábana64; y por tercero todo lo que se contempla con la mente, de tal modo reconcentrada en sí misma, purificada, apartada y absolutamente arrebatada de los sentidos corporales que sólo pueda ver y oír de manera inefable, encendida en la caridad del Espíritu Santo, las cosas que hay en aquel cielo, como son la misma divina esencia y el Verbo de Dios por quien fueron creadas todas las cosas, entonces no sin motivo creemos que allá fue arrebatado el Apóstol65 y que allí está el mejor de todos los paraísos, y si puede hablarse así, el paraíso de los paraísos. Si la alegría de un alma buena consiste para toda creatura en los bienes excelentes que posee, ¿qué alegría hay más excelsa que la fundada en la posesión del Verbo de Dios por quien fueron hechas todas las cosas?


CAPITULO XXXV

Por qué es necesaria la resurrección de los cuerpos para la felicidad perfecta del alma

68. Si alguno pregunta por qué es necesario a las almas de los difuntos tomar sus propios cuerpos mediante la resurrección, cuando ellas también pueden recibir la bienaventuranza perfecta sin ellos, le diré que plantea una cuestión en extremo difícil y más extensa de lo que aquí puede tratarse. Advertiré, sin embargo, que de ningún modo se ha de dudar que la mente del hombre, arrebatada de los sentidos corporales, en esta vida, y después de la muerte, antes de resucitar, cuando se haya despojado de la carne y abandonado las semejanzas corporales, no puede ver la inmutable substancia de Dios de igual modo que la ven los santos ángeles, sea debido a una causa oculta o a que tiene en sí misma una cierta inclinación natural de gobernar su cuerpo, por la cual se retarda en cierto modo en poner toda su atención en aquel supremo cielo, durante el tiempo que se halla sin su cuerpo; pero una vez que le consiga por la resurrección, descansará de este apetito y quedará completamente libre para ver a Dios. Mientras el cuerpo sea de tal condición que le es difícil y pesado al alma su gobierno, como es la condición de esta carne que se corrompe y sobrecarga al alma66, porque trae su origen de la propagación del pecado, mucho más se aparta el alma de aquella visión del supremo cielo. Por lo tanto fue necesario arrancarla de los sentidos de la misma carne para que se le mostrase el cielo del modo que pudiera comprenderle. Mas cuando este cuerpo no sea ya animal, sino que por medio de la transformación futura reciba la forma espiritual, igual a la del ángel, poseerá el estado perfecto de su naturaleza, y a un tiempo obedecerá y mandará, será vivificada y vivificará, con tan indecible facilidad que será para ella gloria lo que fue carga pesada.


CAPITULO XXXVI

De qué modo tendrán lugar en los bienaventurados los tres géneros de visiones

69. Sin duda los bienaventurados tendrán en el cielo estas tres clases de visiones, sin error alguno que les haga aprobar unas cosas por otras, ni en las visiones corporales ni en las espirituales, ni mucho menos en las intelectuales, con las que se gozan de un modo especial, porque están presentes y visibles a su alma con mucha más evidencia y claridad que estas formas corporales que ahora se nos juntan y tocamos con los sentidos de la carne, a las que se entregan muchos de tal forma que juzgan sólo existen ellas, y piensan que todo lo que no son ellas es inexistente. Los sabios se portan de tal suerte en estas visiones corporales que, no obstante, aunque las vean delante de sus ojos, están más ciertos de aquellas otras que ven de cualquier modo mediante la inteligencia sin formas corporales y sin imágenes corpóreas, aunque no estén capacitados para ver estas visiones con la mente, como lo están para ver los cuerpos con los sentidos de la carne. En cuanto a los santos ángeles que presiden las cosas corporales, a fin de administrarlas y juzgarlas, diremos que si no propenden hacia las cosas corporales familiarizándose con ellas como si fueran su objeto propio, sin embargo contemplan en su espíritu las imágenes representativas de las cosas, y las administran de tal modo y con tal poderío que pueden transformarlas en el espíritu del hombre revelándoselas. Además, también contemplan de tal forma la substancia inmutable del Creador, que por la visión y el amor que ella les inspira la anteponen a todas las cosas, y conforme a ella juzgan de los otros seres; a ella atienden al obrar, y todo lo que obran lo ejecutan bajo la dirección de ella. En fin, aunque el Apóstol fue arrebatado de los sentidos de la carne y transportado al tercer cielo y al paraíso, sin embargo le faltó, para tener un perfecto y absoluto conocimiento de las cosas que los ángeles poseen, conocer si aquella visión fue con el cuerpo o sin el cuerpo. Esto no faltará ciertamente cuando las almas, recibidos los cuerpos en la resurrección de los muertos, este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se revista de la inmortabilidad67. Entonces todo será evidente, no habrá falsedad alguna, ni ignorancia, todas las cosas estarán ordenadas en sus puestos, las corporales, las espirituales y las intelectuales, cada una en su naturaleza propia y en perfecta bienaventuranza.


CAPITULO XXXVII

Opinión de algunos sobre el tercer cielo

70. Sé ciertamente que muchos de aquellos que explicaron las santas Escrituras antes que yo, son alabados en la fe católica, y que de tal modo expusieron el tercer cielo de que habla el Apóstol, que quisieron ver en este pasaje las diferencias que existen entre las visiones «corporal, animal y espiritual», y que el Apóstol fue arrebatado a contemplar con evidencia excelente aquel género de cosas incorpóreas que los hombres espirituales anteponen a todo y anhelan gozar en esta vida. Yo ya expliqué suficientemente, en los comienzos de este libro, por qué preferí llamar espiritual e intelectual a lo que ellos llamaron «animal y espiritual». Si todas las cosas que hemos tratado han sido convenientemente expuestas, las aprobará el lector espiritual, o le aprovechará su lectura, ayudándole la gracia de Dios para ser espiritual. Toda esta obra que consta de doce volúmenes ha llegado a su fin.

Traducción: Lope Cilleruelo, OSA